Capítulo 31
El Corazón Maldito de la Isla
Elara
El sendero termina de golpe, como si la isla hubiera decidido que ya habíamos avanzado suficiente. El mapa arde contra mi pecho.
—Algo no va bien —murmuro—. ¿Y si todo lo que mi madre nos ha contado es una trampa?
Adrian avanza a mi lado, con el cuerpo en tensión, observando cada sombra.
—Parece que la isla no quiere que sigamos —dice.
La niebla se abre ante nosotros, revelando un claro circular. En su centro, medio hundido en la tierra, se alza el altar de piedra negra, agrietado, cubierto de símbolos que parecen tallados con sangre.
El mapa reacciona con violencia, arrancándose de mi pecho como si algo lo llamara. Flota frente al altar, desplegándose solo.
—No… —susurro.
El aire se vuelve pesado. Siento un dolor agudo en la palma de la mano, como si algo antiguo despertara bajo mi piel.
—Elara —dice Adrian, acercándose—. ¿Qué pasa?
—La piedra… —respondo, sin apartar la mirada del altar— …tiene mi nombre.
No puedo creer lo que mis ojos están viendo. En la piedra está escrito mi nombre. Acerco la mano para pasar un dedo por encima y noto cómo mis dedos se llevan parte del nombre. Sangre. Mi nombre está escrito con sangre.
Las runas comienzan a brillar y la niebla toma forma frente a nosotros. Aparece una sombra, pero no es una sombra cualquiera.
Es ella. Mi madre.
—Hija mía —dice, con una voz que me atraviesa el pecho—. Si has llegado hasta aquí… es que el tiempo se ha agotado.
—¿Qué es todo esto? —le exijo, con la voz temblorosa.
Su mirada se desliza hacia Adrian, y en sus ojos aparece algo que nunca le he visto: miedo.
—La isla no elige a una heredera —confiesa—. Elige un sacrificio.
Siento que el suelo desaparece bajo mis pies.
—¿Sacrificio… de qué? —pregunta Adrian, con la mandíbula tensa.
Mi madre aprieta los labios.
—Para mantener sellada la oscuridad, el linaje debía ofrecer algo que la isla no pudiera devorar —dice—. Un vínculo verdadero. Un amor irrompible.
El mapa proyecta símbolos sobre el altar.
—Cada generación —continúa— debía elegir. Salvar a la isla… o salvar a la persona que amaba.
Mi respiración se rompe.
—¿Vas a sacrificarme? —susurro con la voz rota.
—Te protegí mientras pude —responde—. Pero la maldición ha despertado porque tú y él os encontrasteis. El vínculo se ha activado.
Adrian da un paso al frente.
—¿Qué demonios hace el vínculo? —pregunta.
Mi madre lo mira directamente.
—Tu vida está atada a la suya —dice—. Si la oscuridad es liberada, tú morirás. Si el vínculo se mantiene… ella se perderá.
El silencio cae como una losa.
—No —susurro—. Tiene que haber otra forma. No puedo perder a Adrian. Por mucho que quiera alejarlo, no podría vivir en un mundo donde él no exista.
—Siempre la hay —responde—. Pero el precio es peor.
El altar comienza a agrietarse. Algo golpea desde dentro.
Adrian toma mi mano con fuerza.
—Mírame —me dice—. No me importa la maldición. No me importa la isla. Si tengo que morir para que tú vivas, lo haré.
Niego con violencia y las lágrimas arden bajo mis párpados.
—No voy a aceptar un destino en el que no estés —digo—. Si la isla quiere sangre… tendrá sangre.
El mapa responde, cambiando sus símbolos. No muestra un ritual de sacrificio. Muestra uno de ruptura.
Mi madre abre los ojos con horror.
—Eso jamás puede suceder —susurra—. Romper el vínculo destruiría el equilibrio. Podría condenarlo todo.
Aprieto la mano de Adrian.
—O podría liberarnos —respondo—. Y prefiero un mundo roto… a uno sin él.
La isla ruge.
El altar se abre.
Y sé, en ese instante, que acabamos de elegir el camino más peligroso de todos.
He tomado decisiones difíciles antes. He condenado a cientos de hombres, he levantado mi espada sin temblar y he elegido rumbos incluso cuando sabía que alguien no sobreviviría al viaje.
Eso es lo que hace una capitana, pero esto... esto es distinto.
Adrian me mira desde el otro lado, esperando.
Sin suplicar, en silencio. Solo me observa con esa maldita calma que siempre ha tenido, como si el supiera que mi decisión ya está tomada.
Él confía en mí. Aprieto los dedos alrededor de la empuñadura de mi espada.
Salvarlo significa arriesgarlo todo. Mi madre cree que sacrificarlo es lo correcto.
Lo inteligente, lo que una capitana debería hacer.
Pero entonces recuerdo su voz cuando discutimos, su risa cuando cuenta alguna historia de piratas, la forma en que me mira como si yo fuera algo más que una mujer hecha de guerra y sal.
Y por primera vez en años no dudo. El problema no es elegir entre su vida o mi misión, el problema es que, si lo dejo morir, una parte de mí morirá con él...