Capítulo 16
Una conversación íntima
Elara
La tormenta sigue rugiendo fuera, pero dentro del camarote solo existe nuestra respiración entrecortada.
Aún tengo una mano apoyada en el pecho de Adrian, solo para recordarle que puedo empujarlo si quiero, tumbarlo o hacerle pagar por cada paso en falso.
Él apoya la frente contra la mía, sin aliento, y siento cómo el pulso de su corazón intenta escapar del control.
—No recordaba… —murmura, con voz rasgada— lo buena que eras.
Suelto una risa breve, ronca y cargada de veneno.
—¿Esperabas que hubiera cambiado?
—No —sus ojos brillan en la penumbra—. Solo había olvidado lo que se sentía estando contigo.
Aparto la mirada hacia la ventana. Relámpagos iluminan mi reflejo a intervalos. No soy la capitana temida que todo el mundo respeta. No soy la mujer que jamás cede. Esta soy yo… peligrosa, impredecible, despiadada.
—Pensé que no volveríamos a vernos —digo en voz baja.
Lo noto tensarse.
—¿Eso querías? — me pregunta con una expresión en los ojos que no sé cómo definir.
Aprieto los labios.
—No confíes en que siempre sepa lo que quiero.
Silencio absoluto. Sus ojos no dejan de buscar los míos, intentando atravesar la coraza que llevo años construyendo. Adrian alza la mano y roza mi mejilla, recorriendo la cicatriz con el dorso de los dedos.
—Elara… sé que crees que te fallé, pero juro que lo hice para protegerte.
Frunzo el ceño y aparto su mano de golpe.
—No empieces con eso.
—Es la verdad —insiste—. Me obligaron. Me amenazaron. Tu vida estaba en peligro.
Siento la frase como un disparo directo al pecho. Cada palabra suena a traición envuelta en excusa.
—Y, aun así —escupo— decidiste mentirme.
Baja la mirada, y por un instante veo un atisbo de arrepentimiento mezclado con orgullo.
—Decidí que siguieras respirando.
Doy un paso atrás. El aire dentro del camarote me quema los pulmones, el corazón late desbocado.
—Decidiste por mí —digo, con la voz rota—. Eso es peor que venderme.
Levanta la cabeza de golpe, acercándose, invadiendo mi espacio, y siento cómo el peso de su presencia vuelve a desafiarme.
—Sabes que nunca te vendería —dice, con voz baja y urgente—. Pero sí cargaría con tu odio si eso significaba salvarte.
Ahí estaba la perversión exacta: convertir la traición en sacrificio, disfrazar la mentira como heroísmo.
Toma mis manos con cuidado, como si fueran de cristal. No me aparto. No porque quiera… sino porque quiero ver hasta dónde llega.
—¿Por qué vuelves ahora? —pregunto, sin rodeos—. ¿Por qué no desapareciste como debías?
Me mira como si la respuesta fuera obvia.
—Porque estar lejos de ti es peor que cualquier castigo. Porque incluso cuando me odias… sigues siendo mía, de alguna manera.
Intento recuperar mi máscara, la de la mujer impenetrable, la de la capitana que nadie toca. Pero Adrian me conoce demasiado bien. Cada gesto, cada respiración me delata.
—Porque no quiero estar lejos de ti —susurra—. Porque te quiero, Elara. Te he querido todos estos años.
Cierro los ojos, controlándome para no retroceder, para no inclinarme hacia él ni mostrar debilidad.
—No te atrevas a decir esas palabras —susurro—. Y menos después de todo lo que pasó.
—Justo por eso lo digo.
Abro los ojos lentamente. Por un instante, incluso la tormenta parece contenerse, temerosa.
—Adrian…
Sonríe, suavemente, casi incrédulo.
— ¿Tú también sientes lo mismo? — dice colocándome una mano en el pecho, justo encima de mi descontrolado corazón.
Lo miro con la intensidad con la que se incendian mares.
—No —sentencio—. No vuelvas a decir que me quieres.
—¿O qué? —susurra, acercándose un poco más, juguetón—. ¿Me matarás?
Sonrío, inclinándome hacia su oído, mi aliento rozando su piel.
—Peor —murmuro—. Haré que sigas vivo… sabiendo que nunca volverás a tocarme. Y aun así… siempre me desearás.
Me aparto de golpe, cruzando el camarote como quien pisa un campo de minas.
—La próxima vez que pronuncies esa palabra —añado, con voz baja y mortal—, descubrirás cuánto daño puede hacer alguien que ya no cree en el amor.
Él me mira, derrotado y excitado al mismo tiempo. Sus ojos dicen lo que no se atreve a pronunciar: sigue siendo mío… aunque yo misma le haya enseñado que nunca lo será del todo.
El mar ruge, la tormenta golpea los costados del barco, y dentro de mí solo hay una certeza: nunca permitiré que nadie controle mi corazón… ni siquiera Adrian Thorne.