Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) PRÓLOGO
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Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1)

Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1)

Por Sara del Toro

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PRÓLOGO

Aún recuerdo sus manos.

Me empujaron contra la cubierta. El olor a ron, sudor y pólvora me llenó la garganta.

Reían. Siempre se ríen antes. Como si lo que van a hacer fuera un juego.

—Esta preciosidad vale más viva —dijo uno de ellos.

No preguntó mi nombre porque no le importaba.

—Quietecita —dijo otro— No te va a doler si cooperas.

Mentira. Siempre es mentira.

Podía ver el brillo del cuchillo, sucio, torcido y mellado, acercándose a mi cara mientras me tenían contra el suelo. Las tablas estaban húmedas, frías que olían a moho y a orines viejos.

—Para que aprendas —dijo otro de ellos.

Intenté girar la cabeza, pero me sujetaron más fuerte. Podía sentir sus dedos hundiéndose en mi cabello, tirando de él hacia atrás hasta que el cuello me crujió.

Deslizó el cuchillo por mi mejilla, despacio, y no grité cuando me rajó la piel. Mi piel cedió con un sonido húmedo, repugnante, como tela vieja desgarrándose. Podía sentir el calor de mi sangre deslizándose por mi rostro, cayendo por mi cuello y el sabor a cobre me inundó la boca.

Me reí, no porque fuera valiente, sino porque entendí algo. Ellos querían marcarme. Querían que cada vez que me mirara al espejo recordara que mi cuerpo no era mío. Que el miedo viviera en mi piel.

—Mírala —se burlaron— Ya no es tan bonita.

Bonita.

Esa palabra me encendió algo negro en el pecho.

El cuchillo volvió a subir, esta vez apuntando más abajo.

Me cortaron el corsé, rasgaron mis ropas y me dejaron expuesta.

El frío de la noche me envolvió el cuerpo.

Me sujetaron las piernas y sentí el peso de uno de ellos sobre mí, aplastándome los pulmones.

El mundo se estrechó hasta convertirse en un túnel oscuro.

Intenté morder, me golpearon y vi estrellas. Tenía sangre en la boca. Pensé en mi madre. Pensé que así terminaban todas las historias que nunca importan. Pensé que ahí terminaba todo. Pero algo dentro de mí… se negó a morir esa noche.

Agarré el cuchillo que llevaba uno de ellos en el cinturón. No lo pensé. Ni siquiera lo dudé. No pedí perdón ni permiso. Se lo clavé en el vientre. Una vez, dos, tres, una y otra vez.

Sentí cómo atravesaba su carne blanda, cómo chocaba con algo duro, cómo arqueaba el cuerpo antes de caer a plomo encima de mí. La sangre salió a borbotones, caliente y espesa, manchándome las manos, el cuello y la cara.

Grité.

Me levanté con el cuchillo en alto, chorreando rojo.

Uno de ellos intentó retroceder, pero se quedó paralizado y el otro reaccionó tarde.

Le rajé la garganta de lado a lado. El sonido fue húmedo y asqueroso.

El aire salió de él como un silbido roto mientras se ahogaba en su propia sangre.

Se me nubló la vista. Vi botas manchadas de sangre, a uno de ellos arrastrarse sin piernas. Vi el mar tan cerca… y tan lejos.

Cuando todo terminó, la cubierta estaba roja. Yo estaba cubierta de sangre, respirando como un animal acorralado, temblando, pero viva.

Miré el mar. Y el mar me devolvió la mirada. No me juzgó, ni me consoló.

Esa noche maté a tres hombres, y el mar… me observó en silencio.

Esa noche entendí la verdad más cruel de este mundo. Nadie iba a protegerme. Nadie iba a salvarme.

Si quería vivir, tenía que convertirme en algo verdaderamente peligroso...