Sangre y sal (Sangre y sal 1) Capítulo 13 — Noche en el Malecón
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Capítulo 13 — Noche en el Malecón

Salieron del taller a las once y media, tomados de la mano como dos fugitivos.

Marisol había dejado una nota sobre el escritorio —*"salí a respirar, vuelvo en una hora"*— que era mentira a medias: iba a respirar, sí, pero no iba a volver en una hora. Esa noche era suya. La había esperado, la había pagado por adelantado con sangre, y no pensaba desperdiciar ni un minuto.

Sebastián llevaba una camisa prestada de un maniquí de la galería y unos jeans que le quedaban grandes. Se miraba los tenis como si fueran artefactos de otro planeta.

—En mi época —dijo, mientras cruzaban la Churchill—, un hombre no salía a la calle sin sombrero. Ahora andan en chancletas y nadie los mira dos veces.

—Bienvenido al futuro, mi amor. Aquí la elegancia murió y nadie fue al velorio.

Él se rio, y Marisol guardó esa risa en un lugar seguro de la memoria, junto a las otras cosas que estaba coleccionando esa noche: el calor de su mano, el olor a trementina que ya se le estaba yendo de la piel, la forma en que miraba todo como si el mundo fuera un regalo recién abierto.

Caminaron hasta el Malecón. La brisa del mar les pegó en la cara, salada y tibia, y las olas rompían contra el murallón con un estruendo rítmico que parecía el corazón de la ciudad.

Había vendedores de fritura, un carro con música alta, parejas de enamorados sentadas en el muro con los pies colgando hacia el agua.

—El mar —susurró Sebastián, deteniéndose—. Sigue igual. Doscientos años y sigue igual.

Se sentaron en el muro, con las piernas colgando, y él le contó del mar de 1824: de los barcos, de los pescadores, de una vez que se bañó desnudo a medianoche y su padre casi lo mata.

Ella le contó del mar de ahora: de los tapones, de los atardeceres que fotografiaba con el teléfono, de su abuela diciéndole que el mar se lleva lo malo si uno se lo pide de corazón.

—¿Tú le pediste algo al mar alguna vez? —preguntó él.

—Esta noche le voy a pedir algo —dijo ella, y no dijo qué.

Caminaron. Compraron yaniqueques en una fritura y se los comieron con las manos, riéndose, con la grasa brillándoles en los labios.

Él probó un jugo de chinola y declaró que era "néctar de dioses tropicales".

Ella le enseñó a tomarse una selfie y él salió con los ojos cerrados y la boca abierta, y los dos se rieron hasta que les dolió.

Y en medio de la risa, Marisol lo miró —de verdad lo miró— y sintió que el amor le llenaba el pecho hasta dolerle.

Este hombre. Este hombre imposible, de ojos verdes y manos de pintor, que había esperado doscientos años.

Que la miraba como si ella fuera la primera cosa real que tocaba en dos siglos.

—Vámonos —dijo, de pronto, poniéndose de pie—. A mi apartamento. Ahora.

Él la miró, entendiendo. Tragó en seco. —Marisol... tu salud. El precio. Cada hora que paso fuera...

—Cada hora que pasas fuera me está dando la noche más feliz de mi vida —lo interrumpió—. Y no pienso negociar ni una. ¿Vienes o te quedas aquí filosofando?

Fue.

El apartamento estaba a diez minutos en carro. Subieron en silencio, con la tensión crepitando entre ellos como electricidad estática. Ella abrió la puerta, encendió una sola lámpara, puso música bajita —un bolero viejo de su abuela— y se volvió hacia él.

Lo que pasó después no fue prisa. Fue todo lo contrario: fue lentitud deliberada, como si los dos supieran que el tiempo era un lujo que se les acababa y quisieran estirarlo con las manos.

Él le quitó los zapatos primero, arrodillado frente a ella, con una reverencia antigua que la hizo reír y llorar al mismo tiempo.

Le besó los tobillos, las rodillas, subiendo despacio, y cada beso era una pregunta que ella respondía acercándolo más.

Le desabotonó la blusa botón por botón, deteniéndose a mirarla, a memorizarla, como si quisiera llevarse cada centímetro grabado.

—Eres más hermosa que todo lo que pintaron en mi siglo —susurró, con la voz ronca—. Y mira que pintaron mucho.

Ella le quitó la camisa prestada y descubrió su torso: piel tibia, un corazón latiendo desbocado bajo su palma. Lo besó ahí, sobre el corazón imposible, y sintió que el latido se aceleraba.

Se amaron despacio, con la brisa del mar entrando por la ventana y el bolero sonando bajito.

Él fue tierno hasta la exageración al principio —como si ella fuera de cristal—, y ella tuvo que morderle el hombro y susurrarle *"no me cuides, quiéreme"* para que se soltara.

Y entonces fue pasión de verdad: manos que no se saciaban, bocas que se buscaban en la oscuridad, su nombre en los labios de él como una oración, el nombre de él en los labios de ella como una promesa.

Después, abrazados entre las sábanas revueltas, con el sudor secándoseles en la piel, Marisol vivió cada minuto como si fuera el último: el peso de su brazo sobre su cintura, su respiración en su cuello, sus dedos dibujando círculos perezosos en su espalda.

Memorizó todo. Lo guardó todo. Porque ella sí sabía lo que él no: que esta era la despedida, aunque nadie la llamara así.

—Gracias por esta noche —susurró, contra su pecho.

Él se quedó quieto.

—¿Por qué suenas a despedida?

Ella se rio, ligera, y le tapó la boca con un beso.

—Porque soy dramática. Duérmete un rato. Todavía nos quedan horas.

Él se durmió —su primer sueño de verdad en doscientos años— y ella lo veló hasta el amanecer. Lo despertó con besos y volvieron a la galería cuando Santo Domingo apenas bostezaba.

A las seis menos diez, frente al caballete, se abrazaron una última vez.

—Anoche fue perfecta —dijo él, con la frente contra la de ella.

—La más perfecta —mintió ella, porque la perfecta de verdad todavía no llegaba, y él no podía saberlo.

Él entró al lienzo despacio, sin esfuerzo, como quien se acuesta a dormir. Ella se quedó mirando el retrato completo, con el corazón lleno hasta el borde y los ojos secos de tanto haber decidido no llorar.

—Te amo —le dijo al cuadro—. Y por eso es que voy a hacer lo que voy a hacer.

El retrato no respondió. Pero a Marisol le pareció —quizás fue el cansancio, quizás no— que los ojos verdes se veían, por primera vez, asustados.