Sangre y sal (Sangre y sal 1) Capítulo 16 — Hombre libre
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Capítulo 16 — Hombre libre

El mundo olía diferente de día.

Sebastián lo descubrió en su primera mañana de hombre libre, caminando por la Winston Churchill con la carta de Marisol doblada en el bolsillo del pecho, como una segunda piel.

El sol le picaba de verdad —no como un recuerdo de sol, sino quemándole la nuca—.

Los carros pitaban. Una doña vendía frío-frío en una esquina.

Todo era ruidoso, brillante, excesivo. Todo era suyo.

Y sin embargo, había un hueco.

No era tristeza —la tristeza la conocía bien, la había cargado doscientos años—. Era otra cosa: un vacío con forma de persona, como el hueco que deja un mueble cuando lo quitan de un cuarto. Caminaba y sentía que le faltaba algo a la derecha, donde iría una mano en la suya.

La doctora Fermín lo ayudó con los papeles —tenía contactos, tenía discreción, tenía esa mirada de quien ya vio esta historia una vez y no pudo detenerla—.

Le consiguió una habitación amueblada en un edificio viejo de la zona universitaria y un trabajo de medio tiempo en la biblioteca, archivando.

*"Empieza despacio"*, le dijo. *"El mundo moderno atraganta al principio. "*

Sebastián empezó despacio. Aprendió a usar el teléfono —un aparato del demonio—. Aprendió que el dinero ahora era de plástico y de colores. Aprendió a pedir un café sin que la camarera lo mirara raro por decir *"hágame el favor"*.

Pero el hueco no se llenaba. La segunda semana, entró a una cafetería y pidió dos cafés por costumbre. La camarera le preguntó: *"¿Dos?"* Y él se quedó mirando la taza extra, sin saber para quién era, con una opresión en el pecho como si hubiera olvidado algo importantísimo en algún lugar.

—Uno —corrigió, en voz baja—. Perdón. Uno.

Esa noche soñó con el mar. Con una risa de mujer entre las olas. Despertó con la almohada mojada y un nombre en la punta de la lengua que no logró atrapar.

La tercera semana, caminando juraría que solos— hasta una sin rumbo, sus pies

galería moderna en lo llevaron —él Piantini: *Luz y

Lienzo*. Se detuvo frente a la vitrina y el pecho le dolió de golpe, un dolor físico, agudo, como un golpe seco.

Adentro, unos empleados colgaban cuadros en la sala principal. Y entre ellos, en el lugar de honor, un retrato al óleo de una mujer joven sonriendo: pelo oscuro, ojos marrones, las manos manchadas de algo que parecían... ¿pintura?

Sebastián se quedó clavado en la acera, con la gente pasando a su alrededor, mirando ese retrato con el corazón desbocado.

*La conozco*, pensó. *Yo a ella la conozco.*

Pero de dónde, cómo, cuándo... nada. El recuerdo era como una palabra en la punta de la lengua que se disuelve cuando uno la va a decir. Miró la plaquita del cuadro: *"Retrato de dama. Anónimo, siglo XIX."*

Anónimo. Ella no tenía nombre. O lo había perdido.

Entró a la galería sin decidirlo. Una empleada joven le sonrió. —¿Le interesa el retrato? Está a la venta. Era de la colección privada de... bueno, historia larga. El coleccionista de Naco lo compró hace unas semanas y lo donó para la subasta benéfica.

—¿Quién es ella? —preguntó Sebastián, con la voz extraña.

—No se sabe. Apareció en un depósito. Dicen que la restauradora anterior... —La empleada se encogió de hombros—. Mire, entre nos: dicen que la muchacha que lo restauró se fue del país de un día para otro. Nadie sabe dónde está.

*La muchacha.* Sebastián sintió que el piso se movía.

—¿Cómo se llamaba? —susurró.

La empleada frunció el ceño, pensando.

—Mar... Marisol, creo. Marisol Vega. ¿Usted la conocía?

El nombre cayó en su pecho como una piedra en un pozo: *Marisol.

* Lo repitió en silencio. Marisol. Sonaba...

familiar y extranjero a la vez, como una canción oída una sola vez en la infancia.

Sintió que debía significar algo enorme —el amor, la sangre, el mar, una noche entera— pero las imágenes no venían.

Solo el hueco, más grande ahora, latiendo.

—No —dijo al fin, y la palabra le supo a mentira—. No la conocía.

Salió de la galería con las piernas temblorosas. Caminó hasta el Malecón —¿por qué el Malecón? ¿por qué sus pies sabían el camino?— y se sentó en el muro, con las piernas colgando hacia el agua, mientras el sol se ponía.

Y entonces, sin saber por qué, compró dos yaniqueques en una fritura. Se comió uno. El otro lo sostuvo en la mano hasta que se enfrió, mirando el mar, esperando a alguien que no llegaba.

*Marisol*, pensó, mirando las olas. *Marisol.*

El nombre no le decía nada. Y sin embargo, una lágrima le cruzó la mejilla, y no supo por qué lloraba.

A lo lejos, en la galería que había dejado atrás, el retrato de la mujer sonreía en la penumbra de la sala vacía, con las manos manchadas de pintura y los ojos fijos en la puerta, como esperando a alguien que ya no iba a volver.

Como esperando —para siempre— a un hombre que la había amado con el alma y que ahora pasaba frente a su cara sin reconocerla.