Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Fuego Bajo la Niebla

Elara

La bruma de esta mañana es más densa que nunca. Cada crujido del casco me recuerda que la isla está cerca… y que allí dentro no solo el mar está vivo.

Bajo al comedor para revisar los suministros antes del desembarco. El olor a madera húmeda y metal me recibe como siempre. Empujo la puerta… y en cuanto cruzo el umbral, esta se cierra de golpe a mi espalda.

No me sobresalto. Jareck está allí. De pie, bloqueando la salida con los brazos cruzados. La mandíbula tensa. Pero en sus ojos no hay ni miedo ni respeto.

—Tenemos que hablar —dice finalmente, con la voz grave.

Dejo los guantes sobre la mesa, suelto un suspiro y me llevo dos dedos al puente de la nariz. No tengo ni tiempo ni ganas para una de sus escenitas…

—Habla —ordeno sin levantar la voz.

Jareck no se mueve.

—Es Adrian —dice sin rodeos—. Desde que ha puesto un pie en este barco… algo ha cambiado en ti.

Alzo la mirada con calma.

—Cuidado con lo que insinúas —le advierto.

Jareck avanza un paso.

—No insinúo nada —replica—. Lo veo.

Señala vagamente la cubierta por encima de nosotros.

—Paseos nocturnos. Miradas. Y ahora rumores.

Sus ojos se clavan en los míos.

—Los hombres hablan, Elara. Y cuando hablan… empiezan a dudar.

Eso sí capta mi atención.

—¿Dudan de mí? —pregunto en voz baja.

—Dudan de lo que harías por él —responde—. Y yo también.

Levanto una ceja lentamente.

—¿Celoso, contramaestre? —pregunto con una media sonrisa—. Pensé que solo te importaba este barco.

Jareck pierde la compostura.

—¡Por todos los diablos, el barco no es lo único que me importa! —estalla.

Da otro paso hacia mí.

—¡Tú… tú…! No quiero que él te...

Me acerco lentamente. No para intimidarlo sino para obligarlo a sostenerme la mirada.

—¿Desde cuándo te permites cuestionar mis decisiones? —pregunto con frialdad.

Jareck aprieta los dientes.

—Desde que empiezo a pensar que ya no soy suficiente —escupe finalmente.

Su voz baja.

—Desde que traes a bordo a alguien que te mira como si le pertenecieras.

Sonrío.

—¿Y tú cómo me miras, Jareck? —pregunto inclinando ligeramente la cabeza.

Vacila un segundo. Solo uno.

—Como algo que debo proteger —responde.

Niego lentamente.

—No —lo corrijo—. Tú sí que me miras como algo que te pertenece.

El silencio se vuelve pesado. Jareck aprieta los puños.

—No me gusta cómo te afecta —dice finalmente—. No me gusta que se acerque.

Hace una pausa.

—No me gusta que crea que puede tocar lo que es mío.

La palabra “mío” resuena en mi cabeza como veneno.

—Repite eso —digo en voz baja.

Jareck mantiene la mirada.

—Sabes a qué me refiero —insiste—. He estado aquí cuando nadie más lo estaba.

Su voz se vuelve áspera.

—He sangrado por ti. He...

Me acerco de golpe y apoyo un dedo sobre sus labios. Se queda inmóvil.

—Shhhh, Jareck… —susurro—. Mi querido Jareck.

Deslizo la mano por sus rizos castaños, después lo sujeto por la nuca, acerco mi boca a la suya y con la mano que me queda libre le agarro la entrepierna. Deja escapar un gemido ahogado y su mirada ámbar se clava en la mía.

—Escúchame bien —le susurro contra sus labios—. Hace mucho tiempo me prometí no recibir órdenes de ningún hombre.

Lo miro fijamente.

—Que follemos de vez en cuando no te da derecho a decirme qué debo o no debo hacer.

Jareck aprieta la mandíbula.

—Tú y yo hemos compartido cosas —dice entre dientes—. No puedes fingir que no significan nada.

—Nunca he fingido nada —replico—. Pero tampoco te prometí nada.

—Me prometiste que no permitirías que nadie volviera a utilizarte —gruñe—. Y ahora lo dejas entrar como si...—

Aumento el agarre. Tan fuerte que tuvo que callar.

—No vuelvas a hablar de mí como si no supiera lo que hago —susurro—. Ni como si tuvieras autoridad sobre mis decisiones.

Sus ojos brillan. De frustración. De miedo.

—¿Y si él te destruye? —pregunta finalmente—. ¿Y si te arrastra a lo que seas ahora… pero sin retorno?

—Jareck —digo con voz afilada—. Has sido leal. Útil. Importante.

Me quedo mirándolo por un segundo.

—Pero no confundas cercanía con poder. Ni historia con posesión.

Traga saliva.

—No vuelvas a cerrarme una puerta —continúo—. No vuelvas a cuestionar mis alianzas.

Aprieto un poco más.

—Y no vuelvas a pronunciar mi nombre como si te perteneciera.

Hago una pausa.

—¿He sido clara?

Jareck asiente lentamente.

—Sí… mi capitana.

Frunce más el ceño, está temblando. No aflojo el agarre y su rostro empieza a ponerse rojo. Finalmente lo suelto. Él retrocede dos pasos, respirando con dificultad.

La puerta se abre de nuevo. Adrian aparece en el umbral, observando la escena con una calma peligrosa. Sus ojos van de Jareck a mí una y otra vez.

—Parece que interrumpo algo —dice con frialdad.

—No —respondo sin apartar la mirada de mi contramaestre—. Justo llegas a tiempo para ver cómo se ponen los límites.

Me giro hacia ambos.

—Mañana desembarcamos —anuncio—. Y allí no quiero celos. Ni impulsos. Ni errores.

Miro hacia la niebla que rodea el barco.

—La isla se alimenta de conflictos mal cerrados.

Doy un paso atrás, reclamando el centro de la habitación.

—Y os advierto una cosa —añado—: si alguno de vosotros cree tener derecho a cuestionar mis decisiones…

Mi voz se vuelve fría como el acero.

—... que dé un paso al frente ahora mismo y lo diga en voz alta. Porque juro por el fondo de este océano que, cuando termine con él, el mar será más misericordioso que yo.

Al amanecer, la isla surge de la niebla como un monstruo dormido. Rocas negras afiladas asoman del mar y los árboles retorcidos parecen garras elevándose hacia el cielo.

Nada más cruzar la línea de árboles, el aire cambia. Huele a hierro viejo y a humedad estancada. El sonido del mar desaparece por completo, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible tras nosotros. Eso me inquieta más que cualquier rugido.

Avanzamos en silencio. Adrian camina a mi izquierda, atento, tenso, con la espada baja, pero lista. Jareck va detrás. No necesito mirarlo para saber que su atención no está puesta en nuestro cometido. Está en mí. Siento su mirada clavada en la nuca como un cuchillo.

—Mantén la distancia —le digo sin girarme.

—Siempre la mantengo —responde con frialdad—. Eres tú la que ya no sabe por dónde pisa.

Me detengo.

El bosque parece inclinarse hacia nosotros. Las sombras se estiran, alargadas y deformes. Adrian da un paso al frente, instintivo.

—Jareck —advierte.

Levanto la mano para hacerlo callar. Me giro despacio hasta quedar frente a mi contramaestre. Sus ojos no son los mismos de siempre. No hay respeto, tampoco deseo. Veo algo peor: posesión.

—Vuelve a hablarme así —digo en voz baja— y te corto la lengua.

Sonríe, y no es una sonrisa nerviosa. Es una sonrisa torcida, y confiada.

—¿Ves? —murmura—. Esa es la Elara que conozco.

Hace una pausa.

—La que el mar no pudo romper… pero que un hombre sí podrá.

El aire se vuelve helado.

—Cuidado con lo que dices —gruñe Adrian, avanzando un paso.

Jareck ni siquiera lo mira.

—No te metas —dice—. Esto no es cosa tuya.

—Todo lo que la ponga en peligro es cosa mía —responde Adrian.

Jareck ríe en voz baja sin una pizca de humor.

—¿Peligro? —dice mirándome de arriba abajo—. Yo he visto en qué te conviertes cuando nadie más mira.

Da un paso hacia mí.

—He limpiado tu sangre del suelo. He mentido por ti. He matado por ti.

Su voz se vuelve más oscura.

—No me hables de peligro.

Siento cómo la isla late bajo mis pies. Un latido lento.

—No confundas lealtad con derecho —le respondo—. Nunca te pertenecí.

Mis ojos no se apartan de los suyos.

—Yo no pertenezco a nadie.

Sus ojos se oscurecen aún más.

—Eso dices ahora… —susurra—. Pero este hombre… que dice ser capitán de la Coro...

Adrian alza la espada.

—Esto se acaba aquí —dice—. Elara, ordénalo.

Algo se mueve entre los árboles. No lo vemos directamente, pero las sombras reaccionan. Como si escucharan su voz.

—Jareck. Retrocede. Ahora.

Por un segundo creo que no obedecerá.

Ese segundo es eterno. Finalmente da un paso atrás. Luego otro. Pero no aparta la mirada de mí.

—Ten cuidado —dice Jareck—. La isla saca a la superficie lo que uno esconde. Y tú escondes demasiadas cosas.

Me giro antes de que pueda responderle.

—Seguimos —ordeno.

Comienzo a avanzar de nuevo entre los árboles.

—Y que nadie vuelva a olvidar quién manda aquí.

Los tres seguimos caminando. Pero lo sé. La isla lo sabe. Y Jareck también. Esto ya no es solo una expedición. Es una caza. Y no todos somos cazadores...