Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Traición y Oscuridad

Elara

La niebla de la isla nos rodea como un manto húmedo y pegajoso. Se mete en los pulmones. En los pensamientos. Cada paso sobre la roca mojada suena hueco, como si camináramos sobre un cadáver demasiado grande para ser enterrado.

Avanzamos en formación. Mi tripulación detrás de mí, respirando el mismo aire denso que parece tragarse la luz. Adrian camina a mi lado, atento a cada sombra, a cada susurro que emerge del bosque negro. Sus dedos rozan la empuñadura de su espada, tensos…

Jareck va unos pasos detrás, pero puedo sentir su mirada clavada en nosotros como un cuchillo afilado. Su respiración es pesada… cargada de celos, miedo y ese orgullo que tantas veces lo ciega.

—Mi Capitana… —murmura Jareck, acercándose—. No confío en él. No debería estar aquí… —su voz tiembla apenas perceptible.

—Jareck… —respondo con frialdad—. ¿Confías en mí?

Asiente despacio.

—Pues eso es suficiente, guarda silencio.

Avanzamos. Adrian se inclina para mostrarme un paso seguro entre unas raíces traicioneras, cuando un crujido rompe la calma: Jareck tropieza y casi cae por una zanja. Adrian lo agarra a tiempo.

—¡Cuidado! —le grita—. Esto no es un juego, chico. Mira por dónde caminas.

—¡No me toques! —bufa Jareck, zafándose—. ¡Ya sé que no es un juego! ¡Y no me llames chico!

Me giro con rapidez y desenvaino la espada. La punta fría roza su mandíbula, haciéndolo tensarse.

—¡Basta, Jareck! —rujo—. Si continúas así, te juro por los dioses que dejarás de ser mi segundo al mando.

Traga saliva y levanta las manos en señal de derrota. La tensión no desaparece. El bosque se abre ante nosotros. Un claro rodeado de árboles retorcidos y agua estancada. En el centro, una piedra enorme cubierta de símbolos que brillan con un azul celeste. Paso mis dedos por las marcas.

—Esto es lo que el mapa señalaba —murmuro.

La piedra brilla con fuerza. El agua tiembla. De ella emerge una sombra enorme, humanoide, deformada, con ojos vacíos y garras alargadas.

—Guardianes… —susurra Jareck, pálido—. No podemos contra…

No lo dejo terminar. Desenvaino la espada.

—¡ATACAD! —ordeno—. No dejéis que el miedo os paralice.

La criatura se mueve con velocidad imposible. Adrian bloquea el primer golpe. Yo desvío otro con un giro preciso. Jareck se lanza… demasiado tarde. La sombra lo arrolla, arrastrándolo hacia el agua oscura.

—¡Jareck! —grito mientras corro a su lado—. ¡Reacciona, maldita sea! ¡Nos matarán a todos por tu culpa!

Adrian bloquea un golpe que habría partido a Jareck en dos.

—¡Defiéndete, joder! —le grita—. ¡O apártate!

Jareck se lanza tarde otra vez. La sombra lo embiste y lo arrastra hacia el agua negra.

—Si vuelves a perder el control —le dice Adrian con desprecio—, te dejaré atrás sin pensarlo, maldito despojo de muelle.

Jareck escupe barro y sangre.

—Tú no decides nada aquí.

—Él no —intervengo—. Pero yo sí.

Adrian lo levanta del lodazal.

—Deja de competir conmigo —le dice con voz grave—. Aquí no soy tu enemigo.

Jareck baja la cabeza, exhausto. Le pongo la mano en el hombro, aunque la rabia todavía arde bajo su piel.

—Escúchame bien, Jareck. —mi voz es baja y firme—. Esto es más importante que tu orgullo. Más importante que nosotros.

Cuando los guardianes desaparecen, la noche cae con rapidez sobrenatural. La niebla nos rodea como una cortina viva.

Adrian se acerca, agarrándome por la cintura y pegando su boca a mi oído.

—Sigues culpándome por todo lo que pasó… —susurra.

—Yo no culpo a nadie —respondo, rozando mi mejilla con la punta de los dedos—. Solo… sigo aprendiendo a sobrevivir.

Siento a Jareck observándonos desde la distancia. Su respiración es pesada.

—Esto es peligroso… —murmura Adrian contra mi pelo.

—Lo sé —respondo con un filo de oscuridad en la voz—. Pero lo peligroso es lo único que merece la pena.

El suelo vibra bajo nosotros. La isla ruge, como un monstruo despertando.

—Volvemos al barco —ordeno—. Ahora, mañana seguiremos.

Ambos asienten sin cuestionarme.

Cuando entro en mi camarote, el corazón se me congela. La mesa está revuelta. Los cofres abiertos. Y lo peor… los mapas que habíamos requisado del barco mercante han desaparecido.

—¿Qué demonios ha pasado aquí? —grito, llamando a toda la tripulación.

—¡Que nadie se mueva! —grito—. ¡Ni un puto paso!Interrogo a cada uno. Uno por uno. Nadie ha visto nada. Nadie ha escuchado nada.

—Capitana Grey… —Ray, mi hombre más veterano, se acerca con expresión tensa—. Le juro que hemos estado vigilando la puerta de su camarote todo el tiempo. Nadie puede entrar aquí excepto usted y…

No necesito oír el nombre. Solo hay una persona lo bastante estúpida y desesperada… para traicionarme creyendo que me protege.

Salgo del camarote a toda velocidad, echa una furia y con el corazón golpeando en mi pecho. La rabia me sube desde el estómago como el fuego.

Y esta vez, no voy a advertirle. Esta vez, voy a matarlo.