Capítulo 34
Cuando el mar calla
Adrian
Llevamos días navegando. Estamos bastante lejos de la isla y, aun así, nadie en la tripulación parece relajado. Como si todos supiéramos que algo se ha quedado con nosotros a bordo.
Apoyo los brazos en la barandilla y observo la cubierta. Elara está en la proa. Lleva allí desde que salió del camarote. No ha comido. No ha dormido. No ha dicho más de diez palabras. Y lo más extraño de todo… no parece cansada.
Dos días inconsciente. Un templo que casi nos mata a todos. Una isla que se hunde en el mar. Y ahí está. Erguida. Como si nada de eso hubiera ocurrido.
El viento levanta su cabello oscuro, moviéndolo lentamente contra su espalda. No se mueve. Apenas parpadea. Solo observa el horizonte. Como si estuviera escuchando algo que los demás no podemos oír.
Ray se acerca por mi lado, con pasos cautelosos, como si temiera romper el silencio que pesa sobre la cubierta.
—Capitán —dice en voz baja, inclinando ligeramente la cabeza hacia mí.
—No me llames así —respondo sin apartar la mirada de la proa, frunciendo el ceño.
Ray se encoge de hombros y se apoya en la barandilla junto a mí.
—Alguien tiene que serlo mientras ella está… así —añade, señalando discretamente hacia Elara con un gesto de la barbilla.
Sigo mirando a Elara.
—¿Así cómo? —pregunto al fin, girando ligeramente la cabeza hacia él.
Ray duda por un momento, rascándose la barba con incomodidad.
—Distante —admite finalmente, bajando un poco la voz.
No respondo. Porque yo lo llamaría de otra manera. Extraña.Como si algo dentro de ella hubiera cambiado de lugar.
Ray suspira con cansancio.
—Los hombres están inquietos —añade, mirando alrededor de la cubierta.
—Después de lo que hemos visto en esa isla, me sorprendería que no lo estuvieran —contesto, apoyando más peso sobre los antebrazos.
Ray niega lentamente con la cabeza.
—No es la isla —dice, clavando la mirada en la proa.
Sigo su mirada hacia Elara.
—Es ella —concluye en voz baja.
Ray se aleja antes de que pueda responder, dejando sus palabras flotando en el aire.
Yo sigo observándola. La forma en que se mueve. La forma en que se queda quieta. La forma en que parece… escuchar.
Finalmente me aparto de la barandilla y camino hacia la proa. Las tablas crujen bajo mis botas. Elara no se gira cuando me acerco. Sigue mirando el horizonte como si el mundo terminara allí.
—Deberías descansar —le digo, deteniéndome a su lado.
—No lo necesito —responde sin mirarme, con una calma que me incomoda.
Su voz es tranquila. Demasiado tranquila.
—Has estado inconsciente dos días —insisto, cruzándome de brazos.
—Mi cuerpo está bien —replica ella, llevándose una mano al pecho como si pudiera sentir algo bajo la piel.
Frunzo el ceño.
—Eso no responde a lo que te he dicho —murmuro.
Entonces se gira hacia mí. Sus ojos me atraviesan. No sabría explicar qué es distinto en ella. Pero lo es.
—Adrian —dice despacio, estudiando mi rostro—. ¿Confías en mí?
La pregunta me golpea por sorpresa.
—Siempre he confiado en ti —respondo automáticamente, aunque mi voz suena más tensa de lo que me gustaría.
—No es verdad —dice ella, ladeando ligeramente la cabeza.
Tiene razón. Aun así, no aparto la mirada.
—Confío ahora —añado tras un momento, sosteniendo su mirada.
Elara me observa durante un segundo. Como si estuviera intentando decidir algo. Luego vuelve a mirar el mar.
—La isla no terminó con nosotros —murmura.
—Eso ya lo sé —respondo, apoyándome en la barandilla a su lado.
—No —dice ella, negando lentamente con la cabeza.
Hace una pausa.
—No lo entiendes.
El viento sopla entre nosotros, agitando las velas.
—Algo se quedó conmigo —añade en voz baja.
Siento un nudo en el estómago.
—¿Qué significa eso? —pregunto, girándome hacia ella.
Ella se lleva una mano al pecho.
—Elara… —empiezo, sin saber muy bien qué decir.
La observo unos segundos más. Luego miro el horizonte. El mar está en calma. Pero tengo la sensación de que esa calma no es natural. Como si el océano mismo estuviera esperando algo.
—Adrian —dice ella de pronto interrumpiéndome.
—¿Sí? —respondo, volviendo a mirarla.
—Pase lo que pase a partir de ahora… —empieza, mirándome con una seriedad que me pone en alerta.
Hace una pausa.
—No te alejes de mí.
Intento bromear, pero no me sale.
—Eso nunca ha sido un problema —digo al final, forzando una pequeña sonrisa.
Elara ladea la cabeza y me observa un instante, sus ojos verdes reflejando el azul del mar, profundo y callado.
Siento un nudo en el pecho, una mezcla de calma y de tormenta que no sé cómo manejar.
Quiero decirle tantas cosas, pero las palabras se me quedan atrapadas, torpes y vacilantes, entre la garganta y mis pensamientos.
—Adrian… —su voz ahora es suave, casi un susurro—. Ve a descansar.
Asiento, aunque me gustaría quedarme ahí para siempre, solo mirando cómo el viento juega con su cabello, pero llevo dos días sin dormir.
Camino unos pasos hacia atrás, pero cada paso me pesa.
Mientras me alejo, mi mente no deja de volver a ella: a la forma en que la luz del atardecer se queda atrapada en su piel, a cómo su risa parece llenar el espacio más allá del silencio del mar, a la calidez que siento cuando nuestros dedos se rozan sin querer.
Nunca había sentido algo así. Es como si cada pensamiento mío gravitara hacia ella, como si mi mundo entero estuviera teñido de su presencia.
Me pregunto si ella nota cómo mi mirada se queda más tiempo del que debería en su rostro, si siente, aunque sea un instante, lo que yo siento cada vez que está cerca.
Elara… mi corazón late con fuerza solo con pensar en su nombre, y me doy cuenta de que no hay manera de escapar de esta sensación.
Cada latido me recuerda que estoy atrapado en algo más grande que yo, algo que no quiero ni puedo evitar.
Y, aun así, sigo sus palabras, retrocediendo lentamente, pero en silencio me prometo que mañana, de algún modo, encontraré la manera de estar aún más cerca de ella.
Mis pasos me llevan lejos de ella, pero mis pensamientos permanecen anclados a su figura, a su voz, a la sensación de que… estoy completamente enamorado de ella.
Entro en mi camarote, cierro la puerta y me dejo caer en el catre. La oscuridad me envuelve, pero no me da descanso; cada sombra parece llenarse de su presencia. Cierro los ojos, pero su rostro sigue allí, insistente, tan vívido que casi puedo sentir el calor de su mirada.
Me pregunto si ella sabe lo que hace conmigo. Si comprende que, con cada palabra, con cada gesto, me tiene atado a ella sin necesidad de cadenas. Mi pecho se aprieta al recordar cómo me pidió que no me alejara, y algo en mí se estremece ante la posibilidad de perderla, aunque sea por un instante.
La sonrisa que intenté forzar se siente ridícula ahora; cualquier intento de humor parece inútil frente a la intensidad de lo que siento.
Pienso en su risa, en cómo logra iluminar hasta los rincones más grises de mi mente.
En su voz, que sigue resonando en mi cabeza, susurrándome palabras que nunca pronunció y que, sin embargo, entiendo perfectamente.
Es extraño, casi aterrador, darme cuenta de que estoy locamente enamorado, tanto, que me atraviesa hasta los huesos, que hace que cada decisión que tome esté teñida de ella. Y mientras más lo pienso, más deseo que ella sienta lo mismo y que entienda que no hay vuelta atrás.
Me recuesto, dejando que la oscuridad me envuelva de nuevo, y siento una mezcla de miedo y felicidad: miedo de admitir lo que hay en mi corazón y felicidad de que, de alguna manera, todo lo que quiero se resume en un solo nombre.
—Elara… —susurro al aire, como si mencionarla pudiera traerla hasta mí. Y en silencio, antes de que el sueño intente alcanzarme, me prometo que mañana, sin importar qué, encontraré una manera de acercarme más a ella, de que sepa lo que siento, aunque solo sea un poco.