Capítulo 11
La tormenta que nunca se apagó
Elara
Me despierto con el sol filtrándose por la escotilla y la rabia todavía ardiéndome en el pecho.
Apenas he dormido; cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el rostro de Adrian, esa forma suya de mirarme como si todavía me conociera.
Aprieto los dientes y me incorporo en la cama, el mar balancea el barco con suavidad, demasiado tranquilo para el caos que llevo dentro.
Me enfurece que haya vuelto, que haya removido todo lo que creía enterrado…
y me enfurece aún más que, pese a todo, su presencia siga teniendo ese maldito efecto en mí.
Me levanto de la cama con un gruñido bajo, apartando la manta como si también tuviera la culpa de mi mal humor.
El suelo del camarote está frío bajo mis pies, y el balanceo del barco me recuerda que el día ya ha empezado para el resto de la tripulación.
Me visto rápido, sin pensarlo demasiado, porque si me detengo un segundo más acabaré dándole vueltas otra vez a su cara, a su voz, a todo lo que no quiero recordar.
Abro la puerta y salgo al pasillo de madera, que cruje suavemente mientras camino hacia la escalera.
Cada paso me tensa más el estómago. Bajo hacia la bodega con la mandíbula apretada y las manos cerradas en puños.
No sé exactamente qué voy a decirle a Adrian…
pero sí sé que no pienso seguir evitando esta conversación.
Empujo la puerta de la vieja bodega donde le tengo encerrado bajo vigilancia. Después de la traición de Jareck y el trato que Adrian hizo con él, no puedo fiarme de ninguno. Ambos tienen la lengua demasiado afilada y el corazón demasiado podrido.
Adrian levanta la mirada lentamente cuando entro en la estancia y esa sonrisa torcida aparece en su boca, la misma que siempre conseguía hacerme perder el equilibrio.
Al abrir la puerta de la celda, un frío inesperado me recorre la espalda. Las cadenas de Adrian están rotas. Él se ha liberado. Me quedo un instante inmóvil, observando la mezcla de arrogancia y desafío en su mirada.
—¡¿Qué demonios…?! —grito, cruzando los brazos y tratando de dominar el temblor de la sorpresa.
Adrian se endereza, estirándose lentamente, y me ofrece esa sonrisa torcida, insolente, que siempre conseguía sacarme de quicio.
—Sabía que volverías a por mí —murmura, con esa voz grave que se me mete bajo la piel. Arrogante. Insolente. Adrian en estado puro.
Frunzo el ceño y finjo una frialdad que no me creo ni yo.
—Explícame cómo has hecho esto —gruño—. Las cadenas estaban cerradas ¿Cómo demonios te has desatado?
—Ah… —dice, encogiéndose de hombros como si fuera lo más natural del mundo—. Digamos que ciertos trucos viejos de marino nunca fallan. Y algunas cerraduras… no saben con quién se meten.
Mis dientes se aprietan con fuerza. La ira sube por mis brazos como un fuego que no puedo apagar.
—¿“Trucos viejos de marino”? —replico, con los ojos ardiendo. Cada palabra suya es un insulto a mi autoridad.
Se acerca un paso, con confianza, como si la bodega fuera suya.
—Arrodíllate —ordeno, señalando el suelo con la punta del dedo—. Ahora.
—Vaya, siempre tan mandona… —susurra.
Siento cómo la sangre me hierve. Este juego… este desafío… no puede volver a salirse de control.
—No intentes manipularme —digo, con voz cortante.
Se acerca un poco más. Tanto que sus labios rozan mi piel sin besarme con una provocación deliberada.
—No necesito hacerlo —murmura—. Tú sola vienes hacia mí.
Lo empujo con fuerza contra un barril, pero sus manos atrapan mis muñecas con firmeza.
—Suéltame —gruño, mientras mis ojos no le pierden detalle.
—Tan autoritaria y peligrosa… —susurra, divertido, y se inclina un poco más cerca—. Cómo siempre.
Es el mismo fuego que nos consumió años atrás, y aun así, no retrocedo.
—No volverás a tocarme —le advierto, recuperando cada centímetro de control—. Ni aquí, ni nunca más.
Adrian ladea la cabeza, estudiándome.
—Recuerda lo que dijiste, mi capitana… —susurra—. Que nadie puede doblegarte.
—Exacto —respondo, con voz fría—. Ni siquiera tú.
Apenas me da un segundo de respiro, y siento que todo lo que ha hecho, cada mentira, cada traición, cada acto de arrogancia, se estampa contra su propio orgullo.
—Quiero saber por qué convenciste a Jareck de traicionarme y para qué demonios querías mis mapas —insisto, avanzando hacia él sin perder ni un ápice de autoridad.
Se encoge de hombros, sin remordimiento.
—Jareck es un hombre fácil de manipular. Siempre quiso protegerte… y yo supe cómo usar eso a mi favor.
Aprieto los dientes.
—Eres despreciable.
—Y aun así estás aquí, conmigo. Sola —dice arqueando una ceja y acercándose.
Retrocedo… pero solo por reflejo. Él lo nota, claro, siempre lo nota y sonríe como lo haría un lobo hambriento.
—¿Recuerdas la última vez que estuvimos en una habitación así? —susurra.
Lo fulmino con la mirada.
—Recuerdo que te fui leal. Y que tú me apuñalaste por la espalda.
Adrian ladea la cabeza, estudiándome.
—No, capitana. Yo te protegí y lo sabes. Si hubiera querido traicionarte… no estarías viva.
Avanza otro paso. Esta vez, no me muevo ni un milímetro. Nuestros cuerpos quedan tan cerca que siento su respiración cálida contra mi cuello.
—No te acerques más —ordeno—. Estás evitando la pregunta.
—¿Por qué? —sus dedos rozan mi antebrazo—. ¿Porque estás furiosa… o porque recuerdas exactamente cómo era perder el control conmigo?
Lo empujo contra el barril de nuevo, furiosa. Pero sus manos atrapan mis muñecas.
—Suéltame —gruño, firme.
—Siempre tan dominante… —susurra contra mi piel—. Y siempre tan hermosa cuando estás enfadada conmigo.
Lo empujo por el pecho para apartarlo, pero mis dedos terminan agarrando su camisa con fuerza.
Maldita sea.
—Sabes cuál fue mi error? —murmura, muy despacio—. Pensar que podía arrancarte de mi corazón.
Un latigazo me atraviesa el pecho.
Levanta mi rostro con dos dedos bajo la barbilla. Su tacto es firme y suave al mismo tiempo.
—Pero tú sigues ardiendo por mí igual que antes —dice en voz baja y peligrosa—. Y yo… nunca aprendí a dejar de quemarme contigo.
No retrocedo. No puedo. Sus labios quedan tan cerca que solo un suspiro nos separa.
—Desearme te va a matar —le digo.
Sonríe.
—Morir por ti siempre fue parte del trato.
Lo beso. Un beso duro, rabioso, lleno de heridas abiertas y recuerdos que duelen. Adrian me agarra por la cintura, tirando de mí como si me reclamara. Respondo con la misma intensidad. Devorándolo. Reclamándolo. Odiando cuánto lo había echado de menos.
Me agarra por la parte trasera de los muslos y me levanta para colocarme en su regazo, se gira, me sienta sobre uno de los barriles de vino y se coloca entre mis piernas.
No puedo respirar, todo lo que llevaba años reprimiendo está saliendo de golpe en este momento.
Puedo notar su miembro duro debajo de los pantalones, me pasa las manos por todo el cuerpo, recorriendo mis pechos, bajando por mi vientre y deteniéndose en mi sexo.
Me acaricia por encima de mis ropas y puedo sentir como mi cuerpo me traiciona. Lo deseo.
Por un momento olvido todo lo que pasó. Arqueo el cuerpo demostrándole cuanto me afecta sus caricias y hundo mis manos en su oscuro pelo, tirando de él hacia atrás para mirarlo a los ojos y devorarlo con más hambre.
Tengo que parar esto, no puede ocurrir de nuevo. No puedo dejar que me controle.
Abro los ojos de golpe, apoyo las manos en su pecho y lo aparto de mi lado. Cuando nos separamos, ambos tenemos la respiración agitada.
—No vuelvas a tocarme —digo, recuperando el control.
Adrian apoya su frente contra la mía.
—Como desees, mi capitana —susurra.
Lo aparto y bajo del barril de un salto. Salgo de la bodega con el corazón desbocado. El sabor de él sigue en mis labios. Y lo peor…es que él lo sabe, sabe cuánto lo deseo... pero también sabe que bajo ninguna circunstancia será mi dueño.