Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

El latido del mapa

Elara

Las sombras trepan por el casco del barco con un movimiento antinatural.

No hacen ruido. Se deslizan como aceite negro sobre la madera, pegándose a la borda mientras el mar se agita bajo ellas.

La tripulación grita. Algunos retroceden.

Otros sacan cuchillos o espadas sin saber muy bien contra qué están luchando.

Yo no me muevo. Entonces lo siento. Un latido. Del mapa. Llevo una mano instintivamente al pecho, justo donde lo guardo bajo la chaqueta. Está caliente. No. Ardiendo.

—Elara —dice Adrian, alarmado—. Aléjate de la borda.

No puedo.

El latido continúa. Profundo. Rítmico. Como un corazón que acaba de despertar tras siglos dormido.

PUM. PUM. PUM.

Cada golpe hace que la tinta del mapa arda contra mi piel. Una luz verde empieza a filtrarse por debajo de la tela. Un verde intenso.

—¿Qué demonios es eso…? —susurra Jareck desde atrás.

Su voz está rota por el miedo.

Adrian no responde de inmediato.

Pero lo sé. Él sabe exactamente qué está pasando. Lo veo en su cara.

—La maldición… —murmuró—. La está llamando.

Las sombras se detienen. Tres figuras de oscuridad, alineadas en el agua, inmóviles, como si esperaran una orden.

El viento cambia. La bruma comienza a subir desde el mar, espesa, helada, envolviendo la cubierta. Las siluetas de mis hombres se difuminan y sus voces se pierden en la niebla.

—Elara —dice Adrian, acercándose despacio—. Necesito que me escuches. No abras el mapa. Hagas lo que hagas… no lo abras.

Levanto la mirada y, por primera vez en mucho tiempo, siento miedo.

—Adrian… —susurro—. Me está quemando.

Una línea brillante atraviesa la tela de mi chaqueta, como un rayo contenido.

—¡Elara! —intenta tocarme, pero la luz lo rechaza como una descarga—. ¡No dejes que te controle!

Niego despacio.

—No puedo controlarlo… —mi voz sale baja, rota.

Las sombras reaccionaron al instante. Se inclinaron. Como si se arrodillaran ante una reina olvidada.

—Están… obedeciendo —dice Adrian, pálido—. Te reconocen.

Ya no era solo un latido. Eran dos.

Uno provenía del mapa. El otro… de dentro de mi pecho. Como si algo antiguo, enterrado en mi sangre, hubiera despertado por fin.

Cierro los ojos un momento y un susurro atraviesa mi mente:

Heredera…

Abro los ojos de golpe.

—Adrian… —mi voz tiembla un poco. — si no lo abro… tengo miedo de que explote.

Me mira como si estuviera a punto de romperse.

—Si lo abres, Elara… todo el océano sabrá dónde estás. La isla vendrá por ti y no habrá vuelta atrás.

Las sombras levantaron sus rostros sin forma hacia mí, expectantes. El barco crujió. Las velas se tensan sin viento. La bruma gira a mi alrededor, envolviéndome como un manto. Bajo la mirada. Si lo abro… todo cambiará.

Trago saliva y me enderezo.

—Soy la capitana.

Tomo el mapa con ambas manos y siento a Adrian estremecerse a mi lado.

—¡ELARA… NO!—

Pero ya es tarde.

Abro el mapa. La cubierta explota en un destello de luz, cegador, silencioso y violento. La luz se eleva hacia el cielo como un faro maldito, hiriendo la noche. El mar ruge. Las sombras gritan sin boca. Y el mapa revela su verdad. No es solo un mapa. Es una llamada. Y la isla… respondió.

Muy lejos, en el horizonte, algo se iluminó entre la negrura. Una silueta imposible. Una isla que no estaba allí la noche anterior.

Trago saliva con el mapa aun ardiendo en mis manos.

—Te he encontrado —susurro.

Adrian palidece.

—No, Elara…Ella te ha encontrado a ti.