Capítulo 37
Ecos del Pasado
Adrian
Siento el crujido del barco bajo mis botas, un gemido grave, y entonces lo veo. El barco oscuro. Sus velas parecen absorber la luz, y el símbolo grabado en su estandarte me hiela la sangre. No porque sea nuevo. Sino porque no lo es.
Lo he visto antes.
—Capitana… —murmura Jareck, sin apartar la mirada—. Ese símbolo… aparece en las historias viejas. Las que terminan siempre con muertos y mares malditos.
Elara está rígida a mi lado. Veo cómo su respiración se tensa. Cómo sus dedos se cierran lentamente, como si estuviera sujetando un recuerdo que quema.
—Ese barco nos... —dice al fin— Nos está cazando.
No le tiembla la voz. Pero yo siento el miedo escondido bajo la rabia.
—¿Por el mapa? —pregunto.
Elara niega despacio.
—Por mí.
La miro. De verdad la miro. No a la capitana, ni a la mujer que infunde respeto a toda la tripulación… sino a la herida que camina a mi lado desde hace diez años.
—Hace más de una década —continúa—, hombres con ese símbolo mataron a mi madre. No buscaban oro. Ni poder. Buscaban algo que ella protegía. Algo que ahora late dentro de mi pecho.
El mar ruge, como si reaccionara a sus palabras.
Siento una presión en el pecho. Rabia. Frío. Un deseo violento de hundir ese barco hasta el fondo del infierno.
—Entonces saben quién eres —digo.
Ella me mira. Y en sus ojos veo la verdad que nunca he querido pronunciar en voz alta.
—Mi madre no murió por estar en el lugar equivocado —susurra—. Murió por protegerme.
El barco enemigo vira de pronto, acercándose con una precisión imposible. No es una persecución desesperada. Es un movimiento ensayado.
—Esto no va a ser un ataque cualquiera —digo—. Es un ajuste de cuentas.
Elara aprieta los dientes.
—Llevo más de diez años esperando este momento —responde—. Más de diez años observando. Y ahora creen que ha llegado el momento de terminar lo que empezaron.
La miro y, por un segundo, veo a la chica de diecisiete años que encontré temblando junto a la barra de aquella sucia taberna. La que nunca llora porque ya está rota por dentro.
—Esta vez no —digo, colocando mi mano sobre la suya—. Esta vez no estás sola.
Nuestros dedos se entrelazan mientras el barco oscuro se acerca, y siento cómo algo se cierra a nuestro alrededor. Un círculo. Una maldición que despierta.
—No habrá escondites —dice ella—. No habrá huida.
—Entonces que venga la tormenta —respondo—.
Si nos han esperado tanto… aprenderán lo que ocurre cuando despiertas a los muertos equivocados.
El pasado regresa. Pero ya no es una sombra.
Es un enemigo con nombre, con símbolo… y con sangre pendiente.
Y esta vez, lo juro por el mar y por ella, que seremos nosotros quienes decidamos cómo termina la historia.
La tripulación aguarda en silencio.
El barco enemigo sigue nuestra estela como una bestia que sabe que su presa no puede huir eternamente. No atacan, observan, están esperando el momento exacto.
Elara está inclinada sobre la mesa de navegación.
Me acerco despacio.
—No podemos esperar a que den el primer golpe —digo, apoyando las manos en la madera—. Ellos llevan ventaja en paciencia y en odio.
Ella no levanta la vista.
—Lo sé —responde—. Por eso no vamos a huir.
—Nos quieren a nosotros —continúa—. A mí. A esto —dice, colocándose una mano sobre el pecho.
Trago saliva. Ahora que no hay mapa, no sé qué nos deparará este enfrentamiento. Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Elara se gira hacia la tripulación. La luz de su pecho se extiende como tinta viva.
—La luz reacciona a ellos —explica—. A su codicia. A su sangre. Mi madre lo sabía. Yo lo he confirmado esta noche.
Mis ojos se abren al comprender lo que me está diciendo.
—¿Quieres usarlos como catalizador?
Asiente.
—Solo bajo amenaza real se abre la grieta —dice—. Necesitamos que crean que nos acorralan. Que nos obliguen a atravesar el paso entre corrientes. Si lo hacen… quedarán atrapados y morirán.
La tripulación murmura. Nadie ignora lo que significa confiar en unas runas malditas.
—Capitana —dice Ray—. Si fallamos… no habrá vuelta atrás.
Elara no duda.
—Ellos no buscan derrotarnos —afirma—. Buscan terminar un linaje. Mi linaje. Y no pienso permitirlo.
Aprieto su brazo con fuerza.
—No pienso dejarte sola frente a ellos.
Ella gira la cabeza, y por un instante veo a la chica rota que conocí hace diez años. Luego vuelve a ponerse la máscara.
—No lo estaré —dice—. Porque esta vez no me esconderé. Esta vez… yo decido quién muere en la tormenta.
Una ruta estrecha aparece marcada entre arrecifes y corrientes imposibles. Un camino diseñado para matar a quien no sepa leerlo.
—Ahí es donde caerán —murmuro.
—Ahí los espera la muerte —corrige ella.
La observo mientras habla con la tripulación.
No levanta la voz. No necesita hacerlo. Basta con su presencia para que todos escuchen.
La luz que nace de su pecho palpita bajo la tela como un corazón nuevo, antiguo y peligroso al mismo tiempo.
Y aun así, ella permanece firme, como si llevar ese peso fuera lo más natural del mundo.
A veces me pregunto de qué está hecha realmente. He visto a hombres romperse por mucho menos. He visto capitanes perder el juicio por una tormenta, por una traición, por un simple rumor de maldición.
Pero Elara…
Elara perdió a su madre, heredó una maldición que nadie entiende y ha vivido una década sabiendo que algún día vendrían a terminar lo que empezaron.
Y aun así sigue aquí. De pie. Mirando al enemigo de frente.
Sin miedo. Con rabia. Con determinación.
La mayoría de la gente piensa que la fuerza es levantar una espada o sobrevivir a una batalla.
Pero eso no es fuerza. La verdadera fuerza es levantarse cada día con una herida abierta en el pecho…
y seguir caminando como si el mundo no pudiera quebrarte.
Y ella lo hace. Cada maldito día.
—Es un plan suicida —digo—. Brillante y retorcido.
Sonríe de lado.
—Entonces encaja conmigo.
—¿Lista para arriesgarlo todo? —pregunto.
—Siempre.
Usaremos el pasado como cebo. La oscuridad como anzuelo y cuando crean tenernos… la tormenta los devorará.
Mis dedos se tensan sobre la mesa de navegación mientras la observo marcar la ruta entre arrecifes.
Diez años. Diez años luchando contra algo que nadie más ve.
Y aun así nunca pidió ayuda. Nunca se permitió caer.
No sé en qué momento empecé a admirarla tanto.
Tal vez fue aquella noche en la taberna.
Tal vez fue la primera vez que la vi enfrentarse a una tripulación entera sin bajar la mirada.
O tal vez fue mucho antes de que me diera cuenta.
Solo sé una cosa.
Si el mar entero decide levantarse contra nosotros esta noche… yo seguiré aquí. A su lado. Porque una mujer capaz de enfrentarse a su propio pasado sin temblar… es alguien por quien vale la pena seguir hasta el fin del mundo.