Capítulo 17 — La nueva restauradora
Nueve años después, la galería Luz y Lienzo olía igual: a trementina, a café de colmado y a decisiones postergadas.
Doña Carmen tenía setenta y tres años, la cadera mala y los papeles de venta de la galería sobre el escritorio.
Solo faltaba una cosa para cerrar el inventario: un retrato del depósito que nadie había querido restaurar en nueve años.
—Camila, mi hija, este es tuyo —le dijo a la joven restauradora, señalando el lienzo envuelto en una manta—. Era de una muchacha que trabajó aquí. Marisol. Buena restauradora. Un día... se fue. No preguntes.
Camila Reyes tenía veintiséis años, las manos impacientes y la costumbre de hablarle a los cuadros cuando nadie la oía. Desenvolvió el retrato en el taller —el mismo taller, el mismo caballete— y se quedó quieta.
Era una mujer joven, de unos veintiocho años, pelo oscuro, sonrisa triste y dulce, manos manchadas —¿de pintura?— apoyadas en el regazo. Y unos ojos marrones que la miraban con un amor infinito y una pena infinita, como si la conocieran.
—Hola —le dijo Camila, sin pensar—. ¿Quién eres?
En el marco, grabadas a navaja, dos frases. La primera, con letra antigua:
*"La sal no limpia lo que la sangre selló."*
Y debajo, con letra fresca, temblorosa, como escrita por alguien con prisa:
*"...pero el amor sí."*
Camila sintió un escalofrío bueno, de esos que anuncian que un trabajo va a ser especial. Preparó sus hisopos y empezó por la mejilla, como mandan las reglas.
El calor le subió por los dedos al primer contacto.
Retiró la mano. Miró el lienzo. El lienzo la miró a ella. Y entonces, bajito, desde algún lugar entre la tela y su nuca, una voz de mujer susurró su nombre:
—*Camila.*
El hisopo se le cayó al piso. Camila se rio —nerviosa, incrédula— y después se puso a llorar, porque en esa voz había nueve años de espera y una ternura que le partió el pecho sin pedirle permiso.
Esa tarde hizo lo que hacen las restauradoras cuando un cuadro les habla: investigó. Doña Carmen no quiso hablar. Ramona —ya jubilada, pero todavía pasando por la galería a tomar café— la miró largo y le dijo: "Busca a la doctora Fermín. Si todavía vive, ella te cuenta."
La doctora Lucía Fermín tenía ochenta y seis años y la memoria intacta. Recibió a Camila en su apartamento lleno de libros y, sin que le preguntara nada, le puso en las manos una carpeta amarillenta.
—Para la próxima —dijo—. Siempre hay una próxima. Adela me la dejó a mí, yo se la di a Marisol, y ahora te toca a ti.
Adentro: la copia de la carta de Adela Bretón, recortes, y una nota escrita a mano por la propia Fermín, fechada hacía nueve años:
*"Hallazgo tardío, por si sirve: en los papeles de Ana Beltré hay una posdata que nadie había traducido bien.
La maldición tiene una última cadena, y es el olvido: el liberado olvida a quien lo liberó.
PERO la cadena se rompe si él la recuerda solo, sin que nadie se lo diga, sin que nadie lo ayude.
La memoria tiene que ser suya. Si eso pasa, el lienzo se vacía para siempre y la maldición muere. Que Dios te ampare, muchacha. — L.F."*
Camila leyó la nota tres veces, con las manos temblándole.
—¿El liberado? —susurró—. ¿Hay un hombre libre por ahí, que no recuerda...?
—Un taxista —dijo la doctora, mirando por la ventana—.
Turno nocturno. Vive solo, cerca del Malecón.
Todas las noches termina su ruta frente a una galería de Piantini, sin saber por qué.
Nueve años dando vueltas. La memoria, mi hija, es terca.
El olvido también. Están peleando adentro de él, y yo ya estoy muy vieja para ver quién gana.
Camila volvió al taller al anochecer, con la carpeta quemándole la cartera. Se sentó frente al retrato de la mujer sonriente y le habló en voz baja:
—Marisol... ¿verdad? Me llamo Camila. Y creo que sé cómo sacarte de ahí.
Los ojos marrones del retrato brillaron bajo la lámpara. Y en la mejilla pintada, un rastro húmedo empezó a resbalar, despacio, hacia la sonrisa.
Afuera, en la avenida, un taxi de turno nocturno frenó frente a la galería sin que su chofer supiera por qué.
El hombre al volante —treinta y tantos, ojos verdes, un vacío con forma de persona en el pecho— miró la vitrina iluminada, miró el retrato de la mujer sonriente, y sintió que el corazón se le partía sin permiso.
No entró. Todavía no.
Pero esa noche, por primera vez en nueve años, soñó con el mar. Y con un nombre que no logró atrapar al despertar.