Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

El Murmullo Bajo las Olas

Elara

La primera luz del amanecer tiñe el cielo de un naranja mortecino.

Cuando La Dama Negra se despega del mercante capturado y siento cómo las velas negras se despliegan sobre mi cabeza.

Mi tripulación se mueve con esa obediencia silenciosa que he sabido inculcarles .

.. pero esta vez, el ambiente es distinto.

Bajo a mi camarote, entorno la puerta y desenrollo el pergamino sobre mi mesa. La tinta vieja dibuja la silueta de la isla maldita de las leyendas que contaban los marineros más ancianos: la Isla de sangre.

Paso los dedos por encima del desgastado papel. La tinta está fría... pero al rozarla siento por un instante un pequeño latido en las yemas de mis dedos.

— Esa isla no existe... — murmura Jareck desde la puerta, entrando sin permiso.

Levanto la mirada lentamente. Él sabe al instante que ha cometido un error.

—No entres en mis aposentos sin mi permiso —digo con una calma helada—. Te lo he dicho mil veces.

Jareck aprieta los labios y da un paso atrás.

—Mi Capitana… —traga saliva—. La Isla de Sangre es una leyenda. Una historia que se cuenta en los puertos para asustar a los grumetes.

—Las mejores verdades empiezan así —respondo sin apartar la vista del mapa.

Jareck duda un instante… y luego habla. Su voz era más baja, casi reverente.

—Dicen que la isla no siempre estuvo allí. Que emergió tras una gran matanza, cuando una flota entera desapareció en una sola noche. El mar se volvió rojo durante días… y cuando la sangre se disipó, la isla volvió a nacer.

—Continúa — digo levantando una ceja.

—Los viejos marineros dicen que la isla bebe la sangre de quienes pisan su costa. Que cada muerte la ancla al mundo. Por eso desaparece… y reaparece. Porque necesita sacrificios para existir.

Me quedo en silencio, analizando toda la información que me está dando.

—Los barcos que intentaron cartografiarla —prosigue— nunca regresaron. No se hallaron restos. Ni cuerpos. Ni madera. Como si el mar los hubiera borrado… o reclamado para sí.

—Tampoco se encuentran donde supuestamente se hundieron —respondo—. Lo sé.

Jareck me mira con inquietud.

—Hay algo más —espeta—. Se dice que la isla llama a ciertos capitanes. No a cualquiera, sólo a aquellos marcados por la muerte… o por el mar.

Cierro los dedos sobre el pergamino.

—Entonces estamos de suerte —murmuro poniéndome de pie—. Porque yo siempre respondo cuando el mar me llama.

— Justo por eso, Elara, quizá deberíamos...

— No. — Corto la frase como un latigazo —. Ese mapa vino a mí por algo. Y si esa isla se esconde... la encontraremos.

Puedo ver cómo un escalofrío le recorre el cuerpo entero. No de miedo, sino por esa mezcla de destino, obsesión y oscuridad que a veces incluso yo siento brotar desde un lugar que no comprendo del todo.

Al caer la tarde, el grito del vigía rompe el silencio.

—¡Velas al este! ¡Un barco se acerca!

Subo a cubierta de inmediato. Mis ojos localizan las velas desconocidas: un navío esbelto, rápido, con emblemas azules y dorados. No es un mercante...

— La Armada Real — espeta Jareck con los dientes apretados —. Nos han encontrado.

Una risa lenta y peligrosa se me escapa de los labios.

— Quieren jugar, bien, juguemos.

El barco enemigo se acerca lo suficiente para que una voz autoritaria retumbe sobre el agua.

— Dama Negra . Aquí habla el capitán Adrian Thorne. Navegáis en aguas reclamadas por la Corona. Rendíos. No tiene por qué haber violencia.

Cuando pronuncia la palabra "rendíos", suelto una carcajada oscura que hace que varios de mis hombres intercambien miradas inquietas.

— Traedme la corneta de mando. — les pido a mis hombres.

Levanto la corneta, apoyo un pie sobre la barandilla y digo:

— Capitán Thorne. Tenéis tres opciones: 1. Dar media vuelta.

2. Hundiros. 3. Uniros a mi tripulación, si es que tenéis el valor suficiente para seguir a una capitana de verdad.

Escucho los murmullos en el barco enemigo. Jareck se inclina hacia mí.

— Mi Capitana... ¿unirse?

— No seas ingenuo, Jareck — susurro —. No hablaba de todos... hablaba de él.

Porque yo conocía bien el nombre de Adrian Thorne. Y sabía qué tipo de hombre era. Un hombre que nunca retrocedía. Un hombre que nunca rechazaba un desafío. Un hombre cuyo camino se cruzó con el mío hace años... de una forma que ninguno de los dos ha olvidado.

Como si lo supiera, su respuesta llegó afilada:

— No puedo unirme a una pirata... pero sí puedo atrapar a una.

Y entonces lo veo subir a la borda, tomar un cable y lanzarse hacia La Dama Negra . Atraviesa el aire como una flecha y aterriza en mi cubierta rodeado por mis hombres. No desenfunda su espada. Sólo clava sus ojos en los míos.

— Pensé que habías muerto — susurra en voz baja.

— Y yo pensé que habías aprendido a no seguirme — respondo con una sonrisa oscura.

El aire se llena de una tensión eléctrica que casi podía saborear.

— Tienes que entregarte — susurra.

— Tendrás que hacer que me entregue — le devuelvo en el mismo tono.

Las tripulaciones de ambos barcos se quedan inmóviles, conteniendo la respiración.

Fue entonces cuando el mar volvió a temblar... como si algo gigantesco se moviera bajo las olas. Como si respondiera al mapa. O quizás a mí. Lo siento en mi piel. En mis huesos. Y cuando miro a Adrian, sé que él también lo ha sentido.

— No es el momento de luchar entre nosotros — digo guardando mi espada. — Si quieres respuestas... sígueme. Pero recuerda, capitán Thorne, aquí yo doy las órdenes.

Él me sostiene la mirada durante un largo segundo. Luego asiente, con una mezcla de desafío... y rendición silenciosa.

— Por ahora, Elara.

— Vas a descubrir que el por ahora... puede durar para siempre. — digo sonriendo.