Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

La puñalada que no llegó del enemigo

Elara

La noche siempre ha tenido dos caras para mí: la que protege… y la que traiciona. Y esta noche, el mar está demasiado quieto… demasiado expectante.

Encuentro a Jareck en cubierta, apoyado contra el mástil. Cuando me acerco, se endereza como si lo hubieran atrapado robando. Está nervioso, tenso. Claramente culpable.

—¿Qué haces aquí plantado? —pregunto, sin frenar el paso, con la mirada fija en él—. ¿Qué demonios crees que haces?

Jareck traga saliva, incapaz de mirarme directamente.

—Tenemos que hablar —dice con una voz que no reconozco, temblorosa y baja.

Entrecierro los ojos. Jareck nunca ha sabido mentirme… y aun así está a segundos de hacerlo.

—Habla. Ya. —Mi voz corta el aire como un sable.

Respira hondo. Cada palabra parece pesarle más que el ancla del barco.

—Es Adrian… —murmura.

Un latigazo me cruza el pecho, aunque no lo demuestre.

—No vino aquí por casualidad —continúa—. Él… ya sabía que tenías el mapa. El verdadero.

Mi sangre se congela.

—¿Y cómo demonios lo supo? —pregunto avanzando un paso.

Jareck retrocede. Y ahí lo sé, ha sido él.

—¿Jareck? —mi voz ya no suena a pregunta; suena a advertencia.

Se frota la cara con desesperación.

—Porque yo se lo dije —susurra.

El silencio que lo sigue resuena como un golpe seco. No parpadeo, por un segundo ni siquiera respiro. Solo lo observo, midiendo las distancias… y las consecuencias.

— ¿Le contaste que yo lo tenía? —pregunto, con una calma que hiela el ambiente.

—Sí… yo… —titubea—. Solo quería que… que te dejara en paz. Que no te persiguiera más.

Algo dentro de mí se rompe. No es dolor. No es furia. Es traición. Pura y fría.

—¿En paz? —repito, dejando que la incredulidad corte el aire—. ¿Tu “paz” pasa por traicionar mi confianza y entregar mis secretos?

—No… no quería traicionarte —dice, rompiéndose—. Solo… él siempre vuelve, Elara. Siempre. Y yo… yo no podía competir con eso. El trato era entregarle los mapas y que desapareciera.

—¿Un trato? —susurro. Mis dedos rozan la pistola que llevo en mi cinturón—. ¿Vendiste mi mapa a cambio de tu tranquilidad?

—¡Lo hice para protegerte! —grita, perdiendo el control—. ¡Él siempre vuelve! ¡Siempre te persigue!

Doy un paso al frente. Letal.

—¿Protegerme? —mi boca suelta veneno—. ¿Crees que necesito que me protejas? ¿Crees que soy una niña indefensa?

—No… yo solo… —balbucea.

Doy un paso al frente y él se encoge.

—Esto no es una competición —escupo—. Se trata de lealtad. Y tú la has roto.

Levanto la mano y se detiene al instante. Mi pistola ya está apuntándole a la cabeza. Un gesto pequeño y suficiente para silenciar a cualquiera.

—¿Cuándo? —pregunto, gélida—. ¿Cuándo decidiste que tu miedo valía más que mi confianza?

Sus ojos se enrojecen, tensa la mandíbula y traga saliva.

—La noche que os vi en cubierta… —admite—. La noche en que pensé que… que él todavía tenía un lugar en tu corazón. La noche que supe que nunca me elegirías si él seguía respirando.

Suelto una risa baja y amarga.

—Así que tu solución es traicionarme. Ironías de la vida… Has enfrentado monstruos, tempestades, enemigos que habrían matado por verme caer… y al final el que me clava el cuchillo eres tú.

Levanta la mano, temblando, tocando el arma como si eso pudiera detenerla. Yo no me muevo.

—Elara, yo te amo —confiesa, roto—. Siempre lo he hecho. Y todo lo que hago, incluso lo que hago mal, es por ti.

Cierro los ojos un instante. Cuando los abro, ya no hay lágrimas. Hay fuego. Me acerco hasta que el cañón del arma le toca la frente.

—No vuelvas a usar esas palabras —le susurro—. El amor no traiciona. El amor no vende. El amor no miente.

Sus rodillas flaquean. Él parece desmoronarse.

—Dime qué tengo que hacer para que me perdones —suplica—. Dime lo que sea y lo haré.

Me acerco hasta quedar a un suspiro de él. Puedo sentir su miedo. Y su esperanza. Ambas igual de inútiles. Sabe que estoy a un segundo de arrebatarle la vida, sabe que, Elara Grey, una vez que saca el arma es para usarla.

Comienza a temblar, los ojos se le llenan de lágrimas y de repente veo que está mojando los pantalones. Bien, justo esto es lo que quería conseguir.

—Los mapas —le digo, muy despacio— Devuélvemelos.

Palidece. Sabe que no es una amenaza. Es una sentencia.

Temblando, se lleva la mano a la espalda. Saca los mapas enrollados que lleva escondidos dentro del pantalón. Me los ofrece con las manos temblorosas.

Bajo el arma y se los arrebato sin mirarlo. Doy media vuelta para regresar a mi camarote.

—Elara… —dice detrás de mí, con una esperanza patética.

Me detengo en el primer escalón.

—Escúchame bien —digo sin girarme—. Tienes una sola oportunidad de vivir después de traicionarme.

Su respiración se acelera.

—No la desperdicies. — Sentencio. —Y Jareck…

Escucho como contiene la respiración. Esperanzado.

—La próxima vez que toques mis cosas... te mato.