Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

La verdad

Elara

La sombra sigue señalándome desde el agua, inmóvil, como una estatua arrancada del infierno.

La tripulación empieza a retroceder. Algunos se aferran a las sogas, otros rezan en voz baja, otros tiemblan sin molestarse en disimularlo.

Yo no me muevo.

—Adrian —digo sin apartar la vista de la criatura—. Vas a explicarme qué demonios está pasando.

Da un paso hacia mí. La luz de la luna ilumina su rostro tenso, como si estuviera a punto de romper algo que lleva demasiado tiempo guardado.

—No, aquí no —susurra.

—Aquí, Adrian. Ahora.

—No… con todos mirando —insiste en voz baja.

Me giro despacio, con los ojos afilados como cuchillas.

— ¿Ahora te preocupa el público? — señalo la sombra — Acabas de decir que esa cosa ha venido por mí. No voy a meterme en mi camarote a tomar el té. Estoy esperando tu respuesta. Habla.

El agua burbujea bajo la silueta oscura, como si reaccionara a mis palabras.

Adrian maldice por lo bajo.

—Estamos en mitad del maldito océano, Adrian. Esa cosa acaba de salir del mar y me está señalando como si fuera su presa.

Me acerco un paso más.

—Este es exactamente el momento perfecto para que empieces a hablar.

—Muy bien, como desees, mi capitana —dice Adrian, respirando hondo como quien se prepara para lanzarse al vacío.

— Empieza — ordeno.

—No eres solo una simple mujer pirata, Elara. Nunca lo fuiste —dice Adrian, con la voz baja pero cargada de intención.

No alza la voz, pero sus palabras atraviesan la cubierta como un cuchillo, haciéndome estremecer.

—Eres la última descendiente de la Casa Bravamar —añade, clavando la mirada en la mía, como si quisiera grabármelo en el alma.

Ese nombre cae pesado sobre nosotros, como si el aire lo rechazara. Un murmullo inquieto se extiende entre la tripulación, cargado de superstición. Siento cómo el estómago se me contrae.

—¿Qué…? —balbuceo, incapaz de articular más—. ¿Casa Bravamar? Eso es imposible.

Bravamar.

No significaba nada… y al mismo tiempo todo.

—No sé de qué estás hablando —digo, rígida, con la mandíbula apretada—. Ese no es mi apellido. Nunca lo ha sido. Mi apellido es Grey. Mi madre no me habría mentido con algo así.

Adrian no aparta la mirada, y su silencio pesa más que cualquier palabra.

—Porque lo borraron —continúa Adrian, con la voz baja pero firme—. Arrancaron ese nombre de los mapas, de los registros, de las historias que aún se atrevían a contarse. Tu familia gobernó esa isla.

Un frío polar recorre la cubierta, haciéndome erizar la piel.

—No siempre fue una isla perdida —añade, dejando que sus palabras floten sobre el agua—. Una vez fue un reino. Antiguo, poderoso y lo bastante peligroso como para que el mundo decidiera no volver a nombrarlo.

No parpadeo.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —pregunto con frialdad.

Adrian da un paso más cerca y baja la voz, como si temiera que el mar pudiera escucharlo.

—Todo —responde.

Su mirada se clava en la mía.

—Eres su heredera, Elara —dice con gravedad—. La última sangre de ese linaje. La única capaz de encontrar la isla…

Deja que el silencio haga su trabajo antes de terminar la frase.

—…o de condenarla para siempre.

Lo miro, incrédula.

— Tu familia no solo gobernó. — continúa apretando la mandíbula — Fue sacrificada. La maldición cayó sobre ellos porque intentaron ocultar algo... algo que la isla guarda. Los pocos que sobrevivieron fueron perseguidos durante generaciones.

Un relámpago ilumina la cubierta, y siento el frío recorrerme la espalda.

— ¿Quieres decir... que tengo enemigos que ni siquiera conozco? —pregunto, con un nudo formándose en el estómago.

—Enemigos no —susurra Adrian, negando apenas con la cabeza—. Esclavos de la isla. Servidores de la sombra. Como este.

—Lo sabías cuando desapareciste —espetó, incapaz de suavizar el tono.

Ahora sí me mira.

—Sí —admite en voz baja.

La rabia me sube por la garganta.

—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? —exijo.

Me mira con dolor. Otra vez la misma expresión en sus ojos, la misma que hace diez años.

—Desde antes de que nos conociéramos —responde.

—Hijo de…

Me contengo y aprieto los puños.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo? —pregunto con frialdad.

—Nunca —dice Adrian.

La palabra me pesa como una piedra.

—¿Nunca? —repito, incrédula.

—Porque mientras no lo supieras… la isla no podría reclamarte —explica, señalando el mar oscuro—. Pero ahora ya te ha encontrado.

Señala el mar.

La primera sombra empieza a trepar por el casco. Su cuerpo líquido se estira sobre la madera del barco. La tripulación grita. Otra sombra la sigue.

Ray desenfunda su sable.

—Capitana… esto se está poniendo feo —advierte.

Pero yo sigo mirando a Adrian.

—La noche que huiste —digo, sin apartar los ojos de él—. ¿Fue por esto?

Adrian asiente. Traga saliva. Y la confesión que llevaba años evitando sale por fin.

—La noche en que desaparecí… vinieron a buscarte —confiesa con la voz tensa—.

La isla te reclamó cuando cumpliste dieciocho años.

Tu sangre despertó la maldición. Y me marché porque me advirtieron que, si no lo hacía, usarían tu vida para reabrir el portal hacia la isla. Y entonces… te perdería para siempre.

Mi pecho se aprieta.

—Así que me fui —dice Adrian en voz baja, sin atreverse a sostenerme la mirada.

Su voz se rompe al final de la frase.

—Preferí que me odiaras —añade con dificultad— antes que verte convertida en lo que quieren que seas.

Miro las sombras que trepan por el barco. Miro el mar. Miro el mapa que palpita bajo mi ropa.

Adrian me observa con una mezcla de miedo y algo más profundo.

Las sombras alcanzan la borda. Los marineros gritan. Ray levanta su espada.

—¡Capitana!

Respiro hondo.

Y por primera vez desde que empezó esta pesadilla… entiendo por qué el mar me ha estado llamando. Porque la isla no nos está esperando. Nos está reclamando. Y yo… soy lo único que puede abrir ese camino.