CAPÍTULO 23
Bajo la madera y el mar
Elara
Agarro a Adrian por el borde de la camisa, sin decir una palabra, sin mirar atrás, y lo arrastro hacia las escaleras que llevaban a mi camarote. Mis pasos son rápidos, firmes, casi desesperados, y él me sigue, respirando hondo, como si cada segundo sin tocarme lo consumiera por dentro.
Cuando cierro la puerta, el mundo exterior desaparece.
Lo empujo contra la pared con fuerza, y lo siento suspirar... y luego gemir bajo mi contacto. Está tan cerca de mí, tan decidido, tan entregado.
— No pienses — susurro, rozando su cuello con los labios —. No hables. Solo... siente.
Sus manos temblorosas se apoyan en mi cintura.
— Contigo no sé hacer otra cosa — jadea.
Lo beso. No es un beso suave ni cuidadoso; es un choque de fuego, de necesidad, de todo lo que nos habíamos negado durante demasiado tiempo.
Me levanta del suelo y sus manos recorren la parte trasera de mis muslos, pegándome a él por completo.
Me enredo en su cuerpo sin miedo, si contenerme.
Se sienta en la cama conmigo en su regazo, y la habitación se llena de respiraciones entrecortadas, manos que buscan piel, ropas que ceden bajo nuestra urgencia.
No hay palabras. Solo dos cuerpos desnudos, calor y control absoluto sobre cada movimiento.
Me subo a horcajadas sobre él, le paso las manos por el pecho y bajo por su vientre hasta llegar a su duro miembro.
Lo envuelvo con las dos manos y su rostro se contrae al sentir la fricción.
Bajo y subo las manos al ritmo del balanceo del barco y me fascino al contemplar al hombre que tengo bajo mi cuerpo.
Veo como arquea la espalda, como respira con dificultad y como sus gemidos inundan el camarote.
Me detengo al ver cómo me mira, pidiendo más contacto, me preparo y coloco la punta de su enorme miembro en mi entrada.
Le agarro con una mano el pelo, tirando de él, haciendo que eleve la cabeza para mirarme y con la otra le agarro del cuello, aprieto, sintiendo su acelerado latido bajo las yemas de mis dedos.
Me dejo caer poco a poco, sintiendo toda su longitud clavándose en mi interior.
Se rinde ante mí. Lo guio, marcando el ritmo, decidiendo cómo, cuándo y cuánto.
— Eres preciosa — susurra sobre mis labios, y lo siento como una plegaria.
La cama cruje. El cabecero vibra. El silencio se rompe una y otra vez.
Es una mezcla de rabia, deseo, miedo y amor reprimido durante demasiado tiempo. Una tormenta encerrada entre cuatro paredes.
Lo siento embestirme duro y fuerte, reclamándome como suya, y yo reclamándolo de la misma forma.
Todavía no podía creer que volviera a tenerlo.
Cuando llegamos al clímax, quedamos exhaustos.
Caigo sobre él, sintiendo su pecho subir y bajar con violencia, todavía temblando por lo que acababa de ocurrir.
Él me abraza por la cintura, como si temiera que desapareciera si afloja los brazos.
— Déjame quedarme — susurra sin aire — Por esta noche... quédate conmigo por favor.
Apoyo la frente en su clavícula. Mi cuerpo sigue caliente y mi respiración irregular.
— Solo por esta noche — respondo, aunque sé que miento.
Nos metemos juntos en el catre, todavía enredados y temblando. Me atrae contra su pecho, y dejo caer la cabeza sobre él, sintiendo algo que me desarmaba más que cualquier batalla: paz.
Sus manos se quedan quietas en mi espalda, como si quisiera memorizar cada forma, cada curva, cada latido.
Antes de dormirme, lo escucho murmurar, casi sin voz:
— No te alejes de mí mañana... por favor...
Finjo no oírlo, pero mi corazón sí lo hizo. Por primera vez en muchos años, me duermo sin una daga bajo la almohada.