Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

La Isla Que Susurra

Elara

La Dama Negra avanza lentamente hacia la isla.

Una niebla negra y espesa se aferra a los acantilados, viva, densa, y las olas rompen contra las rocas afiladas. Ni el viento ni la luna parecen atreverse a cruzar aquel umbral. La oscuridad no solo rodea la isla: emana de ella.

Estoy en la proa, con los dedos clavados en la madera del timón y los ojos fijos en la silueta que emerge del mar. Bajo mi mano, el mapa palpita. Caliente. Vivo. Respira conmigo. Cada línea vibra, marcando rutas invisibles que solo yo puedo leer, caminos que parecen abrirse dentro de mi pecho.

—Es peor de lo que recordaba —murmura Adrian a mi espalda —. Mira esas rocas… y esa niebla…

Niego despacio, sin apartar la vista de la isla.

—No podemos echarnos atrás —digo—. No después de lo que hemos descubierto. Si mi linaje es la llave… esta isla es la cerradura. Y pienso acabar con eso.

Un chillido surge desde la costa. Mi cuerpo se tensa al instante. Cada músculo, cada instinto, en alerta.

—Ray, aseguren los cañones —ordeno—. Que nadie se mueva sin mi señal.

—Capitana… —dice uno de los marineros, pálido—. La niebla… se mueve.

Acerco la mano al mapa y apoyo la palma sobre el pergamino. Reacciona. Un camino luminoso se dibuja ante mis ojos, señalando un punto concreto de la isla.

—Ahí —digo, señalándolo—. Ahí es donde debemos llegar.

No podemos fallar. Siento la mano de Adrian cubrir la mía.

—Estoy contigo —afirma—. Hasta el final.

Lo miro. Durante un segundo, dejo que vea lo que casi nadie ve: el miedo, la duda, la herida abierta bajo la capitana.

—Si hoy muero… —empiezo a decir.

—Entonces moriremos juntos —me interrumpe, sin titubear.

Siento la textura áspera de su mano entrelazando la mía, y no puedo evitar que un escalofrío recorra mi espalda.

La isla maldita se extiende frente a nosotros, envuelta en niebla y un silencio que huele a peligro.

Miro a Adrián y siento que mi corazón late con fuerza, no solo por el miedo, sino por la certeza de que no quiero enfrentar esto sola.

Sus ojos me buscan, y en ellos veo el mismo temor que siento, mezclado con esa determinación que siempre lo hace parecer invencible.

El viento golpea las velas con violencia, y de pronto las sombras comienzan a moverse.

Desde la costa surgen figuras deformes, avanzando sobre las olas negras, como si la isla hubiera creado guardianes de piedra y agua para detenernos.

La tripulación grita. Levanto la mano.

—¡Firmes! —ordeno—. Mantengan la formación.

Luego miro a Adrian.

—No te separes de mí.

—No entraba en mis planes —responde sonriendo.

El mapa late con más fuerza, casi desesperado.

—Es como si supiera que estoy aquí —susurro.

Un rayo ilumina la costa. Y entonces la veo. El contorno de mi madre aparece entre la niebla, su silueta entrelazándose con la de la isla, como si ambas fueran una misma cosa.

—Mamá… —susurro, con la voz quebrada—. ¿Esto es de lo que querías protegerme… o aquello que me obligaste a buscar?

La isla cruje en respuesta.

Una ola gigantesca se estrella contra la proa y el mundo se sacude. Todos se aferran a lo que pueden. Yo me sujeto al timón mientras el pergamino quema mi palma.

—¡Adrian! —grito—. No me sueltes, por favor.

—Tranquila —responde, apretando mi mano.

Mi corazón late tan rápido que puedo sentirlo en cada línea del mapa.

Cada paso hacia la isla nos acerca a la verdad… y también al peligro que mi linaje, y mi vínculo con Adrian, han despertado.

—Preparaos para desembarcar —ordeno—. Y recordad: estar atentos a cada paso, la isla no perdona.

Veo a Jareck cruzar la cubierta, con miedo… y algo más oscuro brillando en sus ojos. Celos. Pero ni siquiera él se atreve a desafiarme ahora.

Respiro hondo.

La capitana vuelve a cubrirme como una armadura mientras el barco se acerca lentamente a la costa. El mapa late cada vez más fuerte. Y mientras la isla se alza frente a nosotros… solo puedo pensar una cosa.

Es hora. Hora de enfrentarme a mi destino.