Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Secretos guardados

Elara

Diez años atrás...

Aún puedo oler la madera húmeda de aquel muelle. Lo recuerdo mejor que mi propio nombre. La sal se me pegaba a la piel como una segunda capa, mezclándose con el miedo que me negaba a mostrar. Tenía diecisiete años… ya había visto morir a demasiada gente como para creer en la inocencia.

Pensaba que nada podía romperme. Hasta esa noche.

No recuerdo el sonido del mar. Ni el del viento golpeando las velas vacías. Recuerdo el crujido de la puerta del almacén al abrirse.

Mi madre me había mirado a los ojos antes de empujarme dentro.

—Quédate aquí —me dijo—. No hables. No salgas. Pase lo que pase.

Obedecí. Maldita sea...

Me escondí tras los barriles, encogida, respirando tan despacio que el pecho me ardía. Cada latido era un golpe demasiado fuerte, como si el corazón quisiera delatarme.

Y entonces entraron ellos.

Hombres que jamás había visto, cubiertos de sombras y sal, con símbolos tatuados en la piel. El mismo símbolo. El mismo que ahora ondea en el estandarte del barco que nos persigue.

Sentí cómo algo frío se deslizaba por mi columna.

Mi madre no gritó. Nunca gritó. Les entregó algo envuelto en tela oscura. No supe qué era… pero cuando lo mostró, brilló. Un brillo antinatural. Exactamente igual al del mapa que ahora descansa sobre mi pecho.

—No la toquéis —dijo.

Su voz era firme. Valiente.

Pero yo escuché el temblor escondido entre las palabras. Luego vino el golpe. Seco. Brutal. El sonido de su cuerpo al caer contra el suelo aún me despierta por las noches. Quise salir. Quise correr hacia ella, gritar su nombre y clavarle un cuchillo a cualquiera que se acercara.

Pero no pude moverme.

Mi cuerpo me traicionó. O quizá me salvó. Porque en el fondo supe que, si daba un solo paso… moriría con ella. La vi en el suelo. La sangre se deslizaba lentamente por su mejilla. Y a ellos manoseándola, riendo, como si acabaran de romper un objeto sin valor.

No sé cuánto tiempo permanecí escondida.

El tiempo dejó de existir. Cuando por fin salí, me arrastré hasta ella. Su piel estaba fría. Demasiado fría. Pero sus ojos seguían abiertos.

—Elara… —susurró.

Mi nombre, roto en su boca.

—Corre.

No lloré. No pude. Algo se quebró dentro de mí, dejando un vacío que llené con rabia. Ese fue el día en que dejé de ser una niña. El día en que juré que nadie volvería a arrebatarme nada. El día en que me convertí en capitana… aunque aún no tuviera barco.

Ahora, muchos años después, ese pasado vuelve a alcanzarme. Los símbolos. Los hombres que mataron a mi madre. Todo regresa. Todo… excepto ella.

No sé si estoy preparada para enfrentar lo que viene. Pero sí sé una cosa: Nunca volveré a esconderme detrás de un barril. Nunca volveré a obedecer por miedo. Nunca volveré a permitir que me arrebaten lo que amo.

Nunca más.