Capítulo 14 — El precio
A la mañana siguiente, Marisol despertó sola, con el cuerpo dolorido de felicidad y una sonrisa que no se le quitaba ni con agua fría.
Se miró al espejo: ojeras, labios hinchados, el pelo revuelto. Se veía viva. Se veía, pensó, como una mujer que había amado y había sido amada en la misma noche. Se puso su mejor blusa —la blanca, la de las ocasiones— y salió para la galería tarareando el bolero de la noche anterior.
Doña Carmen la esperaba en la puerta con cara de tormenta.
—El coleccionista viene mañana —dijo, sin saludar—. Mañana, Marisol. Y más te vale que ese retrato esté colgado, restaurado y con precio. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Marisol, y lo dijo en serio: mañana ya nada de eso iba a importar.
Trabajó toda la mañana con una energía prestada. A las doce, Ramona le llevó un café y la miró con el ceño fruncido.
—Mi hija, tú estás pálida como un papel.
—Estoy bien, Ramona. Anoche dormí poco, eso es todo.
—Ajá. ¿Y por qué te huele la blusa a perfume de hombre?
Marisol se rio, la primera risa de verdad en días, y Ramona meneó la cabeza, entre preocupada y cómplice.
A la una y cuarto, en la sala principal, acomodando las piezas para la visita del coleccionista, sintió el sabor a hierro.
No se alarmó al principio: ya conocía el ritual.
Se tapó la nariz con un pañuelo, esperando el hilo de siempre.
Pero esta vez no fue un hilo. Fue un golpe: la sangre le salió a presión, manchándole la blusa blanca, el piso, las manos.
Ramona gritó. El contable corrió. Y entonces el mundo se ladeó, las luces se volvieron un túnel, y Marisol sintió que caía desde muy alto hacia un fondo que no llegaba.
Despertó con una máscara de oxígeno y un pitido constante al lado de la cabeza.
—...presión por el piso... —oyó decir a alguien—. ...perdió mucha sangre...
Abrió los ojos. Clínica, otra vez. Suero, otra vez. Ramona, otra vez, pero esta vez llorando de verdad, sin rosario que la calmara.
—¿Qué... pasó? —susurró Marisol, con la voz de una anciana.
—Te desplomaste, mi hija. La sangre no te paraba. —Ramona se limpió la cara—. El doctor dice que tus análisis salen bien, que no entiende nada. Que es como si te vaciaras por dentro sin razón.
*Sin razón*, pensó Marisol. *Si él supiera la razón.*
El doctor entró, más serio que la vez anterior.
—Señorita Vega, voy a serle franco: está perdiendo sangre sin causa aparente y su cuerpo no la repone al ritmo normal. Si sigue así, la próxima vez puede no despertar. Reposo absoluto. Hoy mismo la refiero a hematología.
—Gracias, doctor —dijo Marisol, con la cortesía automática de quien ya tomó otra decisión.
Esa noche, contra toda orden médica, fue al taller: caminaba despacio, agarrándose de las paredes, con el vendaje del suero en el brazo.
Sebastián la estaba esperando despierto en el lienzo. En cuanto la vio, su cara pintada se descompuso.
—¿Qué te pasó? —La voz le salió rota—. Marisol, ¿qué te hicieron?
—Nada que no me estuviera haciendo ya —dijo ella, sentándose frente al caballete con cuidado—. Fue el precio, Sebastián. El de anoche. Valió cada gota, pero... fue mucho. Demasiado de golpe.
Él la miró largamente. Y entonces, con una calma terrible, dijo:
—Se acabó.
—¿Qué se acabó?
—Yo. Salir. Todo. —Su voz temblaba, pero era firme—. No salgo más, Marisol. Me quedo adentro. Para siempre. En la oscuridad, en el silencio, como antes de ti. Es la única forma de que vivas. Si no salgo, no te robo nada. El vínculo se enfría. Tú sanas.
El corazón de Marisol se detuvo. Porque si él se encerraba para siempre, su plan se moría con él: el intercambio necesitaba que él estuviera fuera, necesitaba una noche más, una sola.
—No —dijo, y se puso de pie tan rápido que el mundo se ladeó—. No, Sebastián, escúchame. Hay otra forma. La doctora encontró algo.
—¿Qué encontró?
Marisol respiró hondo y mintió con toda el alma, mirándolo a los ojos: —En unos papeles viejos de la familia Bretón: un ritual con agua de mar y sal, a medianoche, con los dos presentes —tú fuera del cuadro, yo contigo—.
Corta el precio sin cortar el amor. Si Ana ató la maldición con sangre, alguien puede desatarla con sal y mar. Tiene lógica.
Él la miró con esperanza y desconfianza a la vez.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque la doctora me lo confirmó hoy. Por teléfono, desde la clínica. —Otra mentira, fluida como agua—. Me dijo: *"una noche, mi hija. Una sola noche de ritual. Si no funciona, entonces sí: él se encierra y tú vives."*
—¿Una noche más? —susurró él.
—Una noche más. Mañana, a medianoche, aquí en el taller. Yo traigo el agua del Malecón y la sal. Tú sales. Lo intentamos. Y si no funciona... —Se le quebró la voz, pero siguió—. Si no funciona, te dejo ir a la oscuridad. Te lo prometo.
Sebastián cerró los ojos. Ella vio la lucha en su cara: el miedo de hacerle más daño contra la última chispa de esperanza.
—Júrame que es verdad lo del ritual —dijo al fin.
Marisol puso la mano sobre el marco, sobre la frase grabada —*"La sal no limpia lo que la sangre selló"*— y juró sobre la mentira más grande de su vida:
—Te lo juro.
—Está bien —dijo él, en voz baja—. Una noche más. La última. Ella asintió, sonrió, le tiró un beso. Y cuando él cerró los ojos para descansar hasta la medianoche siguiente, Marisol se dejó caer en la silla y lloró en silencio, con la cara entre las manos.
Perdóname, pensó. Perdóname por mentirte. Perdóname por la noche de mañana.
En su casa, esa madrugada, hizo tres cosas: llenó un galón con agua del Malecón, compró sal marina en un colmado abierto toda la noche, y escribió una carta.
*"Para Sebastián, cuando salgas:*
*No me busques en el cuadro llorando. Búscame en el mar, que ahí es donde fui feliz contigo. Vive, mi amor. Vive por los dos, que yo me quedo cuidándote desde la tela, como tú me cuidaste a mí desde antes de conocerme.*
*Tu Sol."*
La dobló, la metió en un sobre y la guardó en el bolsillo. Mañana, a medianoche, la dejaría sobre la mesa del taller.
Después se acostó vestida, mirando el techo, esperando que llegara la noche más larga y más corta de su vida.