Capítulo 26
Choque en la tormenta
Adrian
La cubierta queda atrás cuando Elara sube al puente del timón para revisar el rumbo. La sigo sin pensar. No porque no tuviera otra cosa que hacer, sino porque su presencia me quema por dentro como un fuego que no quiero apagar.
Cuando se gira, yo ya estoy subiendo los últimos escalones. Frunce el ceño al verme.
—No quiero hablar ahora —escupe con voz firme—. Tenemos trabajo.
—No me importa el trabajo —replico, acercándome un paso más.
Ella parpadea, tensa, y esa distancia que siempre nos separa parece un abismo imposible.
— Adrian, no empieces.
— Has sido tú quien ha empezado — replico, subiendo un escalón más —. Has sido tú quien se metió en mi cama. O, mejor dicho, quien me metió en la suya. Y ahora actúas como si no hubiera pasado nada.
Veo cómo su mandíbula se tensa, cómo sus ojos brillan con un fuego que me desarma y me retan al mismo tiempo.
— Porque no ha pasado nada.
Suelto una carcajada seca, incrédula.
— ¿Eso te dices para dormir por las noches? ¿O para no sentir nada?
Su mirada es un disparo directo al pecho. Ella me mira como si pudiera atravesarme. Y en ese instante, sé que mi voz no es suficiente.
Y … pienso, ¿por qué todo es tan difícil contigo? Te quiero, Elara… y tú no me dejas acercarme sin levantar murallas.
— No eres nadie para cuestionarme.
— Ah, ¿no? — me acerco más, reduciendo el espacio entre nosotros —. Ayer sí lo era, ¿verdad? Ayer sí te servía que fuera "alguien”. Ayer sí te servía mi boca, mis manos, mi...
— ¡Basta! — me corta, alzando la voz por primera vez.
Me quedo mirándola. Dolido. Roto. Pero decidido.
— No me uses como si fuera un arma para camuflar tu dolor — digo más bajo, pero con más filo —. Soy mucho más que eso, Elara.
— No te estoy utilizando.
— Entonces mírame a los ojos y dímelo — insisto —. Dime que no solo me estás utilizando.
Me sostiene la mirada, pero no dice nada.
Exhalo despacio. Como si ese silencio confirmara lo que más temía.
— Jareck te provocó — continúa ella, intentando recuperar el control —. Te vio salir de mi camarote y quiso jugar contigo. No caigas en sus trampas.
— No me importa Jareck — respondo —. Me importas tú. ¡Tú, joder!
Siento la rabia subir como una marea oscura.
— Y lo odio, Elara. Odio que cada vez que intento acercarme, tú te alejes tres pasos —.
Cierra los ojos y aprieta las manos contra el borde del timón.
— No puedo darte lo que quieres.
— No te he pedido nada — replico —. Solo sinceridad. Una maldita gota de honestidad.
Respira hondo. Puedo ver cómo le duele el pecho al hacerlo.
— Adrian... yo no puedo querer como tú. No puedo.
— No te pedí que me amaras — susurro, acercándome aún más —. Pero sí que no me mintieras, no me digas que lo de anoche... no fue "nada". Lo sentí. Lo viví. Lo respiré contigo.
Cierra los ojos.
—Adrian, no quiero hacerte daño —dice finalmente, susurrando, con la voz quebrada.
—Eso déjame decidirlo a mí —respondo, acercándome un poco más.
Niega con la cabeza, fuerte, decidida… pero vulnerable.
—No entiendes quién soy —dice.
—Pues dímelo —murmuro, con voz firme y desafiante—. Dímelo ahora mismo.
Abre los ojos y me mira con una mezcla de miedo y furia.
— Soy la capitana de este barco. Y nada más — suelta, como una declaración de guerra —. No soy tuya. No soy de nadie.
— Eso nunca lo cuestioné — respondo —. Pero anoche... fuiste mía por un segundo.
Me empuja el pecho con fuerza, rabiosa.
— ¡No vuelvas a decir eso!
No retrocedo ni un milímetro.
— ¿Por qué? — pregunto— ¿Porque te recuerda que también eres humana?
Veo cómo la frase atraviesa su armadura. Me odio por ello, pero no puedo callarme.
— Si quieres seguir en mi barco — dice con la voz cortante —, te callarás. Me respetarás. Y no volverás a mencionar nada de lo que pasó entre nosotros. Nunca.
La observo en silencio, con mi corazón latiendo salvajemente. La veo esconderse tras la capa de la capitana, tras los muros que siempre levanta.
Sonrío, con una sonrisa rota y triste pero firme.
— Puedes ordenarme que no hable —. murmuré —. Pero no puedes ordenarme que deje de quererte.
Traga saliva con dificultad y retrocede como si acabara de tocarle una herida abierta.
— No quiero seguir con esta conversación — susurra sin fuerza.
— Perfecto — digo, dándome la vuelta —. Porque no voy a decir ni una palabra... hasta que tú quieras hablar de verdad.
Bajo los escalones sin mirar atrás, pero sé que está inmóvil. Sé que escucha, sé que siente. Y aunque nunca lo admitiría, siento lo que ella siente: miedo. No a mí, ni a Jareck. Ni siquiera a la isla maldita.
Miedo a lo que yo podía destruir dentro de ella... si seguía amándola así.