Capítulo 3
La sangre que recuerda
Adrian
La Dama Negra huele a sal, a madera vieja y a rencor acumulado.
Camino detrás de Elara mientras su tripulación se abre a su paso con recelo. Nadie relaja el cuerpo. Ni apartan las manos del arma. Saben quién soy.
Han pasado muchos años, pero sigue siendo una mujer preciosa, impactante y llena de presencia.
El tiempo ha suavizado alguno de sus rasgos y ha acentuado otros.
Su rostro conserva esa armonía que siempre atraía miradas, pómulos marcados, labios carnosos que parecen guardar demasiados secretos y esos ojos que observan con una calma como si ya lo hubieran visto todo y no necesitaran demostrar nada.
Su melena negra se agita a cada paso que da, y no puedo evitar echarle un ojo al vaivén lento y provocador de sus caderas cuando camina.
Abre la puerta de la cabina de mando y entro detrás de ella sin preguntar.
—No recuerdo haberte invitado a mis dominios —dice sin mirarme—. Siempre has tenido la mala costumbre de aparecer donde no se te quiere.
—Nunca te gustaron las visitas inesperadas —espeto—. Aunque solías agradecer que alguien te siguiera cuando corrías directa hacia el desastre.
Se detiene en seco.
El impacto es brutal. Me estampa contra el mamparo con el antebrazo sacándome todo el aire del pecho. El frío del acero aparece bajo mi barbilla antes de que pueda reaccionar.
—No te atrevas a fingir que te importaba —escupe—. Me quisiste entregar como si fuera mercancía.
—Te salvé de una ejecución inmediata. —replico, forzando la voz para mantenerme firme.
—Me condenaste a algo peor que la muerte.
Sus ojos color esmeralda arden de rabia. No retrocedo. No puedo.
—Siempre fuiste así —continúo—. Siempre dispuesta a cargar con todo sola… incluso cuando no sabes contra qué estás luchando.
La presión de la hoja aumenta. Siento cómo la piel está a punto de ceder.
—No sabes nada de mí —dice en voz baja y peligrosa—. Nunca lo supiste.
—Sé que desde que reapareciste —respondo— las rutas del este se han vuelto inestables. Barcos que no llegan. Cartas que desaparecen. Informes que no cuadran.
Ella duda por un segundo.
—Cierra la maldita boca —ordena—. No empieces a inventar historias para justificar lo que hiciste.
—No estoy justificando nada —respondo con dureza—. Estoy diciendo que no estás en medio de todo esto por casualidad, y lo sabes.
Me suelta de golpe, como si tocarme le resultara repulsivo. Da un paso atrás, conteniendo sus ganas de volver a golpearme.
—Tienes un minuto para convencerme de que no te arroje por la borda —dice con calma.
Su voz es tranquila, casi aburrida.
Sonrío un poco.
—Un minuto es más de lo que esperaba —respondo.
—Empieza a hablar —ordena.
Miro a mi alrededor, su tripulación nos está observando. Luego vuelvo a mirarla.
—Buscas una isla —digo.
Algunos de sus hombres murmuran. Ella no reacciona.
—Hay miles de islas —responde ella con frialdad.
—No como esa —replico.
—¿Y qué tiene de especial esa? —pregunta.
Me inclino un poco hacia ella.
—Que aparece en tu mapa —digo con tranquilidad.
El silencio cae sobre nosotros.
Ahora sí he captado su atención. Me observa con los ojos entrecerrados.
—¿Qué mapa? —pregunta despacio. — no sé de qué me estás hablando.
Sonrío.
—El que escondes en tu camarote —respondo—. El que no has dejado ver a nadie desde que lo encontraste.
Uno de sus hombres suelta una maldición por lo bajo. Ella no aparta la mirada, ahora puedo ver la preocupación en sus ojos.
—Estás jugando con fuego capitán —dice.
—No —respondo—. Estoy intentando evitar que me mates antes de que termine de hablar.
—Te escucho —dice.
Respiro hondo.
—Ese mapa no es un mapa normal —explico.
—Qué revelación —responde ella con sarcasmo.
—No muestra una isla —añado.
Sus ojos se clavan en los míos.
—Entonces ¿qué muestra? —pregunta.
—Un camino —digo.
Elara inclina ligeramente la cabeza.
—¿Un camino hacia qué? —insiste.
La observo durante un segundo.
—Hacia algo que lleva siglos esperando —respondo finalmente.
Un murmullo inquieto recorre la tripulación. Ella no parece impresionada.
—Sigues sin decirme cómo sabes lo del mapa —señala.
Ahí está la pregunta que esperaba.
—Porque lo he visto antes —digo.
—Eso es imposible —replica de inmediato.
—No lo es —respondo con calma.
Elara da un paso hacia mí. Ahora estamos tan cerca que puedo oler la sal en su piel.
—Escucha bien, Adrian —dice en voz baja—. Ese mapa lo encontré yo.
—Lo sé —respondo.
—Nadie más lo ha visto —añade.
—Lo sé —repito.
Sus ojos se estrechan con desconfianza.
—Entonces ... —dice.
La punta de su cuchillo vuelve a tocar mi garganta.
—¿Cómo sabes lo del mapa? —pregunta finalmente.
La miro directamente a los ojos sin parpadear.
—Porque llevo años buscándote —respondo.
El viento se levanta de repente, haciendo crujir las velas. Durante unos segundos nadie dice nada.
Finalmente, Elara vuelve a hablar.
—Eso no responde a mi pregunta —dice con frialdad.
—Sí lo hace —respondo.
—No —replica ella.
—Significa que sabía que lo encontrarías —explico.
Ella suelta una risa corta.
—¿Y ahora qué? —pregunta—. ¿Vas a decirme que también sabes dónde está la isla?
No sonrío esta vez.
—Sí —respondo.
Eso sí la hace reaccionar. No mucho. Solo un pequeño cambio en su respiración. Pero lo veo.
—Mientes —dice.
—Entonces tírame al mar —respondo encogiéndome de hombros.
Los hombres a su alrededor se tensan, esperando la orden. Elara no se mueve.
—Si mientes —dice lentamente— te mataré.
—Probablemente —admito.
—Si dices la verdad… —continúa ella.
—Entonces soy el único hombre en este océano que puede llevarte hasta esa isla —termino.
El cuchillo desaparece de mi garganta. Elara lo guarda en su cinturón con un movimiento rápido. Me observa cómo se observa a un enemigo al que todavía no ha decidido ejecutar.
—Te quedarás en mi barco —ordena—. Vigilado. Sin armas. Sin guardias.
—¿Y si intento marcharme?
Elara suelta una risa breve, sin humor, y da un paso hacia mí.
—Si pones un pie fuera de este barco, no llegarás vivo a la siguiente marea. No porque yo te persiga, sino porque el mar entero te querrá muerto. Un bastardo de la Armada paseándose por mi cubierta seguro que ya ha corrido de boca en boca.
Me empuja con dos dedos contra el mamparo, lo justo para dejar claro que podía hacer mucho más.
—Si te dejo ir, dirán que he negociado con la Corona. Que me he vendido. Y entonces vendrán a cobrarse el precio conmigo y con los míos.
Se inclina hacia mi rostro hasta que pude oler la sal en su aliento.
—Así que te quedas. Desarmado. Vigilado. A mi alcance. Porque si alguien va a decidir cuándo mueres… voy a ser yo.
Se gira hacia sus hombres.
—Atadlo —ordena.
Dos de sus hombres me agarran por los brazos.
—Encerradlo en la bodega —dice uno de ellos.
—No —dice Elara.
Todos la miran. Ella también me mira a mí. Sus ojos verdes están llenos de desconfianza. Y de algo más.
Interés.
—Lo quiero vivo —dice finalmente.
Jareck frunce el ceño.
—Capitana, este tipo es un mentiroso —protesta.
—Puede —responde ella.
Elara se acerca un paso más.
—Pero sabe algo del mapa —añade.
Me observa durante un segundo.
—Y hasta que me diga qué es… no va a ir a ninguna parte —concluye.
Sonrío.
Elara se gira para marcharse.
—Encerradlo —ordena por encima del hombro.
Sus hombres empiezan a empujarme hacia las escaleras.
Veo cómo mis hombres me miran esperando una señal. Sus rostros están tensos, atentos a cada uno de mis movimientos, pero no la doy. Mantengo la mirada baja y eso basta para que lo entiendan. Nadie se mueve. Nadie habla. Ellos saben que no quiero que actúen.
Mientras me conducen hacia la bodega y siento cómo el mar bajo el casco late con una cadencia lenta y amenazante.
Antes de desaparecer bajo cubierta, vuelvo a mirarla.
Porque, por primera vez en años, estar cerca de ella era exactamente donde necesitaba estar. Porque, pese a todo, quedarme era mejor que huir otra vez.
La Isla de Sangre está despertando y Elara aún no sabe cuánto está dispuesta a reclamarle.