Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

El sacrificio

Elara

Siempre pensé que un sacrificio era morir. Que implicaba sangre, gritos, un final rápido y definitivo. La isla me enseña lo equivocada que estoy. El agua del círculo asciende lentamente, envolviéndome los tobillos como dedos fríos que reconocen mi piel. No duele.

Adrian levanta la cabeza cuando me ve avanzar.

—Elara… no —dice, con la voz rota—. No hagas esto.

Lo miro de verdad. No como la capitana que soy, ni como la heredera, sino como la mujer que ha dormido en su pecho y ha fingido no sentir nada.

—Lo haré —susurro—. Yo cargaré con las consecuencias.

Las sombras se agitan, inquietas. La isla parece escucharme.

—Tu vida por la suya —ruge la voz sin cuerpo—. Así fue escrito.

Niego despacio.

—No.

El agua tiembla.

—No es así como funciona un sacrificio —continúo—. Eso no es entregarse. Es cobardía.

El mapa flota frente a mí, abierto, latiendo al ritmo de mi corazón. Ya no quema. Doy un paso más dentro del círculo. El agua me llega a las rodillas.

—Si quieres algo de mí —digo—, no será mi muerte.

La isla ruge. El templo entero vibra y veo grietas abriéndose en la piedra antigua.

—¿Entonces qué me ofreces, heredera?

Cierro los ojos un segundo. Y lo comprendo todo. Veo a mi madre, atrapada. Veo a las mujeres de mi linaje, consumidas. Veo futuros que no llegarán a existir si fallo. Y veo a Adrian… solo, otra vez.

Abro los ojos.

—Te ofrezco mi sangre… atada. Mi poder… limitado. Mi nombre… pero no mi voluntad.

El agua sube hasta mi cintura.

—No seré tu reina —sentencio.

Las sombras gritan.

—El precio será eterno —advierte la isla—. Nunca serás libre del todo.

Lanzo una sonrisa amarga.

—Nunca lo he sido. — murmuro.

El mapa se deshace en luz y se funde conmigo. Lo siento entrar en mi pecho, en mis venas, grabándose en la piel como una marca.

Entonces llega el dolor.

Un dolor blanco, profundo, que me arranca el aire y me hace caer de rodillas. Siento cómo algo se cierra alrededor de la isla, cómo el mar obedece por primera vez a alguien que no quiere gobernarlo. Grito. No de miedo, sino de rabia.

—¡ELARA! —la voz de Adrian atraviesa el estruendo—. ¡Mírame!

Lo hago.

Y ese es el verdadero sacrificio. Sentirlo. Quererlo. Y saber que, desde ese instante, siempre habrá una parte de mí que no podrá tocarlo sin arrastrarlo conmigo.

Las sombras se disuelven. El agua cae de golpe. El templo comienza a derrumbarse. La isla ruge una última vez.

—Aceptado —susurra—. Heredera.

Caigo hacia atrás, exhausta. Adrian llega hasta mí y me sostiene antes de que mi cabeza toque el suelo.

—¿Qué has hecho? —pregunta, con lágrimas en los ojos.

Apoyo la frente en su pecho, sin fuerzas para seguir fingiendo.

—Te he salvado —murmuro con las pocas fuerzas que me quedan.

—¿A qué precio?

Lo miro. Sus ojos están rotos, llenos de un miedo que nunca antes había visto en él. Intento sonreír, pero apenas tengo fuerzas. Adrian niega con la cabeza con desesperación y noto como me sujeta con más fuerza, como si así pudiera mantenerme aquí.

— Al único que importaba... — susurro mientras apoya su frente en la mía y siento sus lágrimas caer sobre mi mejilla.

Alzo una mano con esfuerzo y rozo su rostro. Quiero decir algo más, algo importante, pero las palabras no salen. Mis dedos que aún descansan en su piel pierden fuerza. Lo último que veo, es una oscuridad que se cierra a mi alrededor...