Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Una capitana siempre toma lo que es suyo

Elara

Mi camarote está en penumbra, iluminado únicamente por la lámpara que cuelga sobre la mesa del mapa, balanceándose al ritmo del mar.

Adrian está ahí, de pie, observando mis mapas como si le pertenecieran.

— ¿Que parte de “NO toquéis mis cosas” no entiende el personal de este barco? — digo desde la puerta.

Se gira despacio, con esa sonrisa lenta que siempre me saca de quicio.

—No lo estaba tocando —responde—. Solo estoy observando, igual que haces tú… cuando finges que no me miras.

Cierro la puerta de golpe. La madera cruje. El barco entero parece tensarse conmigo.

—No me provoques —advierto.

—¿Y si eso es exactamente lo que quiero? —espeta acercándose demasiado.

No retrocedo, nunca lo hago. La tormenta que llevaba días pudriéndose dentro de mí estalla.

En un movimiento seco lo empujo contra la mesa del mapa. El impacto hace vibrar la lámpara. Las sombras bailan por las paredes como espectros. Su espalda choca con la madera y suelta un jadeo que me recorre la piel.

—¿Así es como me quieres, Adrian Thorne? — susurro, inclinándome sobre él, tan cerca que casi rozo sus labios. — ¿Así de cerca?

Me sostiene la mirada, con esos ojos ardientes azul cielo.

—Tan cerca como tú decidas… —responde, con voz grave y cargada de tensión, como si cada palabra fuera un desafío y una rendición a la vez.

Me sostiene la mirada, y siento cómo el aire entre nosotros se espesa, pesado, eléctrico.

—Para usted, señorita, —añade con esa sonrisa que provoca que quiera borrarla con un puñetazo—, siempre estoy a su merced… y no me importa que lo sepas.

Sonrío, una sonrisa lenta. Letal.

Le agarro la camisa y tiro con violencia, con dominio. La tela cede, dejando su pecho al descubierto y suelto todo el aire que no sabía que estaba conteniendo.

— Elara...

— Silencio — ordeno, apoyando un dedo en sus labios.

Ese simple gesto lo deja sin aire.

Deslizo el dedo por su boca, su mentón, su cuello... reclamándolo con calma, como hace una capitana con lo que es suyo. Cierra los ojos, respirando hondo.

— Mírame — Obedece al instante.

Lo tomo por la mandíbula, firme, obligándolo a sostenerme la mirada.

—Siempre fuiste un error —susurro junto a su oído—. Y aun así… nunca dejé de cometerlo.

Se queda en silencio. La única respiración que escucho es la suya, agitada, con un hilo de lucha contra lo que ambos sabemos que ocurrirá.

—¿Por qué me desafías tanto? —susurra, voz ronca—. Siempre haces que quiera lo que no debo…

—Porque quiero que sientas lo que es estar atrapado —susurro, acercando mi frente a la suya—. Sin poder decidir, sin poder resistir.

Él traga saliva, y por primera vez en años parece vulnerable.

Me inclino y muerdo suavemente su cuello. Mi mano desciende por su pecho, marcando el camino con las uñas, hasta detenerme en su entrepierna. Lo agarro con firmeza. Adrian se arquea contra la mesa, atrapado entre el borde y mi cuerpo.

—Eres peligrosa —jadea.

—No —respondo, rozando sus labios sin concederle nada—. Soy inevitable.

Me mira con rendición y deseo a partes iguales.

—No te muevas —ordeno.

Intenta tocarme, pero le sujeto las muñecas y las vuelvo a empujar contra la mesa.

— No — susurro, divertida —. Aún no te he dado permiso.

—Vas a destruirme…

Apoyo una rodilla entre sus piernas, acercándome tanto que puede sentir cada centímetro de mí.

—No, Adrian — le susurro al oído, mordiéndolo lo justo para hacerlo temblar. — Solo voy a recordarte por qué nunca pudiste olvidarme.

Lo beso. Un beso voraz, cargado de años de rabia, deseo contenido y heridas que nunca cerraron. No es dulce ni tierno, más bien todo lo contrario.

Cuando nos separamos, ambos respiramos con dificultad. Le tomo por la barbilla de nuevo.

—Ahora —susurro, clavando mis dedos en su piel—. Es mi turno de enseñarte lo que significa estar bajo mi control.

Me inclino y lo beso con lentitud, probando sus límites, explorando su resistencia. Sus labios se abren un poco, su respiración se acelera, y sé que lo tengo justo donde quiero.

— Y ahora sí, Adrian... — susurro contra sus labios —. Tócame.

Lo hizo. Sin dudar. Porque cuando yo daba una orden... el mundo entero aprendía a obedecer.