Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Antes de la caída

Elara

Mientras Adrian permanece encerrado en la bodega, no puedo evitar recordar por qué lo odio y lo deseo al mismo tiempo. Hace diez años… ya conocía esta mezcla de rabia y fascinación.

Antes de convertirme en la capitana temida de La Dama Negra , fui otra mujer. Más joven. Más impulsiva. Más vulnerable.

Y Adrian… fue el primero en verlo.

Diez años atrás...

Recuerdo perfectamente la noche en que lo conocí.

Yo acababa de huir de mi antiguo capitán, después de descubrir que planeaba venderme junto a parte de la tripulación femenina. Llegué a un puerto miserable, envuelto en humo, caos y gritos. Sucia, hambrienta, con las manos heridas y temblando todavía por la huida.

Y allí estaba él. Apoyado en la barra de una sucia taberna, con una sonrisa desafiante y una mirada afilada. Demasiado afilada.

—Parece que alguien tuvo un mal día —dijo, con esa voz que me atravesaba.

—Parece que a alguien le gusta meterse donde no lo llaman —respondí, desafiante.

Se rió. Una risa cálida… peligrosa y adictiva.

—Soy contrabandista. Meterme donde no me llaman es básicamente mi oficio.

Me miraba como si yo fuese valiosa. Como si hubiera estado esperándome. Y yo… estaba demasiado rota para entender por qué eso me dolía.

—Si necesitas barco, tengo sitio en el mío —dijo, dando un sorbo a su bebida—. Pero tendrás que pagar de alguna forma.

Lo miré entrecerrando los ojos.

—Como te atrevas a insinuar algo sexual, te cortaré la garganta. —respondí.

Él sonrió.

—Tranquila, capitana sin barco. Me refería a trabajar para mí. Sé reconocer fuego cuando lo veo… y tú tienes suficiente para encender una flota entera.

No sé por qué acepté. Quizá porque estaba sola. Quizá porque estaba perdida. Quizá porque, por primera vez, alguien me miró sin subestimarme.

Adrian me entrenó. No como maestro, sino como igual. Noche tras noche me mostró rutas secretas, códigos de contrabandistas, dónde golpear, cómo negociar y cómo robar sin ser vista.

—No tienes idea de lo peligrosa que puedes ser —me decía.

—Y tú no tienes idea de lo rápido que podría matarte —le respondía mientras afilaba mi cuchillo.

—Ese es el encanto —decía él, acercándose demasiado.

Lo odiaba a veces. Lo deseaba otras. Y demasiadas veces… ambas cosas a la vez.

Cuando estábamos solos, cuando el mar guardaba silencio, terminábamos buscándonos. En besos. En discusiones. En noches enteras sin dormir.

No éramos pareja y tampoco éramos amigos. Éramos una tormenta. Me tomó meses descubrir la verdad.

Una noche, mientras Adrian dormía, encontré en sus cosas un pergamino. El mismo que los cazarrecompensas llevaban semanas buscando.

Mi nombre. Mi rostro. Mi precio. Y al final… un sello. El sello de mi antiguo capitán. El mismo que intentó venderme.

Sentí que el mundo se me partía en dos.

Adrian abrió los ojos en cuanto sintió el cambio en el aire.

—Puedo explicarlo —murmuró.

Yo tenía la daga en la mano. El filo temblaba contra su cuello. No sé si por rabia o por miedo.

—¿Me vas a vender? —escupí.

Él se incorporó.

—No. Te estoy protegiendo.

—¿De quién? ¿De mí misma?

—Ese hombre me contactó —confesó—. Me ofreció una suma enorme por entregarte. Pero no acepté. Tomé el encargo para borrarlo desde dentro. Para que nadie más te tocara.

La rabia me quemó desde dentro.

—¿Y NO pensaste en decírmelo?

Cerró los ojos, como si mis palabras fueran golpes.

—Quería quitarte ese peso de encima. Que alguien lo cargara por ti y que por una vez… no tuvieras miedo.

Pero yo ya no escuchaba. La traición no era que hubiera tomado el encargo. La traición era no haber confiado en mí.

—Me mentiste —susurré, sintiendo la voz romperse—. Me la jugué por ti… y tú decidiste por mí. Sin contar conmigo.

Extendió la mano.

—Elara…

Lo golpeé. Una vez. Dos. Tres.

Adrian no se defendió. Ni siquiera levantó los brazos.

Cuando la daga cayó al suelo, yo ya no era la misma mujer.

—No vuelvas a tocarme —le dije.

Esa misma noche escapé. Me prometí no volver a confiar en nadie. Mucho menos en un hombre.

Pero él… Adrian marcó un lugar dentro de mí que nunca pude arrancar. Un lugar que dolía.

Diez años después, él me sigue mirando igual que la primera vez. Con deseo. Con rabia. Con algo que nunca se apagó.

—Jamás quise perderte —dijo.

Aparté la mirada.

—Pues no debiste jugar a ser mi salvador.

Sonrió con una tristeza que solo me mostraba a mí.

—No sabía cómo amarte sin intentar protegerte.

Apreté la mandíbula.

—Y yo no sabía amar a alguien que no me dejaba elegir.

Guardó silencio. Y luego:

—¿Aún me odias? — preguntó

Tragué con dificultad.

—Aún me dueles.

Y eso…, eso era peor que el odio.