Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Voz de madre

Elara

El viento se detiene de golpe. Un silencio abrupto, antinatural, cae sobre nosotros, como si el mar entero hubiera contenido la respiración.

Un escalofrío me recorre la columna. El mapa sigue brillando entre mis manos con aquel pulso enfermizo, como un corazón que no debía latir.

Adrian da un paso atrás con la mandíbula tensa.

—Elara… —murmura, con voz apenas audible—. Apártate del mapa.

No le respondo.

Mis dedos tiemblan mientras sostengo el pergamino. Entonces el brillo cambia. Las líneas comienzan a conectarse, a moverse, a reorganizarse, formando algo más. Una silueta. Un rostro.

Mi sangre se congela. Lo conocía.

—No puede ser… —susurro, con la voz rota.

Una figura femenina emerge sobre el mapa, hecha de luz quebrada y sombras azuladas. Su cabello flota como las algas en mareas profundas.

Sus ojos… Eran los míos.

—Hola, hija mía…

Su voz suena como un canto submarino: ahogado, lejano… y, aun así, imposible de olvidar.

Adrian abre los ojos de par en par.

—¿Tu madre? —pregunta, incrédulo—. Pensé que estaba muerta.

—Lo está —respondo, casi sin aire—. Murió cuando yo tenía diecisiete años. O eso creí.

La figura se inclina hacia mí.

—No, hija mía… solo me transformé en otra cosa diferente —explica, con voz suave—. Fuiste apartada de mí para proteger tu vida.

Doy un paso adelante y trago saliva. Una lágrima me cruza el rostro sin que pueda detenerla. Dioses… había extrañado tanto a mi madre. Había soñado tantas veces con verla un solo segundo. Con abrazarla.

—¿Protegerme de qué…? —pregunto, con la voz temblorosa.

La respuesta ondula en el aire, como luz en el fondo del océano.

—De la isla que buscáis. De aquello que yo, por error, liberé… y que tú puedes detener —dice, con gravedad.

Aprieto los dientes.

—¿Qué hiciste? —exijo con voz firme—. ¿Qué es esta maldición?

La figura alza una mano translúcida. El aire se volvió pesado, casi líquido.

—La isla no es solo un lugar —continúa—. Es un ser. Antiguo. Hambriento. Consciente. Solo abre su paso a quienes llevan mi sangre.

Su mirada se posa en mí.

—Y tú, hija mía… eres la llave. Y la ofrenda —añade, con solemnidad.

Siento que el suelo desaparece bajo mis pies.

Adrian se coloca delante de mí, aunque sabe que aquella visión no puede tocarlo.

—¿Ofrenda? —ruge Adrian, dando un paso firme—. No tiene por qué cumplir ningún destino escrito en un mapa maldito.

La figura lo observa con una ternura extraña.

—Siempre tan protector, Adrian —dice—. Igual que tu padre…

Él se queda petrificado.

—No… —susurra—. ¿Quién eres tú? ¿Y qué sabes de mi padre?

—Sé más de ti de lo que imaginas. De lo que ambos imagináis —responde—.

Vuelve a mirarme.

—La isla te llama porque quiere terminar lo que empezó conmigo. Pero tú tienes algo que yo no tuve —explica, con voz profunda.

Mis manos se clavan en el pergamino.

—¿El qué? —pregunto, con el corazón encogido.

—Un vínculo. Una fuerza que no proviene del mar… sino de tu propia voluntad —dice, con firmeza.

—¿Por qué ahora? —susurro, con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué este mapa? ¿Por qué reapareces?

Su luz tiembla, y el resplandor se mueve como olas sobre la cubierta.

—Porque el tiempo se agota —responde—. La isla avanza… y pronto despertará por completo. Cuando lo haga, nada la detendrá. Ni barcos. Ni mares. Ni reinos.

Doy un paso más, temblorosa.

—Entonces dime qué debo hacer —murmuro.

Su mano se alza y roza mi mejilla sin tocarme realmente.

—Sobrevive a ti misma, hija mía —susurra—. Busca tu vínculo… y aférrate a él con todas tus fuerzas.

—No entiendo… —murmuro—.

—Pronto lo harás —dice, mientras su figura comienza a retraerse hacia el mapa, como si algo lo absorbiera.

Su figura se deshace en ondas de luz. Pero antes de desaparecer por completo, sus labios formaron unas últimas palabras, que no parecían dirigidas solo a mí.

Su luz se desvanece, pero antes de desaparecer por completo, sus labios forman unas últimas palabras, que no parecían dirigidas solo a mí.

—La traición ya ha ocurrido. Y ocurrirá de nuevo. Confía solo en el mar… y en aquel que estaría dispuesto a morir por ti —susurra, dejando un eco que parece quedarse flotando en la cubierta.

El silencio vuelve. Me quedo inmóvil, con el mapa apagado entre las manos.

Adrian se acerca despacio.

—Elara… —susurra—. ¿Estás bien?

Alzo la vista. Mis ojos arden, duros y rotos al mismo tiempo.

—Mi madre está atrapada en esa isla. Y si la isla me quiere a mí… es porque cree que puede terminar lo que empezó —digo, con la voz temblorosa y el pulso acelerado.

Adrian respira hondo y da un paso más cerca.

—Iremos juntos —susurra, acercándose un poco más—. A salvarla. A enfrentarlo todo.

Lo observo en silencio unos segundos, estudiando su rostro con cautela.

—Dime que no tienes miedo —le pido al final.

Una media sonrisa cansada curva sus labios, pero sus ojos se oscurecen, serios.

—Mi capitana… —murmura, haciendo una breve pausa, como si midiera cada palabra.

—Solo le tengo miedo a una cosa —confiesa en voz baja.

—¿A qué? —pregunto, conteniendo el aliento.

Su mirada se clava en la mía, firme, intensa.

—A perderte de nuevo —responde, con voz decidida y un leve temblor que apenas percibo.