Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Tormenta con forma de mujer

Adrian

La puerta se cierra y el eco del golpe se queda conmigo. Siempre ocurre así. Elara se va… y deja el caos detrás.

Me quedo quieto unos segundos, con las manos aún tensas, el pulso desbocado, el cuerpo recordando exactamente dónde estuvo el suyo. Maldita capitana. Maldita tormenta con forma de mujer.

Sonrío, pero no hay ni una pizca de diversión en ello.

Sabía que vendría. Sabía que me miraría con esos ojos llenos de fuego y traición, como si yo fuera el único monstruo de esta historia. Siempre le resultó más fácil odiarme que aceptar que éramos iguales.

Me paso una mano por el rostro y dejo escapar el aire despacio. Aún puedo sentir el calor de su piel, el peso de su cuerpo cuando se rindió durante un instante. Solo uno. Pero eso fue suficiente.

—Sigues siendo mi mayor debilidad… —murmuro para nadie.

Miro alrededor de la bodega. Barriles viejos, sogas y sombras. Una prisión improvisada para alguien que nunca aprendió a obedecer. Ni siquiera a ella. Mucho menos ahora.

Ella cree que me tiene controlado. Que encerrarme ha sido una victoria, pero no entiende nada.

Jareck ha sido solo una pieza del rompecabezas. Un medio. Un sacrificio necesario. Los mapas, sin embargo… los mapas lo son todo.

Aprieto los puños al recordar las rutas que dibujó con mano firme, convencida de que solo ella entendía el mar. Y tal vez sea cierto. Pero hay cosas que Elara aún no sabe.

Lugares que despiertan cuando la tormenta ruge. Deudas antiguas. Nombres que no deberían pronunciarse en voz alta.

Y ella navega directa hacia ellos.

—Te protegí —digo en voz baja, como si pudiera oírme—. Incluso cuando me odiaste por hacerlo.

Me acerco al barril donde la senté antes.

Paso la mano por la madera como si todavía pudiera sentir su cuerpo temblando contra el mío.

Recuerdo sus dedos hundiéndose en mis hombros, su boca reclamando la mía, ese beso furioso que sabía a tormenta y rendición.

Ese beso que intentó negar… pero que nos traicionó a los dos.

Ella huye porque sabe exactamente lo que pasará si se queda. Porque sabe que no necesito cadenas para tenerla. Porque sabe que no importa cuánto se resista… termina viniendo hacia mí. Siempre lo hace.

Sonrío de nuevo.

La tormenta se acerca. Puedo sentirla en los huesos. Y cuando llegue… cuando el mar reclame lo que es suyo… Elara volverá a mí.

Y yo volveré a elegirla. Una y otra vez. Aunque nos devore el abismo. Aunque nos cueste el alma. Porque hay criaturas que no nacieron para amarse. Sino para destruirse… juntas.