Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

El Latido de la Isla Muerta

Elara

El mar lleva horas comportándose de una forma extraña. No hay olas… sólo un vaivén lento. La Dama Negra avanza en un silencio inquietante, cortando las aguas tan quietas que parecen un espejo negro.

Observo el horizonte desde la ventana. El mapa antiguo reposa sobre mi mesa de navegación, pero por un momento no necesito mirarlo. Siento la dirección en la piel, como un tirón invisible, como si un llamado hubiera despertado algo dentro de mí.

Escucho pasos firmes a mi espalda.

—No deberías estar sola aquí arriba —dice Adrian mientras se detiene a mi lado, mirando también el horizonte.

—No estoy sola —respondo sin apartar la vista del mar—. El mar nunca me deja sola.

Adrian ladea la cabeza, observándome con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

—Pensé que había dejado claro que debías estar atado —añado con frialdad, cruzando los brazos.

—Y yo pensé que tu tripulación sabía hacer mejor los nudos —replica él encogiéndose ligeramente de hombros.

Me giro bruscamente hacia él.

—¿Quién te ha soltado? —pregunto clavándole la mirada.

—Nadie —contesta Adrian con calma.

—Dudo que haya sido el mar quien desató tus cuerdas —digo con sarcasmo, señalando sus muñecas.

Adrian baja la mirada hacia las marcas rojas.

—Digamos que no estaban hechas para retenerme —responde con una pequeña sonrisa.

Aprieto la mandíbula.

—La próxima vez usaré cadenas —le advierto.

—La próxima vez no me dejaré atrapar —dice él, sosteniéndome la mirada.

Doy un paso hacia él.

—No te atrapé por accidente —le digo en voz baja.

Adrian arquea una ceja.

—Ah, ¿no? —pregunta con interés.

—Te dejé subir a mi barco —explico lentamente—. Quiero saber qué estás buscando.

El silencio cae entre nosotros.

—¿Y ya lo sabes? —pregunta él con voz más seria.

No respondo. En su lugar, me acerco a el mapa que tengo sobre la mesa. La luz de la luna cae sobre el pergamino.

Adrian se queda completamente inmóvil.

—Eso… —murmura inclinándose ligeramente hacia el mapa—. Así que lo encontraste.

—No me cambies de tema —le digo apoyando las manos sobre la mesa.

Levanto la mirada hacia él.

—¿Por qué sabías que lo tenía? — pregunto entrecerrando los ojos.

Adrian tarda un momento en responder.

—Porque llevo semanas siguiendo rumores —dice finalmente.

—Los rumores no te traen hasta mi cubierta por casualidad —replico frunciendo el ceño.

—No —admite él—. Pero ese mapa sí.

—Explícate —le ordeno.

Adrian observa el pergamino como si fuera algo vivo.

—¿Sabes qué pasa cada vez que uno de esos aparece? —pregunta en voz baja.

—Ilumíname —respondo apoyándome en la mesa.

—Que el mar cambia —dice él lentamente.

—El mar siempre cambia Adrian—replico.

Niega con la cabeza.

—Pero no así —murmura señalando el pergamino.

Levanta la mirada hacia mí.

—Barcos que desaparecen. Corrientes que no deberían existir. Islas que aparecen donde nunca han estado.

Siento un escalofrío, pero no lo demuestro.

—Supersticiones —digo encogiéndome de hombros.

Adrian golpea suavemente el mapa con un dedo.

—Eso no es un mapa, Elara —dice con firmeza.

— ¿Y qué es? según tú—pregunto, observándolo con atención.

Su voz baja casi a un susurro.

—Una llamada.

El silencio se instala entre nosotros. El pergamino tiembla ligeramente entre mis dedos, y Adrian lo nota.

—¿Lo sientes? —pregunta inclinándose un poco hacia mí.

—¿Sentir qué? —pregunto sin mirarlo.

Adrian alarga la mano hacia el mapa.

—Dámelo.

Antes de que pueda tocarlo, aparto el pergamino y le agarro la muñeca con fuerza.

—Ni se te ocurra.

Su mirada se endurece.

—Elara…

Aprieto más los dedos hasta que noto cómo sus músculos se tensan.

—Este es mi barco —le digo en voz baja—. Y todo lo que llevo en las manos también es mío.

Intenta liberarse, pero no lo suelto.

—No sabes a lo que te estás enfrentando —murmura.

—Y tú sí, ¿verdad?

Lo empujo hacia atrás con brusquedad. Adrian da un paso atrás, sorprendido.

—Vuelve a intentar tocarlo —añado— y juro por el océano que te tiro por la borda.

Durante un segundo ninguno de los dos habla. El viento sacude las velas sobre nuestras cabezas.

—No vine a quitarte nada, Elara —dice mirando la oscuridad del mar—. Vine a entender qué demonios estás siguiendo.

Me acerco al ventanal. La superficie del océano parece observarnos. Adrian se aparta y se apoya en la pared.

—Creo que la isla no es sólo un lugar —susurro.

—¿Entonces qué crees que es? —insiste Adrian.

Trago saliva.

—No puedo decírtelo —admito—. Porque ni yo misma sé lo que es… pero lo siento. Es como si el mar tirara de mí. Como una corriente invisible empujando el barco siempre en la misma dirección.

Aprieto el pergamino entre los dedos.

—A veces siento que no somos nosotros quienes la buscamos —murmuro.

Adrian me mira con atención.

—No hablas como la Elara que conocía —dice.

—La Elara que conociste aún creía que podía huir de lo que era —respondo.

—¿Y ahora? —pregunta él acercándose un paso.

Sonrío sin humor.

—Ahora sé que el mar no te deja escapar —digo mirándolo a los ojos—. Solo te espera… y te devuelve lo que pierdes.

El viento agita mi cabello entre nosotros.

—Siempre hablaste así —dice Adrian con una sonrisa—. Como si el océano fuera una persona.

Giro lentamente la cabeza hacia él.

—Tal vez lo sea —respondo.

El silencio se vuelve denso. Demasiados recuerdos flotan entre nosotros.

—Cuando desapareciste —dice Adrian finalmente— pensé que habías muerto.

—Y aun así me seguiste buscando —respondo observándolo con calma.

—No lo hiciste por deber. — añado.

Adrian aprieta la mandíbula.

—Te fuiste sin despedirte —dice.

—Si lo hubiera hecho —le respondo con voz apagada— me habrías seguido.

Sus ojos azules se oscurecen.

—Nunca confiaste en mí —murmura.

—Te confié mi espalda en batalla —replico con voz ronca—. Mi vida.

Hago una pausa.

—Y me traicionaste.

En ese momento algo golpea el casco.

La superficie del océano se abre con un crujido profundo, no es una ola y tampoco es un remolino, parece un agujero de oscuridad líquida.

—¡Capitana! —grita el vigía—. ¡Algo se mueve bajo nosotros!

Y entonces emergieron.

Criaturas de piel grisácea, ojos blancos y bocas llenas de colmillos afilados como cristales rotos. Tenían cuerpos humanos deformados, moldeados por el mar a la fuerza. Escalaron las bordas con garras que chirriaban sobre la madera.

—¡A las armas! —ordeno, desenfundando mi espada.

Los monstruos se abalanzan con chillidos guturales. Mi tripulación reacciona con terror, pero Adrian se coloca instintivamente a mi lado, cubriendo mi cuerpo como si hubiéramos peleado juntos toda la vida.

—¿Qué demonios son esas cosas?! —grita mientras hunde su sable en una de ellas.

—Guardianes del mar —respondo, girando con un movimiento perfecto y cortando dos criaturas en un solo gesto—. Creo que la isla no quiere que lleguemos.

—¿Y tú SIGUES queriendo llegar?

—Más que nunca. — digo lanzándole una sonrisa descarada.

Una criatura salta sobre mí con las garras extendidas. Antes de que pueda alcanzarme, Adrian me sujeta por la cintura y me aparta con brusquedad. La bestia cae al vacío, gritando.

Lo miro, irritada por el contacto… y por lo que despertó en mi pecho.

—No necesito que me salven.

—No he venido a salvarte —replica, respirando con fuerza—. Pero no pienso dejar que el mar te reclame todavía.

Nuestros ojos arden por un instante. Veo una chispa viva en medio de la oscuridad.

Pero no había tiempo.

Más criaturas trepan por los costados del barco, arrastrando sogas y madera. La batalla se vuelve feroz. Garras chocan contra metal, gruñidos llenan el aire y la cubierta se tiñe de escamas y sangre.

Alzo mi espada hacia el cielo.

—¡Dama Negra, mostrad vuestra furia!

Y como si el barco me obedeciera, una ola gigantesca se alza detrás de nosotros, iluminada por un relámpago azul eléctrico. Se desploma sobre las criaturas, arrastrándolas al mar en un rugido atronador.

Siento cómo el mar responde bajo mis dedos, vivo y tembloroso. La flota de la armada aparece en el horizonte, confiando en recuperar a su capitán, sin sospechar lo que se avecina. Mi respiración se acelera; no hay vuelta atrás.

Levanto los brazos y dejo que la furia de las aguas me atraviese. Las olas crecen, se alzan como monstruos de espuma, y el viento se une a mi voluntad. Cada barco se tambalea, cada mástil cruje bajo la fuerza que desato. Siento el rugido del océano y la presión del agua que los engulle.

Veo cómo las cubiertas se llenan de espuma, cómo los hombres luchan contra lo inevitable. Uno tras otro, los barcos se hunden, tragados por la marea que yo he comandado. No es un acto de odio, sino de justicia. La fuerza del mar fluye a través de mí, y yo soy su instrumento.

Miro las olas calmarse finalmente y siento un escalofrío. La armada ya no existe, los monstruos tampoco, y el silencio que queda es mío y del océano. Todo el poder que he liberado me deja exhausta, y al mismo tiempo… indescriptiblemente viva.

La cubierta tiembla. Mi tripulación jadea. Adrian apoya una mano en la barandilla, empapado. Me mira como si me viera por primera vez.

—Eso que acabas de hacer… —dice con incredulidad— no es normal.

Traga saliva con dificultad.

—¿Cómo lo has hecho? — añade.

Me acerco lentamente a él. Muy cerca. Lo suficiente para que sienta mi respiración contra su cuello.

—Nunca dije que fuera una mujer normal —susurro junto a su oído—, Capitán de ruinas.

Adrian se queda quieto y traga saliva sin apartar la mirada.

—Lo que pasó entre nosotros… —murmura— no fue como piensas.

Paso junto a él sin rozarlo siquiera.

—Todo cambia cuando se ve lo que hay bajo la piel, Adrian —digo sin mirarlo.

Bajo las escaleras hacia mi camarote.

—¿A dónde vas? —pregunta él desde la cubierta.

—A prepararme —respondo.

—¿Para qué? —insiste.

Me detengo en el último escalón y me giro despacio.

—Para conquistar una isla.

El barco queda en silencio. Y en el horizonte, muy lejos, una silueta oscura comienza a asomar desde la niebla. La isla maldita había despertado.