Capítulo 10
Cicatrices que nunca sanaron
Elara
La noche cae sobre La Dama Negra. El rumor del mar es el único sonido constante… hasta que un portazo sacude la cubierta inferior.
Es Adrian.
—¿Me vas a explicar qué demonios hace ese bastardo todavía respirando en el barco? —escupe desde la entrada, la furia latiendo en cada palabra.
Levanto la mirada lentamente desde la mesa donde limpio mi pistola. Mis ojos chispean con la mezcla de rabia y control que surge cuando alguien cruza límites que no debe.
—No te debo explicaciones —digo despacio—. Jareck sigue vivo porque me es útil. Nada más.
Adrian suelta una risa áspera, cargada de veneno, y da un paso al frente.
—¿Útil? —gruñe—. Te traiciona, te roba, te mira como si fueras su puta redención… y tú lo mantienes cerca. Se inclina hacia mí, desafiante. —O quizá te gusta tenerlo ahí, babeando por ti. Siempre necesitas a alguien dispuesto a morir por una migaja tuya.
La pistola golpea la mesa con un estruendo seco.
—Cierra la boca —advierto—. No sabes de qué hablas.
—Claro que lo sé —replica, con voz cargada de veneno—. Lo veo en sus ojos. Te quiere. Te desea. Y tú lo sabes. Siempre has sabido jugar con eso.
Mis uñas se clavan en la madera.
—Deja de actuar como un crío posesivo.
—¿Un crío? —explota—. ¡Me mentiste durante años! ¡Me hiciste creer que estabas muerta! Y cuando por fin te encuentro… estás rodeada de hombres dispuestos a matarte o follarte según el día. Aprieta los puños. —Y ese en particular ya te ha traicionado, joder.
—¿Y tú qué hiciste? —le espeto, avanzando y clavando mi dedo en su pecho—. ¿Crees que no sé del trato que hiciste con Jareck? ¿Crees que soy idiota? Te haces llamar Capitán, pero solo gobiernas tu miseria… Me tiembla la voz de la rabia.
—Y no te oculté nada, Adrian. Te enterré. Igual que enterré todo lo que me dolía.
Sus ojos se clavan en los míos.
—Me enterraste a mí, enterraste lo que éramos.
El aire se vuelve irrespirable. Retrocedo un paso. Él invade el espacio al instante, acorralándome contra la mesa.
—No, Adrian —escupo—. Tú huiste cuando el mundo se me caía encima.
—¡Por todos los infiernos! ¡Tuve que hacerlo! —grita, sin apartar la mirada—. No quería perderte.
Suelto una carcajada amarga.
—Ya me habías perdido antes de que te fueras.
—¡Si me quedaba te perdería para siempre! —ruge—. ¡Porque siempre has sido una maldita tormenta que arrasa con todo!
Su rostro se quiebra un segundo. Solo uno.
—Nunca fui suficiente para ti —murmura.
Golpeo la mesa con tal fuerza que la lámpara tiembla.
—¡BASTA! —mi voz corta como un látigo—. Eres un fantasma del pasado. Un pasado que me destrozó. ¿Dónde quedé yo cuando me traicionaste? Me quedé sola y perdida.
Adrian respira con dificultad, como si cada palabra le abriera una herida.
—Eso soy ahora… —susurra—. ¿Un error que quieres olvidar?
Abro la boca, pero no sale ni una palabra. Yo, que no temo a ninguna tormenta, que no me doblego ante ningún enemigo… me quedo sin voz.
—Eres… —siento que las lágrimas van a traicionarme. Después de todos estos años, este hombre sigue siendo mi debilidad, como una maldición. Me persigue allá donde vaya y no podré librarme nunca de él—. Eres la única persona que logró entrar donde no debía… en mi corazón.
Adrian traga saliva.
—¿Y por qué me sigues rechazando todo el tiempo? ¿Por qué me cierras la puerta cuando intento acercarme?
Lo miro, sintiendo una vulnerabilidad cruda y desnuda.
—Porque si te dejo entrar de nuevo, Adrian… —mi voz es un susurro quebrado y siento cómo me arden los ojos—. No sé si podré soportarlo otra vez.
Me toma el rostro con manos firmes en un gesto tierno y posesivo. Limpia una lágrima con el pulgar, como si le molestara verla.
—No volveré a irme —dice—. Pero dime la verdad. Se acerca a mi oído.
—¿Aún sientes algo por él?
—No —respondo sin dudar—. Jareck murió para mí el día que me traicionó.
Apoyo la mano en su pecho.
—Tú eres el que me preocupa.
Adrian exhala, como si acabara de salir del fondo del océano.
—Elara…
—Estoy cansada —murmuro contra su boca.
—Si Jareck vuelve a cruzar la línea… —advierte con tono oscuro—.
—No hará falta que tú hagas nada, tranquilo —respondo con voz fría—. Yo misma lo arrojaré por la borda.
Adrian sonríe. Pero no es una sonrisa bonita.
—Así recuerdo a mi capitana.
La noche cae… y el mar… el mar ya huele a sangre.
Retrocedo unos pasos y lo miro fijamente, dejándole ver que toda su confianza es una ilusión. Adrian cree que ha recuperado terreno, que sus palabras y su cercanía lo acercan a mí otra vez. Qué ingenuo.
—Basta de juegos —grito—. ¡Hombres! —mis palabras caen como metralla—. ¡Atrapadle y encerradle en la bodega! ¡Que no vea la luz hasta que yo diga!
Adrian frunce el ceño, incrédulo.
—¿Qué…? —balbucea—. ¿Me estás…?
Mis hombres se adelantan y lo sujetan. Él lucha, claro que lucha, con la fuerza de alguien acostumbrado a dar órdenes, pero no me inmuto. Cruzo los brazos, disfrutando cada instante de su impotencia.
—¡Aferradle los brazos! —ordeno, con un filo que corta el aire—. ¡Que las cadenas le aprieten bien! ¡Que sepa lo que es obedecer a alguien que no perdona!
Adrian forcejea, sus puños golpean la madera, sus palabras se pierden entre la escotilla y mi risa baja, fría.
—¿Te has vuelto loca? —grita, jadeante.
Lo arrastran hacia la escotilla. Cada paso suyo es un espectáculo de resistencia inútil. Sus ojos se clavan en los míos, furiosos, aterrados, deseando que algo cambie. Nada cambiará.
Lo dejan caer dentro, las cadenas chocan y suenan metálicas. Sus golpes y protestas resuenan contra las paredes, pero yo me mantengo firme afuera, inmóvil, disfrutando su impotencia. Adrian, el hombre que me obsesionó ahora tendrá que obedecer mi voluntad, atrapado en la bodega como un animal.
Sonrío, fría y satisfecha. Que sepa que Elara Grey no se doblega ante nadie.
Dentro de la bodega, la luz es escasa y el aire huele a humedad y madera vieja. Adrian golpea las paredes, lanza maldiciones, intenta mantener la voz firme… pero yo sé que cada grito suyo es una mezcla de rabia y frustración.
—¡Elara! —grita desde la oscuridad—. Estás loca. ¡Suéltame!
—No —respondo desde la cubierta, dejando que mi voz viaje como cuchillo—. Aquí aprenderás lo que significa perder el control. Aquí aprenderás que ni tu arrogancia ni tus encantos me doblegarán.
Se oye un golpe seco contra el suelo. Adrian se ha dejado caer, respirando con dificultad, intentando encontrar algún punto de apoyo. Sus cadenas tintinean con cada movimiento.
—¿Me estás castigando por protegerte? —gruñe.
—No —replico, mi voz baja y cortante—. Te castigo por creerte dueño de mi voluntad. Por pensar que tus años de historia conmigo te dan derecho a decidir por mí.
Un silencio pesado llena la bodega. Puedo imaginarlo respirando con dificultad, golpeando las paredes con furia contenida y su orgullo herido retorciéndose en cada cadena. Y aún así, no tendrá escapatoria.
No mientras yo lo ordene.
—Y recuerda —añado, dejando que mi voz suene como un eco metálico—: el mar puede perdonar muchas cosas, pero Elara Grey… no olvida ni perdona a quien intenta destruirla.