Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

El regreso

Elara

Despierto con el balanceo del barco.

No recuerdo cuándo dejamos atrás el templo. Solo recuerdo el frío del agua cerrándose sobre mí y la sensación de algo vivo acomodándose en mi pecho, como una bestia que decide quedarse a dormir bajo mis costillas.

El olor a sal, madera húmeda y brea me golpea antes que la luz. Estoy en mi camarote. El mismo techo bajo el que fingí que nada me importaba. Intento incorporarme, pero el dolor me atraviesa el pecho como un puñal.

—No —dice una voz conocida—. Ni se te ocurra levantarte.

Adrian.

Está sentado a mi lado, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro agotado. Tiene una venda en el antebrazo y ojeras profundas, como si no hubiera dormido desde hace días.

—¿Cuánto tiempo llevo…? —pregunto. Mi voz suena extraña. Más grave.

—Dos días —responde—. Pensé que no despertarías.

Cierro los ojos un instante. El poder late dentro de mí. Lento y paciente.

—Pero lo hice —murmuro.

—Sí —dice él.

Abro los ojos de golpe.

—¿Qué ha pasado?

Adrian me mira con extrañeza. Mala señal.

—Cuando te sacamos de allí… la isla empezó a hundirse. Como si alguien la hubiera empujado hacia abajo, forzada a volver a dormir.

Trago saliva.

—Pero las islas no duermen.

—Lo sé —responde—. Ya no se mueve.

Me mira con una intensidad que me hace apartar la vista.

—Tú tampoco eres la misma. Estás diferente. ¿Te encuentras bien?

No lo niego. Me llevo la mano al pecho. Bajo la piel, algo me responde.

—¿La tripulación? — pregunto cambiando de tema.

—Asustada —admite—. Pero viva. Te respetan… más que antes.

Suelto una risa seca.

—Eso no es buena señal.

—Elara… —dice, bajando la voz—. Cuando te vi caer… pensé que te había perdido. Otra vez.

Me incorporo despacio, ignorando la protesta de mi cuerpo. El mundo se inclina un segundo, pero me mantengo firme. Extiendo la mano con cuidado y la apoyo sobre la suya. Su piel está caliente.

—No me has perdido —digo—. Estoy aquí, contigo.

Adrian baja la mirada hacia nuestras manos, como si ese contacto lo sorprendiera. Me levanto. Cada músculo protesta, pero me obedecen. Me pongo la chaqueta, abrocho el cinturón. Gestos familiares, pero necesarios.

Lo miro a los ojos.

—¿Y ahora qué? —pregunta finalmente.

—Ahora —digo— volvemos a navegar.

—¿A dónde?

Camino hacia la puerta y me detengo con la mano en el pomo.

—Lejos de la isla —añado.

Lo miro por encima del hombro. Tarde o temprano la maldición vendrá a reclamar lo que cree suyo. Tal vez no hoy o mañana, pero lo hará.

Salgo a cubierta.

El cielo está despejado, demasiado tranquilo. El mar, en calma. La tripulación se gira al verme. Nadie habla. Nadie se mueve.

—Capitana —dice Ray, inclinando la cabeza—. Nos alegramos de verla en pie.

Asiento.

El barco cruje bajo mis botas. Mi barco. Aún lo es. Miro el horizonte y siento el latido.

—Levad anclas —ordeno—. Rumbo oeste.

El barco obedece. El mar también. Pero yo sé la verdad. El sacrificio me ha devuelto al mundo… solo que ya no pertenezco del todo a él. Y el regreso, como todo lo importante, no es el final, es la advertencia.