Capítulo 22
La tormenta que no se ve
Elara
La noche cae sobre el barco como un manto pesado.
El viento regresa poco a poco, empujando la bruma lejos del barco, pero el silencio que queda en cubierta pesa más que cualquier tormenta.
La tripulación trabaja en voz baja. Sé que me miran. Fingen no hacerlo, pero lo sé. Han visto el mapa brillar. Han escuchado la voz de mi madre. Han visto a las sombras del mar inclinarse ante mí. Eso no es algo que un marinero olvide.
Apoyo las manos sobre la barandilla de popa y miro el océano oscuro.
El recuerdo de mi madre seguía grabado en mi mente, pero había algo más… algo que me quemaba desde dentro. No sabía si era rabia, miedo o el modo en que Adrian no ha dejado de mirarme desde la otra punta de la cubierta.
La isla está ahí fuera. No puedo verla. Pero la siento. Es como un tirón en el pecho, un latido extraño que no es mío. Como si el mar supiera mi nombre y lo repitiera en silencio.
Cierro los ojos un segundo e intento respirar.
—Elara… —murmura Adrian a mi espalda—. No deberías estar sola después de lo que ha pasado.
No me inmuto.
—No estoy sola —respondo sin girarme—. Tengo un barco lleno de hombres demasiado asustados para dormir.
Oigo sus pasos acercarse sobre la madera húmeda.
—Sabes que no me refiero a eso —murmura a mi espalda.
Su presencia se detiene a mi espalda.
El viento mueve su camisa abierta y trae consigo su olor: sal, cuero… y algo que reconozco demasiado bien.
—Mi madre acaba de aparecer dentro de un mapa —digo con calma—. Ha dicho que soy la llave de una isla que quiere devorar el mundo.
Me apoyo más fuerte en la barandilla.
—Creo que tengo derecho a cinco minutos de silencio —añado, con un hilo de voz.
Adrian no responde enseguida. Cuando habla, su voz es más baja.
—Estás temblando —dice, colocando una mano sobre mi hombro.
—Es el viento —replico, sin girarme.
—No —responde—. No lo es.
Giro un poco la cabeza.
Está más cerca de lo que esperaba. Sus ojos azules están más oscuros, tensos, llenos de algo que no sé si es miedo o algo peor.
Giro un poco la cabeza. Está más cerca de lo que esperaba. Sus ojos azules están más oscuros, tensos, llenos de algo que no sé si es miedo… o algo peor.
—Quiero que me escuches —murmura, mirándome directamente a los ojos.
Suspiro, resignada, y me giro lentamente para enfrentarlo.
—¿Qué quieres que escuche? —pregunto, con el ceño fruncido.
—Todo —responde—. Por qué hice lo que hice y lo que nunca te dije.
Lo observo en silencio. Hay algo en su mirada que me obliga a quedarme quieta.
—Adrian… —susurro—. No quiero más secretos, quiero respuestas claras.
—Lo sé —dice, tragando saliva—. Te debía la verdad desde el principio. Desde el momento en que supe quién eras.
Me quedo en silencio, incrédula.
—¿Quién era yo para ti desde el principio? —pregunto despacio con voz baja, temblorosa.
—La heredera de Bravamar —responde, como si cada palabra le quemara—. Desde que vi aquel primer mapa y entendí lo que representabas, supe que estabas marcada por algo más grande que nosotros. Que la maldición… te reclamaría.
El frío me recorre la columna.
—¿Y por qué me lo ocultaste? —digo, con rabia contenida—. Todo esto… y me dejaste creer que ...
—Porque decirlo te habría puesto en peligro —responde en voz baja—. No me entendiste, lo sé. Pero si te lo hubiera dicho, si te hubiera explicado que cada paso tuyo, cada decisión, cada latido de tu corazón, estaba siendo observado por la maldición… —se detiene—. Te habrían matado, Elara.
Lo miro a los ojos. Quiero gritarle, pegarle y lanzarlo por la borda, pero también quiero creerle.
—¿Entonces todo esto… tu abandono, tu traición? —susurro—. ¿Todo fue para protegerme?
—Sí —dice—. Pero también me odié por ello. Por dejar que el mundo creyera que te había abandonado por orgullo o por cobardía. Por dejar que tú sufrieras sin saberlo.
Cierro los ojos, tragando saliva.
—Diez años, Adrian. He pasado diez malditos años creyendo que me habías dejado morir sola.
—Nunca dejé de velar por ti —susurra—. Incluso cuando me convertí en un rumor, un traidor… cada decisión fue para mantenerte viva. Porque mientras tú creías que me odiabas, yo cargaba con tu odio para que tú siguieras con vida.
Siento un nudo en la garganta. Mis ojos arden y mi respiración se vuelve irregular. Por un instante, quiero soltarlo todo, gritarle y llorar, pero también quiero creerle.
—Me dejaste sola —susurro, con la voz quebrada—. Pasé diez años creyendo que te había perdido para siempre.
—Nunca estuve realmente lejos —responde, con la voz cargada de culpa—. Cada mentira… todo fue para protegerte. Para mantenerte viva, Elara.
Mis dedos tiemblan sobre la barandilla. Quiero apoyarme en algo. Quiero que esta furia que siento se transforme en alivio, pero las lágrimas amenazan con salir y no puedo apartar la vista de él.
—¿Protegerme? —digo, con un hilo de voz, casi llorando—. ¿A costa de mi corazón? ¿A costa de todo lo que sentí por ti?
—A costa de lo que fuera necesario —admite, suavizando su tono—. Porque mientras tú creías que me odiabas, yo estaba aquí… cargando tu dolor para que siguieras respirando.
Siento que el corazón se me rompe y un calor amargo me sube por la garganta. Retrocedo un paso por instinto, tratando de contener las lágrimas. Mi corazón late tan rápido que me duele.
Adrian se detiene frente a mí.
No me toca. Pero la distancia entre nosotros desaparece. Mi respiración se acelera y siento que me pierdo por un instante en sus ojos azules. El mundo entero se reduce a ese instante, a esa tensión entre el reproche y la atracción, entre la furia y la necesidad.
Levanto la barbilla, desafiante.
—No te acerques así si no estás preparado para lo que pueda pasar —le espeto con voz ronca, sintiendo cómo unas lágrimas comienzan a deslizarse por mis mejillas.
Adrian inclina la cabeza, observándome con una intensidad que me hace doler el pecho. Sus labios se curvan en una sonrisa que no es completamente burla ni ternura. Es peligrosa, porque promete tanto como amenaza.
—¿Lloras por mí? —susurra, con un hilo de voz que mezcla reproche y ternura.
—No… —tartamudeo, apartando un poco la mirada, pero es inútil. Las lágrimas siguen cayendo.
Su dedo se acerca a mi rostro y, con delicadeza, retira una de ellas. El contacto me deja sin aliento.
—Ves… —murmura—. No puedes mentir a tus sentimientos.
—¡No es eso! —digo, con la voz quebrada—. No quiero que esto… que tú… cambie nada.
—Todo cambia, Elara —responde, acercándose un paso más—. Cada instante contigo lo cambia todo.
—Yo mando en este barco —digo, intentando recuperar autoridad—. Y cuando alguien cruza mis límites…
—Yo los cruzo —susurra él, interrumpiéndome, con una sonrisa torcida—. Lo sabes. Siempre lo he hecho.
Mis manos tiemblan mientras mi pecho se acelera.
Retrocedo sin darme cuenta y me quedo atrapada entre el mástil y el cuerpo de Adrian.
Siento el calor de su pecho rozando el mío, su presencia apretándome contra la madera.
Antes de que pueda apartarme, sus manos se posan sobre mi rostro, firmes pero suaves, atrapando mis mejillas entre sus palmas.
—Shh… —susurra, y sus dedos recorren mis ojos—. No llores, Elara.
Sus pulgares limpian con delicadeza las lágrimas que resbalan por mi rostro. Cada toque me hace temblar, y mi respiración se mezcla con la suya, rápida y entrecortada.
—¿Y qué pasaría si vuelvo a cruzar tus límites? —susurra, sin apartar los ojos de mis labios. Su voz es baja, cargada de tensión y necesidad.
Trago saliva, y siento cómo mi corazón golpea fuerte contra las costillas.
—Yo mando en este barco —respondo, con la voz temblorosa—. Y cuando alguien los cruza … me encargo de recordarle quién soy.
Durante un segundo, el mundo se queda quieto: el viento, el crujido de la madera… todo desaparece. Solo existimos él y yo, respirando al unísono, atrapados en este instante suspendido.
Adrian sonríe. Es una sonrisa cansada, rota, desesperada… y completamente sincera. Sus pulgares siguen borrando mis lágrimas mientras su mirada me atraviesa.
—Recuérdamelo entonces —susurra, y mi corazón se rompe en un suspiro mientras me pierdo por completo en él.
Lo agarro del cuello de la camisa y lo atraigo hacia mí con brusquedad. El choque de nuestros cuerpos es un estallido caliente y salvaje. Sus labios se encuentran con los míos con una intensidad que nos arrastra a ambos a un lugar sin retorno.
Aquí mando yo, y yo marco el ritmo.
Sostengo su mandíbula, deshaciéndome de los nervios que llevaba acumulando todo el día. Él me rodea por la cintura, atrayéndome aún más, como si temiera que desapareciera.
—Elara… —jadea contra mis labios.
—No hables —murmuro.
Sus brazos rodean mi cintura y me acercan más, como si temiera que desaparezca.
—Elara… —susurra contra mi boca—. No tienes idea de lo que me haces.
—Sí la tengo —susurro, mordiendo su labio inferior—. Tú también sabes lo que me provocas.
Cierra los ojos un segundo, respirando hondo, como si intentara memorizarme. Cuando los abre, están llenos de algo más profundo que deseo: miedo y amor entremezclados.
—No puedo perderte —confiesa.
Lo empujo suavemente contra el mástil, invirtiendo la posición. Queda atrapado con las manos apoyadas a cada lado de la madera. Lo sostengo por la garganta, sin apretar demasiado, solo marcando mi poder.
—Adrian… si vuelves a decir eso, voy a empezar a creer que te importo más de lo que debería.
—Siempre me has importado —dice, sin retroceder—. Y tú lo sabes.
Mis ojos se oscurecen con un brillo peligroso. Me acerco más, y mi aliento roza su cuello.
—No tienes derecho a quererme así.
—Lo sé. — susurra.
—Pero igual lo haces.
—Sí.
—¿Aunque te destruya? —pregunto en voz baja y peligrosa.
—Aunque me destruyas —responde con firmeza.
Cierro los ojos un instante. Un gesto breve, humano, casi doloroso. Cuando los abro, retomo el control. Lo tomo por la camisa y lo atraigo contra mi cuerpo.
—Entonces no te quejes —murmuro, rozando sus labios con los míos— si sigo rompiéndote.
Me mira con devoción, atravesando cada defensa que tenía.
—Hazlo.
—No sabes lo que pides. — susurro.
—Sí lo sé. Y lo quiero.
Apoyo la mano sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo mi palma.
—No estoy preparada para que me quieras —admito en voz baja.
—Y, aun así —susurra, rozando su nariz con la mía— estás aquí.
Hundo los dedos en su cabello, acercándolo a un beso más lento, más profundo. Un beso que duele. Un beso que dice la verdad que ninguno de los dos sabe cómo nombrar.
La tormenta que no se ve ruge dentro de nosotros.
Y por primera vez desde que el mapa brilló… no sé si tengo más miedo de la isla maldita…o del hombre que tengo bajo mis manos.