Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

La Oscuridad Que Nos Une

Adrian

La niebla de la isla se mueve a nuestro alrededor como algo vivo, reptando entre los árboles retorcidos, enroscándose en mis tobillos como si quisiera detenernos.

Cada paso sobre la arena oscura suena demasiado fuerte, como si la tierra misma estuviera contando los segundos.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda.

—Este sitio me da escalofríos —murmuro, ajustando la empuñadura de mi espada.

Elara se tensa al instante.

—Sshhhh —me corta—. La isla nos escucha. No hables nada más que para dar órdenes.

La miro. Durante un segundo bajo la guardia. Hay miedo, sí. Sería un necio si negara lo contrario. Pero también está eso otro, esa fuerza invisible que nos une desde que el mapa ha revelado la verdad. La siento en el pecho, tirando de mí hacia ella, como si alejarme fuera imposible.

La sombra ataca. Emerge entre los árboles con una velocidad imposible, una forma deformada hecha de humo y tierra. Elara reacciona al instante, saltando a un lado, pero otra extremidad surge desde la niebla.

—¡Detrás de ti! —grito.

La empujo sin pensar. El impacto es violento. Ella cae de rodillas y mi corazón casi se detiene. En dos pasos estoy a su lado, sujetándola por el brazo antes de que pueda caer del todo.

Levanta la cabeza y me fulmina con la mirada.

—Perdona —digo de inmediato, con la voz áspera, cargada de adrenalina—. No quería hacerte daño. Solo intentaba protegerte.

—No necesito que me protejas —replica, incorporándose—. Pero gracias.

Nuestros dedos se rozan un instante. Noto su electricidad. Algo peor: la certeza absoluta de que no puedo apartarme de ella. De que separarnos sería como arrancarme una parte del cuerpo.

—Elara… —jadeo, acercándome más de lo que debería—. Esto no va solo de una isla. Va de ti, de tu poder, de tu sangre. Y de mí… porque estoy atrapado contigo.

Sus ojos se clavan en los míos. Y sé que lo sabe.

Sin ella, cada paso pesa más. Sin ella, no tengo propósito aquí. Y sin mí… su camino también se vuelve más oscuro.

—No puedo prometerte que saldremos ilesos de aquí ...—dice, con la voz temblorosa.

Niego despacio.

—No importa. —Le tomo el rostro entre las manos sin pensar. —Mientras tú estés conmigo, me enfrentaré a lo que sea.

La niebla se mueve a nuestro alrededor, formando figuras que parecen observarnos. Susurros antiguos se cuelan en mi cabeza, recordándome que cada decisión puede ser la última.

—No te separes de mi lado —ordena ella, volviendo a erguirse como capitana.

—Tranquila —susurro, acercándome más, hasta compartir su respiración.

Avanzamos juntos, hombro con hombro. Esquivando raíces que parecen querer atraparnos y sombras que intentan desorientarnos.

Cada roce de manos. Cada mirada sostenida. Cada silencio compartido. Todo refuerza el vínculo que ni la magia de la isla puede romper.

—El mapa —dice, tocando el pergamino que lleva al cuello—. Nos guía hacia el corazón de la isla.

—Entonces vamos en la dirección correcta —respondo—. No te dejaré sola.

Por un instante, el miedo desaparece. Solo existimos ella, yo y la isla. Y el latido del mapa marcando el mismo ritmo que mi corazón.

—Todos juntos —murmura.

—Siempre juntos —susurro, más para mí que para ella.

La niebla se cierra a nuestro alrededor, susurrando secretos, desafiándonos… pero no puede apagar el fuego que arde entre nosotros.

A veces me pregunto en qué momento empezó todo. En que instante exacto dejé de verla como a la capitana que podría hundir un barco y empecé a verla como la única mujer capaz de hundirme a mí.

Ella no es una mujer que se ame sin consecuencias. Es una mujer que te marca, te arrastra, te obliga a elegir entre la libertad ... o seguirla a ella hasta el mismo infierno.

Y lo peor es que creo que yo ya he tomado esa decisión...