Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

Cuchillo en la oscuridad

Adrian

La sensación de peligro me despierta antes que el sonido. Antes que el movimiento. Antes de sentir una respiración acelerada que no es la mía.

Abro los ojos de golpe y lo primero que veo es el brillo metálico de un cuchillo a escasos centímetros de mi cuello.

Elara está encima de mí, su cuerpo está tenso como una cuerda a punto de romperse. Le tiembla la mano con la que empuña el cuchillo… pero la hoja está firme. Dirigida exactamente hacia la arteria que podría vaciarme en segundos.

—Elara… —mi voz es apenas un susurro ronco.

Ella no parpadea.

Sus ojos —los mismos ojos que hace unas horas me miraban con dulce vulnerabilidad— ahora están abiertos de par en par, dilatados, oscuros y rojos de una forma que me hiela el aliento.

No la reconozco. No es ella. Es como si algo hubiera tirado de su alma hacia atrás y hubiese dejado un hueco lleno de sombras.

—No… —murmura, y las palabras le salen rotas, como desgarradas por dentro—. No puedo… no quiero...

Su mano tiembla y está a punto de cortarme. Podría moverla un centímetro y matarme mientras aún estoy tumbado, sin tiempo de reacción.

Mis dedos buscan despacio su muñeca, pero cuando la rozo… reacciona con una violencia que nunca antes había visto en ella.

—¡NO ME TOQUES! —grita, empujando el cuchillo aún más cerca de mi piel.

El filo roza mi garganta. Siento el frío del metal. Mi cuerpo entra en el modo que conoce desde niño: alerta pura, nítida y aterradora.

Pero no puedo sacar esa parte de mí contra ella.

—Elara, baja el cuchillo por favor —susurro, manteniendo la voz lo más estable posible—. Soy yo. Estás soñando, no estás despierta del todo.

—No… no… no… —susurra, moviendo la cabeza como si escuchara algo que yo no puedo oír—. No puedo… ellos dicen que… que, si no lo hago, si no te corto… me destruirán.

Un escalofrío me recorre el cuerpo entero.

¿Ellos? ¿Escucha voces?

Lo que sea que le esté pasando la está consumiendo desde dentro.

Intento sentarme un poco en la cama, pero ella me empuja de nuevo hacia el colchón con una fuerza nueva, casi sobrenatural. Siempre ha sido fuerte, sí, pero esto… esto es otra cosa. Una fuerza sin control, sin dirección, como si la estuvieran manipulando desde dentro.

—Elara, mírame —digo, con voz firme, agarrando suavemente la mano con la que sujeta el arma—. No los escuches. Estoy aquí. Contigo.

—No quiero —susurra entre sollozos—. Adrian, no quiero hacerlo, pero… no sé si eres tú o…

Se detiene y me mira con una expresión que me rompe el alma.

—Eres un obstáculo —susurra con un tono que no es suyo.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Cada fibra de mi cuerpo entra en alerta, pero mis manos permanecen visibles, abiertas, inofensivas.

—No lo soy para ti —respondo, cada palabra un hilo de vida entre nosotros

Le tiemblan los labios.

—No sé quién eres… —susurra, como si estuviera perdida, desorientada y desesperada—. No sé. No sé. No sé…

Le cae una lágrima por la mejilla y se detiene en su cicatriz, luego otra. Y otra. Pero no baja el cuchillo.

—Elara, escucha mi voz —mi tono se vuelve un arma de precisión, afilado, controlado y desesperadamente firme—. Yo estoy aquí. Yo te conozco. Yo no te haré daño. Y tú… tú no quieres hacerme daño, sé que no.

Ella aprieta los dientes y suelta un gemido que suena como si algo le desgarrara por dentro.

—Haz que paren —susurra—. Adrian… por favor… haz que paren…

Estira la mano como un latigazo y la hoja desciende hacia mi cuello.

La detengo en el aire.

Tenso el brazo con todas mis fuerzas, bloqueando la caída. Pero no puedo hacerle daño, así que solo resisto con fuerza… y rezo por que sea suficiente.

El filo del cuchillo presiona mi piel. Siento el primer hilo de sangre caliente deslizándose por mi cuello.

—¡Elara, mírame! —estallo con la voz llena de una urgencia cruda—. ¡Soy yo! ¡Soy Adrian!

Un segundo. Dos.

Su respiración es un infierno. Las venas de su cuello están tensas. Su mano aprieta cada vez más y mis músculos empiezan a ceder.

—Por favor, mi amor… vuelve conmigo —susurro, incapaz de dejar salir el miedo que me revienta por dentro—. No puedo perderte de nuevo. Vuelve por favor.

Algo en su mirada vacila. Un destello. Una chispa que reconocería incluso en la oscuridad más absoluta.

—A-Adrian… —susurra mi nombre como si fuera un salvavidas.

Su fuerza disminuye un poco. Lo suficiente para que pueda respirar. Pero entonces sacude la cabeza, y veo cómo otra voz —otro poder— vuelve a apoderarse de ella, empujando su voluntad hacia un rincón.

—No… no puedo detenerlo… —dice con terror absoluto—. Algo dentro de mí… te quiere muerto.

Me incorporo completamente, sin movimientos bruscos. Tengo las manos abiertas, visibles, como si estuviera acercándome a alguien al borde del abismo.

—Elara, escucha mi voz —digo despacio—. Solo la mía por favor, no los escuches a ellos.

Ella aprieta los dientes. Un músculo le tiembla en la mandíbula. Sus manos vuelven a moverse, esta vez hacia mi pecho. No es ningún gesto tierno. Se está preparando para atacar.

Puedo detenerla. Lo sé. He desarmado a enemigos más rápidos y fuertes. Mi cuerpo quiere reaccionar, pero no puedo moverme. No quiero hacerle daño.

—No debes… —murmura, y su expresión cambia, quebrándose en puro terror—. Adrian, creo que… creo que voy a matarte.

Siento un nudo de hielo en el estómago, pero mi voz no tiembla.

—No vas a hacerlo —repito—. Porque voy a sacarte de esto. ¿me oyes? No hagas caso a lo que estés escuchando y vuelve conmigo.

Ella parpadea, respirando con dificultad, y durante un instante veo a la verdadera Elara, la mía, la que se durmió entre mis brazos hace un rato.

—Tengo miedo —susurra, rota.

—Yo también —respondo, acercándome un poco más, pegando mi frente a la suya—. Pero estoy aquí. No pienso dejarte sola.

Ella tiembla y se tambalea. Las voces en su cabeza parecen arañarle por dentro, porque lleva una mano hacia mí… y con la otra se agarra fuerte las sienes.

—Adrian… —su voz se ahoga—. Haz algo. Diles que se callen. ¡Que se callen!

Da un grito ahogado y cae de rodillas en el suelo. Y ahí, en ese segundo, sé que tengo que actuar.

Me arrodillo frente a ella y la tomo por las mejillas con firmeza, obligándola a mirarme, a ver solo a un hombre, no un enemigo.

—Elara, escúchame —digo con una calma que ni sabía que tenía en ese momento—. No hay nadie más aquí. Nadie. Solo estamos tú y yo. Y no voy a dejar que nada ni nadie te haga daño. Ni que nada te arrebate de mí lado. ¿Entiendes?

Sus ojos se llenan de lágrimas. Pero también veo algo más, una chispa de reconocimiento. De lucha. De ella.

—Vuelve conmigo —susurro, pegando mi frente a la suya—. Elara mi vida… vuelve por favor.

Ella cierra los ojos, temblando, respirando como si el aire le quemara. Y por un instante, solo un instante, siento que algo en ella se rompe…

O se libera.

La habitación entera parece contener el aliento. Y yo también. Esperando que la mujer que amo sea más fuerte que la oscuridad que intenta devorarla.