Sangre y sal (Sangre y sal 1) Capítulo 18 — Epílogo Sal
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Capítulo 18 — Epílogo Sal

Sebastián Montés manejaba taxi de noche y dormía de día, y en nueve años de hombre libre había aprendido dos cosas: que el Malecón a las cuatro de la mañana es el lugar más honesto del mundo, y que había una calle en Piantini que no podía evitar.

Esa madrugada de sábado, terminando el turno, el carro —solo, sin que él lo decidiera— dobló hacia la avenida Winston Churchill y se detuvo frente a la galería Luz y Lienzo, como siempre. Como todas las madrugadas. Sebastián apagó el motor y miró la vitrina.

El retrato estaba ahí, recién restaurado, a la venta. Una mujer joven, de veintiocho años, pelo oscuro, sonrisa triste y dulce, manos manchadas de pintura. El cartelito decía: *"Retrato de dama, anónimo, siglo XXI."*

Anónimo. A Sebastián le dolió la palabra como una muela.

Se bajó del taxi —no supo por qué— y se acercó a la vitrina. La mujer del cuadro lo miró con esos ojos marrones llenos de amor y de pena, y a Sebastián se le cortó la respiración. El pecho le estalló en un dolor sordo, antiguo, como si alguien le apretara el corazón con un puño desde adentro.

—Yo te conozco —susurró, con la frente casi pegada al vidrio—. ¿De dónde te conozco?

Nada. El vacío de siempre: un hueco con forma de persona que nueve años no habían logrado llenar. Ni los pasajeros, ni el mar, ni las noches enteras manejando en círculos.

Dio media vuelta para irse. Y entonces la escuchó. —*Sebastián.*

Se quedó helado a mitad de la acera. Giró en redondo. La calle vacía. La vitrina. El retrato. La mujer sonriente, inmóvil.

—¿Quién dijo eso? —preguntó en voz alta, con el corazón desbocado.

Silencio. Solo el zumbido de un poste de luz.

Pero algo —un sabor a sal en la boca, un olor a trementina, el recuerdo de unos yaniqueques comidos de madrugada frente al mar— le subió por la garganta como una ola. Y un nombre, un nombre pequeñito, le rozó la lengua y se le escapó antes de atraparlo:

—Mari...

Se llevó las manos a la cabeza. El nombre se había ido, pero había estado ahí, lo juraba, ahí mismito, en la punta de la lengua. Nueve años de vacío, y por primera vez, una grieta.

Volvió al taxi temblando, se sentó al volante y se quedó mirando la vitrina un largo rato. La mujer del cuadro lo miraba. Él la miraba. Y en algún lugar entre los dos, una guerra silenciosa: el olvido tirando para un lado, la memoria para el otro.

Arrancó. Pero esa noche no pudo dormir. Y a la madrugada siguiente, el taxi —solo, sin que él lo decidiera— volvió a doblar hacia la misma calle.

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Adentro del lienzo, en la oscuridad tibia de la tela, Marisol sonreía con su sonrisa pintada.

Nueve años llamándolo. Nueve años susurrando su nombre en la oscuridad, noche tras noche, mientras el mundo seguía afuera sin ella. Nueve años viendo pasar su taxi frente a la galería, viendo cómo se detenía, cómo miraba, cómo se iba sin recordar.

Pero anoche, por primera vez, él casi contestó.

*Casi*, pensó, con la única voz que le quedaba, la de adentro. *Casi es más que nunca.*

Y volvió a susurrar, paciente, terca, enamorada, como lo haría todas las noches hasta que el olvido se rindiera:

—*Sebastián. Mi amor. Acuérdate de mí.*

Afuera, en la avenida vacía, un hombre libre se detuvo a mitad de la acera, con el corazón desbocado y un nombre en la punta de la lengua.

La sal no limpia lo que la sangre selló.

Pero el amor... el amor era terco.

Y esta historia, Marisol lo sabía, todavía no terminaba.

FIN DEL LIbrO I