Diez años atrás
Elara dormía cuando una extraña sensación me despertó.
Su mano aferrando la mía incluso en sueños, como si alguna parte de ella supiera que algo venía a arrebatármela. Ajena al desastre que se acercaba.
Afuera, el puerto estaba demasiado silencioso.
La luna trazaba sombras suaves sobre su rostro y, por un instante, pensé —con una esperanza estúpida— que quizá la maldición se había equivocado.
Que quizá no era ella.
El agua del puerto empezó a moverse sin viento. La sal del muelle se levantó del suelo, arrastrada por una fuerza invisible, dibujando círculos imperfectos frente a la puerta del camarote. Los símbolos se grabaron solos,
Como si una mano invisible los estuviera escribiendo con una crueldad infinita.
Y los susurros llegaron.
Desde dentro de mi cabeza.
“La sangre ha despertado.” “La llave respira.” “Entréganos lo que es nuestro.”
Fue entonces cuando comprendí que ella nunca seria libre. Que siempre seria reclamada. Porque mi padre me había advertido que, cuando la heredera cumpliera dieciocho años, la isla abriría un ojo.
Salí al muelle y allí estaban.
No tenían forma definida todavía. Solo sombras proyectadas donde no debía haberlas. Figuras reflejadas en el agua que no correspondían a ningún cuerpo. Ojos sin rostro observándome desde la superficie negra del mar.
Y entonces hablaron con claridad.
—Si te quedas, la tomaremos.
Vi la imagen de Elara de pie sobre una isla que no aparece en ningún mapa, con la mirada vacía, coronada por algo que no era oro ni hierro. Atada a un trono de piedra húmeda, rodeada de sombras obedientes.
—Si hablas, la perderás.
Vi sangre sobre cubiertas ajenas. Su nombre borrado. Su rostro olvidado incluso por quienes la amaban.
—Si huyes… vivirá.
No sería libre. No estaría a salvo. Pero estaría viva.
Miré atrás, hacia el camarote. Hacia la mujer que aún creía que el mundo tenía reglas justas. Comprendí entonces que la isla no quería solo su cuerpo. Quería su voluntad. Quería quebrarla primero.
Así que hice lo único que la isla no esperaba. No luché. No negocié. No intenté ser valiente. Me fui.
Dejé el mapa sellado. Dejé pistas falsas. Dejaría mi nombre como cebo si era necesario. Me convertí en corsario, en un rumor, en un traidor fácil de odiar.
Porque mientras ella me odiara… Seguiría siendo humana.
Y esa noche, mientras el mar cerraba sus ojos de nuevo, supe que algún día volvería a verla. Cuando la isla despertara por completo. Cuando huir ya no fuera suficiente.
Me fui sin despedirme. Me fui cargando con su odio futuro para comprarle años de vida. Me fui amándola en silencio, creyendo que el amor bastaba para protegerla.
Y ahora estoy aquí, viéndola de pie frente a su destino, con los ojos llenos de fuego y preguntas que yo mismo sembré.
Elara se gira hacia mí. Nuestros ojos se encuentran. Y por un instante —solo uno— deja de ser capitana.
Veo a la mujer que confió en mí. A la que me esperó. A la que sobrevivió sin saber por qué la abandoné. Ese segundo me destruye más que cualquier maldición.
Quiero decir su nombre. Quiero decirle que huya, que la llevaré lejos, que quemaré el mapa, el barco, y el mundo entero si hace falta.
Pero sé la verdad. La maldición no puede ignorarse. Y ella tampoco.
El mar burbujea con impaciencia. Las sombras se mueven. La noche contiene el aliento.
Ya no puedo seguir callando. Doy un paso hacia ella, sintiendo que cada uno me acerca tanto a la verdad como a perderla para siempre. Esta vez no huiré. Esta vez la miraré a los ojos cuando el mundo se rompa. Porque si la isla quiere a Elara…tendrá que pasar primero por mí...