Capítulo 28
Tormenta quebrada
Adrian
El viento cambia de dirección de golpe. Lo siento antes de que pase. Un tirón brusco en las velas, una sacudida seca… y luego, nada. Un silencio tan antinatural que me eriza la piel.
Estoy hablando con Elara cuando deja de escucharme.
Levanta la cabeza de inmediato, como una bestia que reconoce a su depredador antes de verlo.
—¿Lo sientes? —murmura.
No llego a responder.
El mar ruge. Un crujido recorre el casco desde la quilla hasta el mástil, como si algo enorme acabara de rozarnos por debajo.
El mapa. Sigue extendido sobre la mesa del camarote cuando empieza a latir como un corazón atrapado bajo la piel del pergamino.
Las líneas negras se retuercen, deformándose, dibujando rutas que nunca han existido.
—Esto no es normal —dice Elara, acercándose con paso firme, aunque su ceño delata tensión.
—Contigo nada lo es —intento bromear, pero no sonríe.
La tinta se eleva como humo oscuro, formando símbolos que jamás he visto. Y justo entonces, un chillido desgarra el aire desde cubierta.
—¡Capitana! ¡A cubierta! ¡Algo se acerca!
Elara sale disparada. Yo voy tras ella. Cuando subimos, el mundo parece estar muriendo.
Una bruma negra se extiende en el horizonte, creciendo como si el mar se estuviera pudriendo. Remolinos de sombras se alzan, formando brazos, garras...
Los hombres retroceden aterrados. Jareck está en proa, sable en mano y con los ojos abiertos de par en par.
—Elara —dice Jareck despacio—Eso no es una tormenta.
Ella ni siquiera lo mira.
—¡Ray! ¡Asegura velas! —¡Torren! ¡Cañones a babor! —¡Que nadie mire la niebla directamente!
Pero avanza demasiado rápido. La primera oleada nos golpea como aire helado. Gritos. Caídas. Y entonces… aparece ella. Esa voz me atraviesa los huesos antes de que entienda de quién es.
—Mi niña… —susurra la voz—. Ha llegado el momento.
Elara se queda inmóvil con los dedos sobre el mapa palpitante. Yo permanezco detrás, observando, intentando descifrar si es real o una ilusión de la isla.
—No eres real —dice con firmeza.
—Lo fui… y lo vuelvo a ser —susurra la sombra, extendiendo un brazo de oscuridad— Y estoy aquí para guiarte. La maldición que corre por nuestra sangre… solo tú puedes romperla.
Elara me mira, buscando seguridad, y noto cómo el miedo y la responsabilidad la atraviesan por completo.
—Debes ir a la isla —continúa la sombra—. Allí, en el corazón de su poder, encontrarás la fuente que mantiene viva la maldición. Tres guardianes la protegen. Uno por uno, tendrás que enfrentarlos. Tu sangre, tu vínculo con la isla, tu fuerza… serán la llave que puede liberarnos a todos.
—¿Mi sangre… yo sola? —susurra Elara, incrédula y temblorosa.
—No estás sola cielo —aclara la sombra—. Adrian estará a tu lado. Pero nadie más puede hacerlo por ti. Cada decisión que tomes allí, cada sacrificio… dependerá de tu coraje. Si fallas, la maldición se perpetuará. Si tienes éxito… podrás liberarnos a todos… incluso a mí.
El mapa late con fuerza, reaccionando a la presencia de su madre. Elara aprieta los puños, incapaz de apartar la mirada de la figura etérea.
—Debemos ir —dice finalmente, con voz firme, aunque puedo ver su lucha interna—. No hay otra opción. La maldición no se romperá sola… y yo… soy la única que puede hacerlo.
La sombra asiente, con tristeza y orgullo.
—Confía en ti misma, hija mía. Confía en quienes te acompañan. La isla pondrá a prueba cada vínculo… cada relación… pero tu corazón será tu escudo.
La figura desaparece. La niebla se disuelve poco a poco, como si el mar estuviera tragándosela de nuevo. El viento pierde fuerza y las velas vuelven a inflarse con normalidad, pero el silencio que queda sobre la cubierta es todavía más inquietante que la tormenta.
Nadie habla. Los marineros se miran entre ellos, intentando decidir si lo que acabamos de ver ha sido real o una pesadilla colectiva.
Elara sigue inmóvil con el mapa aun latiendo entre sus manos. Me acerco despacio.
—Elara…
Ella no responde de inmediato. Tiene la mirada fija en el lugar donde la figura de su madre se desvaneció.
—¿La habéis visto también? —pregunta al fin, en voz baja.
—Sí.
—Entonces no estoy perdiendo la cabeza.
—Todavía no —digo, intentando suavizar el ambiente.
Pero ni siquiera yo me creo la broma. Elara baja la mirada al mapa. Las líneas negras se han estabilizado, pero ahora dibujan un único rumbo. Un punto concreto en mitad del océano.
La isla.
Jareck se acerca con pasos pesados, limpiando el sable con un trozo de tela.
—Dime que no vas a tomarte en serio lo que acabamos de ver.
Elara levanta la cabeza.
—Es mi madre. — espeta, y puedo notar el dolor en su voz.
—Era una cosa hecha de niebla —replica Jareck—. Y la última vez que algo hecho de niebla me habló, intentó arrancarme el alma.
Algunos marineros asienten nerviosos. Elara se gira hacia la tripulación.
—Todos la habéis visto.
Ray da un paso adelante.
—Sí, capitana.
—Y el mapa también ha reaccionado —añade Torren.
Elara respira hondo.
Puedo ver cómo está intentando recomponer la capitana dentro de ella, enterrando cualquier emoción bajo capas de determinación.
—Si lo que ha dicho es verdad —continúa—, esa isla es el origen de la maldición que ha perseguido a mi familia durante generaciones.
Jareck frunce el ceño.
—¿Y pretendes enfrentarte a tres guardianes demoníacos porque un fantasma te lo ha pedido?
—Pretendo acabar con algo que ha destruido demasiadas vidas. — dice Elara con voz firme.
Pero yo estoy demasiado lejos para ver la sombra de duda en sus ojos y me acerco un poco más.
—Elara.
Ella me mira.
—¿Qué? —responde, con esa mirada que lo dice todo.
Bajo la voz.
—¿Estás segura de que era ella? —pregunto, más para mí que para ella.
Durante un segundo parece molesta. Luego suspira.
—No.
Esa respuesta me sorprende.
—Pero el mapa sí es real —continúa, enfatizando cada palabra, como quien no quiere perder tiempo—. Y lleva días reaccionando a la isla.
—Eso no significa que tengamos que lanzarnos a una trampa —replico, cruzando los brazos
—¿Y si no es una trampa? —pregunta ella, con un destello de esperanza en los ojos
Nos quedamos mirándonos. El viento vuelve a soplar con suavidad sobre la cubierta.
—Si existe una posibilidad de romper la maldición, y salvar a mi madre... —dice finalmente, con la voz firme pero cargada de emoción—, tengo que intentarlo
Jareck resopla.
—Claro —dice, con ironía—. Porque enfrentarse a criaturas ancestrales en una isla maldita siempre ha salido bien en las historias.
—No te estoy obligando a venir —responde Elara.
Jareck se queda callado un momento. Luego niega con la cabeza.
Elara levanta la voz para que todos la oigan.
—Escuchadme.
La tripulación se gira hacia ella.
—Puede que lo que acabamos de ver haya sido una advertencia… o puede que haya sido una oportunidad.
Elara levanta el mapa.
—Pero este mapa lleva guiándonos hasta esa isla desde el principio.
Las líneas negras parecen vibrar con cada palabra.
—Si lo que mi madre dijo es cierto, allí está la fuente de la maldición —dice, seria, sin titubear.
El silencio se hace más profundo, pesado, incómodo.
—Y si nadie la destruye… —no termina la frase, porque todos entendemos lo que viene.
No termina la frase. No hace falta. Todos sabemos lo que significa.
Elara clava la mirada en el horizonte donde la niebla se ha disipado lo suficiente para revelar una silueta oscura en la distancia.
Una isla.
Elara da un paso hacia la proa. El viento agita su cabello oscuro. Por un momento parece exactamente lo que es. Una capitana.
—Ponemos rumbo a la isla —anuncia, firme, y se nota que no hay vuelta atrás.
La tripulación se queda inmóvil. Luego, uno por uno, comienzan a moverse. Cuerdas tensándose. Velas ajustándose. El barco gira lentamente hacia su nuevo destino.
Me acerco a Elara.
—¿Sabes que esto puede ser una locura? —susurro, medio preocupado, no lo puedo evitar.
—Lo sé —responde, serena, con ese tono que tranquiliza y aterroriza a la vez.
—¿Y aun así vamos? —pregunto, buscando confirmar lo obvio.
Ella no aparta la mirada de la isla.
—Sí —contesta, sin dudar, como si fuera lo más normal del mundo.
El mapa vuelve a latir entre sus manos, casi como si respirara, impresionante.
—Porque si no lo hacemos… —continúa, dejando un silencio dramático.
Me mira por fin.
—Nunca sabremos si podíamos haber terminado con esto —dice, seria pero desafiante, como siempre.
Durante un instante me quedo observándola. Siempre ha sido así. Cuando algo la asusta… avanza hacia ello.
Suspiro.
—Entonces supongo que alguien tendrá que asegurarse de que sobrevivas a esos tres guardianes —comento, medio bromeando.
Una sombra de sonrisa aparece en su rostro.
El barco corta el agua. La isla crece lentamente en el horizonte. Y mientras la observo… no puedo quitarme la sensación de que acabamos de aceptar un desafío que la propia isla lleva siglos esperando.