Capítulo 5
Dudas en alta mar
Adrian
Me quedo mirando cómo Elara se aleja hacia su camarote unos segundos más de lo necesario, intentando convencerme de que lo que la he visto hacer era imposible.
Pero lo ha hecho.
Elara había alzado su espada… y el mar había obedecido. Y mis hombres habían pagado el precio.
La imagen no deja de repetirse en mi cabeza. La hoja elevándose contra el cielo gris, el viento deteniéndose por un instante, como si el mundo entero aguardara algo. Después el agua había empezado a moverse.
Las olas se alzaron alrededor de mis barcos como murallas vivas. Recuerdo ver los mástiles inclinarse, las velas tensarse hasta rasgarse, las cubiertas desaparecer bajo toneladas de agua. Recuerdo los gritos de mis hombres, el crujido de la madera partiéndose, el caos extendiéndose de proa a popa.
Y Elara… Elara permanecía de pie. Inmóvil. Como si todo aquello fuera tan natural como respirar.
Apoyo las manos en la borda y miro el mar que ahora está tranquilo. Demasiado tranquilo. La superficie se balancea suavemente, casi con inocencia, como si hace unos minutos no hubiera tragado una flota entera.
Mi flota.
Aprieto la mandíbula hasta que me duele.
He perdido barcos antes. Hombres también. Eso es parte del mar. Parte de la guerra. Pero esto… esto no fue una tormenta ni una batalla.
Vuelvo la vista hacia las escaleras por donde se ha marchado.
Y por primera vez desde que la conozco, no sé si debería temer más al océano… o a la mujer que acaba de demostrar que puede hacerlo obedecer.
—Por todos los abismos… —escupe una voz áspera a mi espalda—. Dime que estoy soñando.
Me giro lentamente.
Jareck, el contramaestre, limpia su hacha contra la madera, con el ceño fruncido y los ojos brillantes de furia. Es un hombre curtido, joven y a la misma vez viejo como la sal, y nada lo asusta fácilmente.
Hasta ahora.
—Mantén a los hombres ocupados —le digo con tono firme—. Revisad daños y asegurad cubierta.
Jareck suelta una carcajada áspera.
—¿Ahora das tú las órdenes y no me he enterado? —pregunta, apoyando el hacha sobre el hombro.
Clavo la mirada en él.
—No es una orden —le respondo con frialdad—. Es un consejo.
Jareck se acerca un paso.
—No —replica con voz baja—. Lo que es, es tu especialidad. Ocupar el espacio de otro y hacerle sombra.
Hace una pausa.
—Siempre se te dio bien eso, Adrian.
Algunos marineros reducen el ritmo de trabajo, fingiendo no escuchar, pero atentos a cada palabra.
—Ahora no, Jareck —le advierto en voz baja.
—No, ahora sí —gruñe él—. Porque mis hombres creen que estamos navegando con un traidor…
Sus ojos se endurecen.
—…o algo peor.
Mi mandíbula se tensa.
—Este “traidor” os acaba de salvar el pellejo —le recuerdo, señalando los cuerpos de las criaturas esparcidos por la cubierta.
—¿Y mañana? —espeta Jareck—. ¿Qué pasará cuando decidas que ella ya no te sirve?
Da otro paso.
—¿O cuando ella decida que tú tampoco?
Doy un paso hacia él, quedando a escasos centímetros. Me acerco hasta quedar a escasos centímetros de él.
—Mide tus palabras, maldita rata de sentina —le digo entre dientes.
Jareck no retrocede.
—Las mido perfectamente —responde con calma peligrosa—. Soy el contramaestre.
Señala la cubierta manchada de sangre y agua salada.
—Si la tripulación entra en pánico, es mi problema.
Sus ojos vuelven a clavarse en los míos.
—Y te digo ahora mismo que esto… no es algo que los hombres vayan a olvidar.
Inspiro hondo.
Tiene razón, y eso me irrita más que su tono. Todos han visto lo que Elara ha hecho y eso es algo que no puedo hacer que olviden.
—Reducid velas —ordeno alzando la voz para toda la cubierta—. Quiero turnos dobles de vigilancia.
Los marineros levantan la cabeza.
—Nadie duerme esta noche.
Jareck cruza los brazos.
—¿Y ella? —pregunta con una sonrisa torcida—. ¿También está bajo tus órdenes?
Un silencio incómodo cae sobre la cubierta.
—Elara es la capitana —respondo con frialdad—. Y mientras estemos en este barco, sus órdenes están por encima de las tuyas.
Hago una pausa.
—Y de las mías.
Jareck aprieta los dientes.
—Antes no habrías seguido a alguien así —dice finalmente.
Lo miro de frente.
—Antes no estábamos frente a eso —respondo señalando el horizonte.
Giro la cabeza hacia el horizonte. La isla comenzaba a perfilarse entre la niebla: una masa oscura, inmóvil, como si no flotara sobre el agua, sino que se hundiera.
—Nos dirigimos a una tumba —murmura Jareck tras unos segundos.
—No —susurro en voz baja.
La sensación helada vuelve a recorrerme el pecho.
—Nos dirigimos a algo peor. — pienso.
El contramaestre me sostiene la mirada unos segundos más, buscando algo con lo que llevarme la contraria.
—Haré que los hombres obedezcan —dice finalmente—. Pero cuando esto salga mal, no digas que no te lo advertí.
—Si sale mal —lo corrijo— necesitaremos a cada hombre firme en su puesto.
Me inclino ligeramente hacia él.
—Y si empiezas a sembrar dudas, haré que Elara te baje del mando. — añado.
Sus ojos se endurecen, pero finalmente asiente.
—Como ordenes, Capitán Thorne. — dice en tono de burla. Pero él sabe la influencia que tengo en ella.
Se aleja dando órdenes secas, y la tripulación vuelve al trabajo, aunque el miedo sigue flotando como la niebla.
La silueta de la isla comienza a perfilarse en el horizonte.
Nos dirigimos a una tumba, había dicho antes. Ahora sabía que se había quedado corto.
Camino entre los cuerpos de las criaturas caídas. De cerca son aún peores. La piel cuarteada como roca salina, los dedos alargados en ángulos imposibles y restos de algas incrustadas en la carne. Alguna vez habían sido humanos.
Mis pasos me llevan, casi sin darme cuenta, hasta la puerta del camarote de Elara. Me detengo frente a ella, con el puño levantado… pero no llamo a la puerta.
¿Qué demonios voy a decirle? ¿Que he pasado años buscándola entre puertos y rumores?
¿Que su desaparición me rompió más de lo que cualquier traición podría haberlo hecho?
¿Que verla ahora, dominando el mar como si fuera una extensión de su voluntad, me hacía sentir pequeño… y peligrosamente atraído otra vez?
Respiro hondo y bajo la mano. No es el momento. Porque si hablaba con ella ahora, no le pediría explicaciones. Le pediría que no me dejara atrás otra vez.
Regreso a cubierta justo cuando la niebla se cierra un poco más alrededor del barco. El mar vuelve a su vaivén antinatural, lento y expectante. La Dama Negra avanza, pero la sensación era clara: No somos nosotros quienes nos acercábamos a la isla.
Desde que puse un pie en este barco, una certeza me golpea con la fuerza de una ola helada, si Elara está destinada a conquistar esa isla, yo tendré que decidir si estoy dispuesto a perderla otra vez… o a condenarme con ella.