Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Amanecer tras la tormenta

Elara

Despierto antes que él.

El camarote está en penumbra. Solo escucho el vaivén del mar y siento el calor de Adrian detrás de mí. Su brazo descansa sobre mi cintura, pesado, cálido… demasiado cerca. Es... un refugio. Uno que no había pedido, pero del que tampoco quiero apartarme.

Respira, Elara. No necesitas levantar murallas todavía.

Se mueve despacio, despertándose. Su voz, ronca, todavía dormido, me envuelve por detrás.

Cierro los ojos y dejo que su respiración roce mi nuca. Por un instante, por un instante diminuto, puedo olvidarlo todo: la isla, la maldición, la sangre que me reclama. Solo respiro.

— Sigues aquí... — susurra, como si no lo creyera.

No respondo y no me aparto. Sonríe contra mi piel y me besa el hombro, despacio, con una delicadeza que me provoca un escalofrío.

— No huyas todavía — murmura.

No puedo. No debería. Esto es… demasiado fácil, demasiado humano. ¿Y si me dejo llevar? ¿Y si me olvido de lo que somos?

Giro un poco la cabeza. Sus ojos son como un espejo: reflejaban dulzura, deseo y algo que no quiero admitir en voz alta.

— No voy a huir — digo —. Por ahora.

Me atrae un poco más hacia él, envolviéndome. Su mano sube por mi costado, tranquila, sin la urgencia de la noche anterior, como si solo quisiera memorizarme.

— “Por ahora” — repite, sonriendo con un dejo de ironía —. ¿Eso significa que en cualquier momento sí puedes?

— Lo de anoche... — empieza a decir.

— No digas nada — lo interrumpo.

Pero insiste, rozando mi mejilla con la nariz.

— Elara... te he querido durante años. Aunque sabía que no debía hacerlo.

Mi corazón se detiene un instante.

— ¿Cómo que no debías? — susurro —. Sabías quién era. Sabías de la maldición. Y aun así te callaste.

— No podía… no podía arriesgarme a perderte de otra manera — confiesa —. Pensé que, si te lo contaba, aparte de ponerte en peligro, solo te alejarías.

— Entonces actuaste egoístamente — murmuro.

— Tal vez — admite, bajando la mirada —. Pero también salvé tu vida más veces de las que recuerdas.

Sus palabras me golpean con fuerza. Todo lo que hizo por mí… y yo lo estoy mirando como un extraño.

— ¿Y crees que eso borra todos estos años? — digo, con voz temblorosa —. ¿Que puedo ignorar cada secreto que me ocultaste?

— No, no creo eso — dice suavemente —. Solo… quiero que sepas que nunca dejé de pensar en ti. Nunca dejé de cuidar de ti, aunque tú no lo vieras.

— Cuidar… — repito, mordiendo mi labio —. Eso es diferente a querer. Diferente a que yo te importe.

— Pero arriesgué todo porque te quiero— susurra, acercándose más —. Porque no podía vivir sabiendo que te podría pasar algo y que yo no estuviera ahí.

— No me hables de querer — susurro, como si esa palabra pudiera romper algo dentro de mí —. No sé qué hacer con eso. Yo no quiero a nadie.

Desliza su mano por mi cintura hasta encontrar mi mano y entrelazar nuestros dedos.

— No tienes que hacer nada. Solo... déjame quedarme. Aunque sea un día.

Aprieto los labios, luchando entre dos impulsos: el de empujarlo lejos y el de quedarme ahí para siempre.

— No me mires así — susurro.

— ¿Así cómo? — pregunta sonriendo.

— Como si yo te importara demasiado.

— Porque importas — dice con sencillez —. Aunque no quieras admitirlo.

Se inclina y me besa la frente, lento, cuidadoso.

— No puedo evitarlo.

— Eres idiota — murmuro, sin dureza.

— Lo sé — responde —. Pero puedo ser tu idiota, si quieres.

Recuerdo otra vez todo lo que hizo: cada sacrificio, cada riesgo, cada gesto silencioso… y un calor me recorre el pecho, mezclado con rabia y miedo.

— ¿Y si no quiero? — susurro, intentando poner distancia, aunque mi cuerpo contradice mi voz.

— Seré tu idiota a escondidas — dice, con un guiño y una sonrisa traviesa —. Solo para ti.

Suelto una risa suave, mínima, casi imposible.

Adrian me mira como si yo fuera un milagro.

Cierro los ojos durante unos segundos y nos quedamos así.

Respirando juntos. Compartiendo un silencio que, por primera vez, no me dolía.

Y entonces, como si la realidad me golpeara de nuevo, abro los ojos.

Todo cambia. Ya había bajado la guardia demasiado.

La capitana regresa.

Me incorporo de golpe, apartando su brazo. El calor desaparece al instante.

— Tenemos trabajo — digo, con un tono cortante que haría retroceder a cualquiera. — Y una isla maldita nos espera.

Adrian me observa, dolido, pero sin sorpresa. Me conoce demasiado bien.

— Elara...

— Olvida lo de anoche — interrumpo, poniéndome de pie y recogiendo mi ropa —. No significa nada para la capitana de este barco.

Se sienta, con el cabello desordenado y la expresión herida.

— ¿Y para la mujer de este barco?

Dudo por un segundo. Pero un segundo que él nota.

— Para la mujer... tampoco —. Miento.

Me abrocho el cinturón con manos firmes y sin mirarlo.

— Vístete. — sentencio.

— Elara...

— He dicho que te vistas, Adrian. Se ha terminado.

Mientras salgo del camarote, aprieto los puños. Porque sabía que no había terminado. Sabía que una parte de mí se había quedado en esa cama. Y sabía que, maldita sea, él lo había sentido también.

Camino hacia cubierta con paso fuerte, frío y seguro. Pero en mi cabeza... la tormenta seguía rugiendo.