Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Alma de forajido

Adrian

El primer error de Elara fue creer que las cerraduras viejas obedecen a la autoridad. El segundo, dejarme tiempo.

Espero, siempre espero. La tormenta cubre mis movimientos mejor que cualquier sombra. Cuando el barco vuelve a escorarse, los guardias se aferran a lo único que conocen: el equilibrio. Yo me aferro a la oportunidad de salir sin ser visto.

El pasador cede con un susurro metálico, antiguo y cansado. Como tantas promesas en este barco.

Salgo de la bodega sin prisa. Sin correr, porque el que corre se delata. Camino con el ritmo del navío, contando los segundos entre truenos, usando el caos como manto. Nadie me mira, no esperan el peligro.

El pasillo me conduce hacia proa. Hacia ella.

El camarote de la capitana está cerrado, claro, Elara siempre cierra. Sonrío. Nunca aprendió que cerrar no es lo mismo que proteger. La cerradura se rinde igual que la anterior, solo que esta lo hace con mayor dificultad.

Entro y cierro tras de mí.

Huele a sal, a tinta, a ella. A noches sin dormir y decisiones que pesan. El camarote se me antoja demasiado ordenado para alguien que vive en guerra consigo misma. La lámpara oscila y la tormenta marca el compás.

Voy directo a la mesa.

Los mapas están allí, extendidos, paso los dedos por los trazos, reconociendo su pulso: firme donde duda, delicado donde miente. Conozco esta caligrafía mejor que mis propias cicatrices.

—Así que… por aquí —murmuro.

No son rutas comerciales. Nunca lo han sido. Son desvíos. Umbrales. Nombres borrados a propósito. Señales que solo alguien que ha oído cantar al mar se atrevería a dibujar.

Encuentro el punto. El que ella evita mirar demasiado tiempo. La línea se afina, casi temblorosa.

—Sabes que es peligroso —le digo al aire—. Y aun así sigues adelante.

Un golpe de mar sacude el barco. La lámpara proyecta sombras largas, torcidas. Recojo un segundo mapa, más antiguo, doblado con cuidado. Lo abro y la confirmación me quema detrás de los ojos.

Va a cruzar el estrecho del tiburón sin preparación.

Aprieto los labios. No por rabia. Por miedo.

Oigo pasos fuera. Voces que no dicen mi nombre, pero lo buscan. Doblo los mapas exactamente como estaban. Los dejo. No necesito llevármelos. Ya los he visto. Ya los recuerdo.

Me detengo un segundo más. Miro su catre. El pequeño astrolabio clavado con un clavo torcido en el cabecero. La brújula que nunca señala el norte cuando ella está cerca.

—Siempre tan obstinada —susurro.

De repente la puerta del camarote se abre con un ruido que me saca de mis pensamientos.

Ya no hay vuelta atrás. Mi corazón late con fuerza. Sé que me ha descubierto o que alguien la ha alertado. No importa. Esta noche, las reglas las he roto yo. Esta noche, el juego cambia.

Y mientras la tormenta golpea el casco, sé que cada segundo cuenta. Porque Elara Grey no perdona. Pero yo… tampoco.