Capítulo 35
La Sombra que Acecha
Elara
Veo cómo Adrian se aleja, con pasos lentos y medidos.
Durante un instante, no puedo evitar pensar en él, en la manera en que siempre parece estar un poco más cerca de lo que debería, como si supiera exactamente cómo ocupar mi mente sin pedir permiso.
Pero el momento dura apenas un parpadeo; no puedo perderme en eso ahora.
El recuerdo de mi madre irrumpe en mi cabeza como un puñetazo.
Intentó sacrificarnos, intentó convertirnos en algo que no somos. Su traición no es solo dolor; es rabia, frustración y miedo mezclados en una sensación que me recorre desde la garganta hasta los pies. Me niego a olvidar lo que hizo, a ignorar la oscuridad que nos quiso imponer.
Aprieto los puños, sintiendo cómo cada fibra de mi cuerpo se tensa. Todo esto, toda esta rabia contenida, me empuja a seguir adelante, a no rendirme, a no permitir que nadie más me controle ni me rompa.
Adrian puede esperar; ahora no hay espacio para otra cosa que no sea mantenerme firme, mantenerme alerta, mantenerme viva.
El viento golpea mi rostro mientras camino de un lado a otro sin parar, y dejo que mi frustración se mezcle con la brisa salada del mar.
Mañana será otro día, tal vez con Adrian cerca, tal vez con nuevos retos, pero esta noche solo quiero sentir que sigo siendo yo misma, que no he dejado que nadie, ni siquiera mi propia madre, me quite eso.
El viento sigue soplando cuando oigo pasos detrás de mí.
—Sabía que te encontraría aquí —dice Jareck con calma.
Me giro finalmente. Está a unos metros, con los brazos cruzados y esa expresión suya que mezcla cansancio y paciencia.
—No es un sitio difícil de adivinar —respondo, encogiéndome ligeramente de hombros.
Jareck se acerca hasta apoyarse en la barandilla. Durante unos segundos ninguno habla. Solo se oye el mar golpeando contra el casco.
—Adrian se ha ido a dormir —comenta al cabo de un momento, observándome con atención.
Lo miro de reojo.
—Sí —respondo simplemente.
—Parecía… preocupado —añade Jareck, frunciendo un poco el ceño.
Suelto una pequeña exhalación.
—Adrian siempre parece preocupado —digo con un deje de ironía.
Jareck arquea una ceja, claramente sin creérselo del todo.
—No es lo mismo Elara —replica con tranquilidad.
No respondo. Me cruzo de brazos y vuelvo a mirar el mar. El silencio entre nosotros dura un momento más, pero sé que Jareck no ha venido solo a comentarme eso.
—¿Qué quieres, Jareck? —pregunto finalmente, girándome hacia él.
—Saber cómo estás —responde sin rodeos.
Una risa breve y seca se me escapa antes de poder evitarlo.
—¿En serio? —digo, mirándolo con incredulidad.
—En serio —confirma él, sin apartar la mirada.
Aprieto la mandíbula. No me gusta esa pregunta porque no tengo una respuesta. Durante un instante pienso en mi madre, en el momento en que entendí lo que realmente estaba dispuesta a hacer y el recuerdo me golpea otra vez en el pecho.
—Estoy… cansada —digo finalmente, bajando un poco la voz—. Y enfadada. Y decepcionada.
Jareck asiente despacio, como si ya lo hubiera supuesto.
—Tiene sentido —murmura.
—Intentó sacrificarme —añado, más bajo todavía—. A mí. A nosotros.
Decirlo en voz alta todavía suena irreal.
El viento levanta algunos mechones de mi cabello y los aparto con un gesto rápido.
—Toda mi vida pensé que al menos había una cosa segura —continúo, mirando al horizonte—. Que, pasara lo que pasara, ella estaría de nuestro lado si siguiera viva.
Jareck no dice nada. Solo escucha.
—Y resulta que no —termino, con un deje de amargura.
El silencio vuelve a caer entre nosotros, pesado, pero extrañamente cómodo.
—La traición de la familia es la peor —dice Jareck al cabo de un momento, con voz grave.
—No necesitaba comprobarlo para saberlo —respondo con cierta dureza.
Él deja escapar una leve sonrisa.
—Tú nunca has sido de aprender las cosas por las malas —añade con suavidad.
—Pues parece que esta vez sí —replico, suspirando.
Apoyo las manos en la fría barandilla y miro el horizonte. El mar está oscuro ahora, casi negro.
—No sé qué hacer con todo esto —admito tras un momento.
Jareck se queda pensativo unos segundos.
—De momento —dice finalmente— sigues haciendo lo que llevas haciendo todo este tiempo.
—¿Y eso es? —pregunto, mirándolo de nuevo.
—No rendirte —responde con firmeza.
Lo observo unos segundos.
—No es tan fácil —murmuro.
—Nada lo es contigo —dice Jareck con una pequeña sonrisa—. Pero siempre lo consigues.
No sé si eso es confianza o simplemente costumbre, pero algo en sus palabras afloja un poco la tensión en mi pecho.
Respiro hondo.
—Mañana tendremos que decidir qué hacer y a donde ir —digo finalmente.
—Lo sé —responde él con tranquilidad.
El viento vuelve a soplar más fuerte y Jareck se incorpora.
—Deberías descansar —añade, apartándose de la barandilla.
Asiento lentamente. Antes de marcharme, miro una vez más hacia el camino por el que Adrian se fue hace un rato. Solo un segundo. Luego me aparto y empiezo a caminar de vuelta a mi camarote. Me detengo antes de dar el primer paso.
No sé muy bien por qué, pero algo dentro de mí aún no está listo para irse. Vuelvo a mirar a Jareck, que sigue allí, observándome con esa calma suya que a veces resulta desesperante.
—Jareck… —empiezo, dudando un momento.
Él inclina ligeramente la cabeza, esperando.
—Yo pensaba que podía salvarla —digo al final, con la voz más baja de lo que pretendía.
Jareck no responde enseguida.
—Durante años he deseado volver a verla—continúo, mirando de nuevo al mar— pensé que todo esto… la maldición, los rituales, las historias… tenían una solución. Que, si encontraba la manera correcta, si hacía lo correcto… podría traerla de vuelta.
El viento se lleva parte de mis palabras.
—Creía que todavía había algo de ella ahí —añado, apretando los dedos contra la madera—. Que no estaba realmente perdida.
Jareck baja la mirada un instante antes de volver a mirarme.
—Era una esperanza razonable —dice con voz tranquila.
Niego suavemente con la cabeza.
—No —murmuro—. Era lo único que me quedaba.
Trago saliva.
—Llevo años sin ella —continúo—. Años pensando que todo este esfuerzo, todo lo que hemos pasado… valía la pena porque al final podría recuperarla.
La rabia que sentía antes se mezcla ahora con algo más pesado.
—Y ahora resulta que no solo no puedo salvarla… —digo, con una pequeña risa amarga— sino que además estaba dispuesta a sacrificarme.
Las palabras se quedan suspendidas entre nosotros.
Jareck tarda un momento en hablar.
—La mujer que intentó hacer eso… no era tu madre —dice finalmente, con cuidado.
Lo miro de inmediato.
—Lo era —respondo, con un hilo de voz.
—No. La maldición la convirtió en eso. Para que la creyeras —replica con calma.
Aprieto la mandíbula.
—Eso no cambia nada.
—Cambia más de lo que crees —dice él con suavidad—. La persona que recuerdas… la que te crió… esa no es la que tomó esa decisión.
Me quedo callada.
Una parte de mí quiere creerle. Otra no sabe cómo hacerlo.
—Sigo sin tenerla —digo finalmente, mirando al suelo.
Jareck asiente despacio.
—Eso sí es verdad.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, más pesado que antes.
—Pero tú sigues aquí —añade después—. Y eso también importa.
Respiro hondo, intentando que el nudo en el pecho se afloje un poco.
—A veces desearía que todo esto hubiera terminado hace años —confieso en voz baja.
Jareck suelta una pequeña exhalación.
—Si hubiera terminado hace años, tú no serías quien eres ahora —dice.
Lo miro con escepticismo.
—¿Eso se supone que tiene que animarme?
Una leve sonrisa aparece en su rostro.
—No especialmente —responde con tranquilidad—. Pero es verdad.
Niego con la cabeza, aunque una pequeña parte de la tensión en mi pecho se disipa.
El viento vuelve a soplar con fuerza entre las rocas.
—Ahora sí deberías descansar —dice Jareck después de un momento—. Mañana lo veremos todo con más claridad.
Esta vez no discuto.
Asiento despacio y me aparto por fin de él, empezando a caminar de vuelta a mi camarote mientras el sonido del mar queda atrás.
El día siguiente pasa despacio.
Desde la barandilla del barco observo el mar extenderse hasta donde alcanza la vista.
El agua está tranquila, con apenas unas olas suaves que golpean el casco con un ritmo casi hipnótico.
Está anocheciendo. El cielo está lleno de nubes negras, hay una niebla espesa y el viento sopla lo justo para mantener las velas tensas.
Apoyo los codos en la madera y dejo escapar un suspiro. Ayer parecía que todo estaba a punto de estallar y hoy… hoy es como si el mundo hubiera decidido detenerse.
La tripulación se mueve por la cubierta con una calma casi aburrida. Algunos arreglan cuerdas, otros revisan barriles o limpian armas que probablemente no usarán hoy. El sonido de las gaviotas llega desde algún lugar lejano.
—Pareces decepcionada —dice una voz a mi lado.
Me giro ligeramente y veo a Adrian apoyado contra el mástil, observando el horizonte con las manos en los bolsillos.
—No estoy decepcionada —respondo, encogiéndome de hombros—. Solo… estoy inquieta.
Adrian asiente despacio.
—Los días tranquilos suelen ser los peores —comenta con una pequeña sonrisa cansada.
—Porque te hacen pensar demasiado —añado.
—Exacto —dice él.
Volvemos a quedarnos en silencio. Durante un momento pienso en la conversación con Jareck de anoche, en todo lo que dije… y en todo lo que no dije. Sacudo ligeramente la cabeza, apartando esos pensamientos. No pienso pasar otro día entero dándole vueltas a lo mismo.
Camino en silencio junto a Adrian por la cubierta, mis ojos están clavados en el horizonte, cuando algo me sobresalta. Un destello oscuro se mueve entre la niebla que rodea el barco.
—¿Qué es eso? —pregunta Ray, levantando la antorcha hacia la sombra que avanza con velocidad imposible.
Entre la bruma, la figura emerge. Un barco negro, más grande que la Dama Negra , con velas que no reflejan la luz de la luna… la absorben. Su estandarte no muestra insignias conocidas; solo un símbolo retorcido, extraño, que irradia amenaza y que he visto antes, pero no recuerdo dónde.
Mi pecho se tensa.
—No es un ataque común —digo, frunciendo el ceño—. Ese barco… no es de piratas ordinarios.
Adrian aprieta la empuñadura de su espada, observando cómo el enemigo avanza con una precisión mortal.
—Sus movimientos son calculados… —murmura—. Parecen conocer nuestra ruta. No nos siguen por casualidad.
Asiento, ajustándome la capa.
—Tripulación, prepárense —ordeno, con la voz firme—. No sabemos quiénes son ni qué quieren, pero no permitiré que nos intimiden. Todos a sus puestos.
Los cañones son cargados, las armas revisadas y las cuerdas aseguradas. La niebla comienza a envolver los mástiles, ocultando al enemigo, aumentando la tensión. Cada segundo parece alargarse hasta volverse insoportable.
El barco enemigo lanza su primer ataque: un cañón iluminado con un resplandor verdoso que refleja la luna, impactando cerca de nuestro casco. La cubierta estalla en gritos y movimientos frenéticos.
—¡A sus puestos! —grito—. No solo tenemos que defendernos… debemos adelantarnos a su ataque.
Adrian me mira con los ojos brillantes, a pesar del miedo que puedo ver reflejado en ellos.
—Atentos —dice.
Asiento, y por un instante tomo el timón.
Una corriente de energía recorre la madera del barco, alertando a todos de que esta amenaza no es común: es sobrenatural, calculada y mortal.
Siento cómo el barco responde a cada orden, a cada movimiento de mi cuerpo.
La tripulación confía en mí, y yo confío en ellos.
Sé que, para sobrevivir, no basta con fuerza ni habilidad: necesitamos unidad, astucia y valentía.
La Dama Negra y yo estamos atrapados entre la niebla y lo desconocido. Y en ese instante, sé algo que nadie más puede entender: solo enfrentando juntos la oscuridad… podremos sobrevivir.