Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

El mapa que no debía existir

Elara

La tormenta amaina afuera, pero el corazón aún me golpea con fuerza. Separarme de Adrian dentro del camarote no ha sido fácil. La intimidad queda atrás, sellada como una herida mal cosida: parece cerrada, pero sigue sangrando por dentro. La capitana vuelve a tomar el mando. O eso me obligo a creer.

Me ajusto el cinturón, respiro hondo y señalo la mesa donde los mapas permanecen extendidos.

—Tenemos trabajo —digo, más fría de lo que me siento.

Adrian asiente. Ambos sabemos que la vulnerabilidad no tiene cabida fuera de aquel camarote. Allí dentro podía permitirme dudar; fuera, no.

Extiendo el mapa principal. Ese maldito pergamino.

El que nunca debió existir. A simple vista, parece un trozo de papel antiguo, con tinta ennegrecida y bordes mordidos por el tiempo.

Pero bajo la luz temblorosa de las velas hay algo más: un latido sutil, un brillo verde esmeralda que se desplaza lentamente, como si el pergamino respirara.

Adrian frunce el ceño.

—No recordaba que brillara así —murmura.

—No lo hacía cuando lo conseguí —respondo—. Empezó hace dos noches.

Se gira hacia mí, tenso, casi palideciendo.

—¿Y no pensaste que era importante mencionarlo?

—Tenía otros asuntos en mente —replico, con una mirada suficiente para cerrar cualquier réplica.

Un golpe seco sacude el casco del barco. Levantamos la cabeza al unísono.

—Eso no parecen olas —susurra Adrian, con un hilo de voz.

Enrollo el mapa y lo guardo contra mi pecho, bajo la chaqueta.

—Vamos. Subamos a cubierta.

El aire afuera es espeso, negro como petróleo derramado. Huele a sal… y a algo antiguo, profundo, que no se puede nombrar. Mis hombres murmuran nerviosos, señalando el agua.

—¡Capitana! —gruñe Ray—. El mar… está raro.

Y lo está. No son olas normales. No es el viento. El agua se mueve desde dentro. Hay ondulaciones circulares expandiéndose alrededor del barco, midiendo cada palmo de casco, como un gigante invisible.

Adrian aprieta los dientes.

—No puede ser…

—¿Qué no puede ser? —pregunto, girando para mirarlo.

Cuando levanto la mirada veo que no hay tierra a la vista.

Adrian traga saliva antes de responder.

—La isla maldita… nunca está en un punto fijo. Se mueve. Siempre. Es como si la tierra flotara… cambiara de lugar.

Niego despacio, intentando racionalizarlo.

—Las islas no se mueven, Adrian.

—Pues esta… sí.

Un grito atraviesa la cubierta cuando una sombra colosal pasa bajo la quilla, oscureciendo el agua entera. No tiene forma clara, pero su tamaño basta para helar la sangre.

Entrecierro los ojos.

—No puede estar pasando esto —digo con firmeza—. Debe ser… una ilusión, algo…

Adrian palidece.

—Es la maldición —escupe, casi en un susurro.

—¿Qué maldición? —exijo.

Respira hondo, como quien pronuncia algo que debería quedar enterrado.

—La isla maldice a quienes la buscan. Les sigue. Les muestra sombras en el agua, susurros en la noche… hasta que los alcanza.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—¿Estás diciendo que el mapa no nos guía a la isla? —pregunto—. ¿Que es la isla la que nos persigue a nosotros?

Me observa con algo que no sé si es miedo… o reverencia.

—Nos ha encontrado, Elara.

El silencio cae sobre la cubierta como una sentencia.

Entonces el mar se abre ante nosotros. Una figura emerge del agua. No es hombre, ni bestia. Es una silueta de sombras líquidas, sin rostro, brillante y oscura como petróleo. El agua gotea de su cuerpo, y se detiene junto al casco, inmóvil, mirando hacia arriba.

Ray retrocede tres pasos, aterrorizado.

—Capitana… eso no puede ser humano.

Aprieto la mandíbula, mi instinto de capitana despertando.

—¿Qué demonios es eso?

—Parece un mensajero —responde Adrian, la voz quebrada por la incredulidad.

La sombra levanta una mano alargada… y me señala directamente a mí.

No me muevo.

—¿Qué quiere? —gruño.

Adrian traga saliva.

—A ti, Elara —dice, con voz rota—. La isla quiere a su heredera.

El viento cesa un instante, y el mundo parece contener la respiración. La decisión no es mía, pero la amenaza sí. La herencia del poder que nunca pedí… acaba de alcanzarnos.