Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 25
53%

Capítulo 25

Miradas que cortan más que un cuchillo

Adrian

La luz de la mañana se cuela entre las velas cuando cierro la puerta del camarote de Elara a mi espalda. No he dado ni dos pasos cuando lo escucho.

— Qué curioso... no recordaba que la capitana recibiera visitas tan temprano.

La voz de Jareck me atraviesa como una hoja afilada. Me detengo en seco. Está apoyado en la barandilla, con los brazos cruzados y la mandíbula rígida. Tiene los ojos entrecerrados, oscuros, brillando con algo que conocía demasiado bien: celos envueltos en burla.

Me ajusto la camisa con torpeza, consciente de cómo debía de verme.

— No es asunto tuyo — respondo, manteniendo la voz baja.

Sonríe. Lentamente. Destilando veneno puro.

— No lo era. Hasta que saliste de su camarote despeinado.

Aprieto los dientes.

— No empieces.

— ¿No empiece qué? — se incorpora y comienza a caminar hacia mí, despacio —. ¿A señalar lo obvio? ¿o a preguntarme cuánto tiempo piensas aprovecharte de su debilidad?

Debilidad… La palabra me corta más que el filo de un cuchillo. Ella no es débil. Nunca lo ha sido. Pero Jareck no lo entiende. Nadie entiende lo que significa protegerla.

Doy un paso al frente sin pensarlo.

— No te atrevas a llamar debilidad a nada que tenga que ver con ella.

Me recorre con la mirada, de arriba abajo, con un desprecio que me hace hervir la sangre.

— Entonces dime, Adrian... — se inclina lo justo para invadir mi espacio — ¿Qué eres tú para ella? ¿Un consuelo? ¿Un pasatiempo? ¿O simplemente otro error?

No entiende nada de lo que significa protegerla, de lo que significa dejarla vivir… de lo que significa amar en silencio durante diez años . pienso, con los puños apretados.

Siento cómo me tiembla la mandíbula. Y él lo ve. Sonríe, satisfecho.

— Porque dudo mucho — continúa— que una mujer como ella quiera a un hombre que sale de su cama con esa cara de...

Lo empujo con fuerza.

Retrocede un paso y alza las cejas, divertido.

— Ah... ahí está la rabia. La misma que tenías cuando me dijiste que no la mirara demasiado. Qué irónico que ahora seas tú el que teme perderla.

Inspiro hondo, luchando contra el impulso de partirle la cara.

— No tienes ni idea de lo que ha pasado ahí dentro.

—Tal vez no — replica —, pero sí sé lo que no pasó. No te eligió. No te eligió ayer. No te eligió anoche. Y no te va a elegir hoy.

¿Y si tuviera razón? Una punzada de miedo me atraviesa. Pero no puedo permitir que la voz de la duda gane. No puedo. Ella necesita que me mantenga firme .

— Cierra la maldita boca.

— ¿O qué, Adrian? ¿Vas a pelear conmigo aquí? ¿En su barco? ¿En su cubierta? ¿Delante de toda la tripulación?

Lo miro con una furia tan densa que me quema por dentro.

— Si le haces daño de cualquier forma, Jareck... te juro por el mar que te mato con mis propias manos.

Inclina la cabeza, burlón.

— Oh, no pienso lastimarla tranquilo. Yo sí la protegeré... de ti.

De repente un sonido me llama la atención.

Elara nos mira desde las escaleras. El silencio se hace de golpe. Ella nos observa. Primero a él. Luego a mí. Con esa mirada afilada.

— ¿Qué está pasando aquí? — pregunta con esa voz autoritaria, fría como el acero mojado.

Jareck no duda.

— Nada, mi capitana. Solo estaba... saludando a tu invitado.

Cierro los ojos un segundo, preparándome para el golpe.

Elara frunce el ceño. Analiza la tensión, la cercanía y el filo invisible entre nosotros. Pero no dice nada más.

— Los dos. A cubierta. Tenemos cosas más importantes entre manos que vuestras peleas de machos.

Jareck sonríe al pasar por mi lado, victorioso. Elara camina delante de nosotros sin mirar a ninguno.

Antes de subir por la escalera, bajo la voz lo justo para que él me oiga:

— Ella nunca será tuya.

Su respuesta fue igual de baja. Igual de cruel.

— Pero tampoco tuya, idiota.