Capítulo 1
La Reina de las Mareas Negras
Elara
Diez años después
El olor a sal, pólvora y tormenta me envuelve mientras La Dama Negra corta el mar como un depredador hambriento.
Las velas negras ondean con una elegancia siniestra bajo la luz pálida de la luna.
En el Mar del Este, nadie ignora este barco…
ni a la mujer que lo gobierna. Yo no le temo a los hombres…
ni tampoco a los monstruos que duermen bajo las olas.
Apoyo mis manos enguantadas sobre la barandilla, observando el horizonte con la atención fría que me caracteriza.
La escarcha ha comenzado a formarse en los mástiles y el viento me revuelve mi cabello oscuro.
Me paso la mano por la cara, acariciando la cicatriz que cruza mi mejilla izquierda, un recordatorio de la última vez que alguien dudó de mi autoridad. Nadie ha vuelto a cometer ese error.
—Mi Capitana… —la voz de Jareck, mi contramaestre, me saca de mis pensamientos—. Hemos divisado un navío mercante rumbo norte. Parece que va cargado.
Giro la cabeza lentamente hacia él. La mirada que le lanzo es suficiente para que trague saliva con dificultad. Es algo que suelo provocar en los hombres.
—Rumbo de intercepción —ordeno—. Sin levantar bandera. Quiero que crean que la sombra los ha tragado.
La tripulación se mueve con precisión. En esta cubierta, una sola palabra mía vale más que cien órdenes juntas.
Cuenta la leyenda que hago pactos con criaturas abisales, que hablo con la oscuridad del océano y que el mar me obedece como si fuera su hija predilecta.
Nadie sabe si es verdad… y nadie se atreve a comprobarlo.
La verdad es más simple. A veces, cuando el viento calla puedo sentir algo bajo el agua que me escucha.
Con sigilo y rapidez, La Dama Negra
se desliza hacia el mercante: un barco de velas blancas que avanza confiado, ajeno a su destino. Una sonrisa tranquila —de esas que inquietan a mis hombres— se dibuja en mis labios.
—A oscuras —susurro.
Las antorchas se apagan. La cubierta queda sumida en una espesa negrura. La luna ilumina mi figura mientras avanzamos como un fantasma.
A mi señal, los garfios vuelan y se clavan en el casco del enemigo.
—¡ABORDAJE! — Grito con fuerza.
El rugido de mi tripulación es como una tormenta. Salto la primera y caigo sobre la cubierta enemiga con la violencia de una ola rompiendo contra la roca. En dos movimientos precisos desenvaino mi espada y desarmo al primer guardia.
—No os haré daño si cooperáis —digo con una voz suave, casi amable. Pero mi mirada no coincide con ese tono de voz.
Clavo mi espada en la cubierta, a centímetros del pie del hombre. Él da un respingo y me mira desconcertado.
—…pero si no lo hacéis, el mar estará encantado de recibiros.
El infierno se desata.
Mis hombres rugen como bestias liberadas. El guardia intenta alzar su arma. Pero no lo consigue. Mi cuchillo atraviesa su garganta con una precisión limpia. La sangre salpica la cubierta, lo empujo con mi bota y el cuerpo cae al agua, como si el mar ya lo hubiera reclamado.
Giro, bloqueo golpes y doy tajos por doquier.
Otro hombre pierde la mano al intentar detenerme. Grita de dolor. El sonido se ahoga cuando uno de los míos le hunde un hacha en el pecho. La madera se vuelve resbaladiza por la sangre bajo mis botas.
—¡Defended la carga! —grita el capitán mercante, pálido de terror.
Intenta atacarme. Error.
Chocamos espada contra espada. Es fuerte, pero lento. Le abro el costado con un tajo profundo. Se arrodilla, gimiendo de dolor. Me inclino sobre él y le susurro al oído:
—Nunca debiste navegar esta noche, sucia rata de bodega.
Le atravieso el corazón. Su cuerpo cae a plomo junto a mis botas.
A mi alrededor, el caos. Cuchillos, hachas, acero, sangre, muchísima sangre... Los gritos se mezclan con el crujir del barco y el rugido del mar. Uno de mis hombres cae; otro arrastra a un enemigo hasta la borda y lo arroja al agua, donde desaparece entre la espuma negra.
Un guardia me apunta con una pistola temblorosa.
— Dispara —. Le digo con una sonrisa de medio lado.
La bala roza mi hombro. Siento el calor bajo mi piel y la furia se desata en mi interior.
Lanzo mi daga y se clava entre sus ojos.
El silencio comienza a caer, pesado, roto sólo por gemidos y respiraciones agitadas. Los supervivientes sueltan las armas. Algunos se arrodillan. Otros lloran.
Clavo mi espada en la cubierta.
—Vivid —digo con voz fría—. Contad lo que habéis visto. Decid que la noche os devoró.
Pero nadie se mueve. Cuando todo termina, la cubierta está llena de sangre. Me apoyo en la barandilla y miro el mar negro. Durante un segundo el agua parece moverse de forma extraña.
—Registrad la bodega y traedme el oro — ordeno sin girarme.
Mi tripulación obedece. Registran la bodega entre cadáveres y olor a hierro. Jareck se acerca con la cara salpicada de rojo y los ojos brillantes.
—Mi Capitana… sólo hemos encontrado lingotes de plata y varios mapas. Algunos parecen antiguos.
Alzo una ceja, tomo los pergaminos y desenrollo con cuidado el más desgastado. La tinta casi desvanecida dibuja la silueta de una isla que no aparece en ningún atlas reciente. Una isla de la que yo —que conozco todos los mapas como la palma de mi mano— jamás había oído hablar.
—Interesante… —murmuro.
El viento cambia de repente y una ráfaga fría acaricia mi mejilla. Por un instante, la superficie del mar parece estremecerse… como si algo enorme se moviera bajo ella.
Sonrío.
—Parece que el destino nos llama de nuevo —. Susurro en voz baja.
Cuando la luna se oculta entre nubes negras, me giro hacia mi tripulación con la promesa de una aventura peligrosa y un tesoro capaz de cambiarlo todo.
— Preparaos, zarpamos al amanecer. Tenemos una isla que conquistar.