Sangre y sal (Sangre y sal 1) Capítulo 12 — El trato
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Capítulo 12 — El trato

Volvieron al taller esa misma noche. Marisol recuperó el retrato del museo con una excusa torpe, lo montó en el caballete como si nada hubiera pasado, y a las once en punto cerró la puerta por dentro.

—Habla —dijo, sentándose frente al lienzo—. Me lo prometiste.

Sebastián tardó en abrir los ojos. Cuando lo hizo, había en ellos una pena tan honda que Marisol sintió que se le encogía el pecho.

—Lo que te voy a decir —empezó él—, Adela lo supo y eligió no hacerlo.

La doctora lo sospecha pero no lo sabe. Y yo llevo doscientos dos años rogando no tener que decírselo a nadie más.

Pero te estás muriendo, Marisol. Te estás muriendo por mi culpa, gota a gota, y no puedo seguir mirando sin darte la verdad.

Aunque la verdad te mate más rápido que la sangre.

—Dila.

—La maldición de Ana tiene una puerta. Una sola.

—Respiró hondo—. Si una mujer me ama de verdad —amor verdadero, no capricho, no lástima—, ella puede ocupar mi lugar en el lienzo.

Entra al cuadro, y yo salgo. Libre. Para siempre.

Hombre de verdad, con días y noches, con vejez y con muerte al final.

El intercambio es completo: una vida por otra.

El taller quedó en un silencio absoluto. Marisol oyó el zumbido de la nevera, un carro lejano, su propio corazón.

—¿Y la mujer que entra? —preguntó, con la voz extraña.

—Queda atrapada. Como yo. Mirando el mundo sin tocarlo, hasta que otra mujer la ame lo suficiente para...

—No terminó—. Es una cadena, Marisol. Ana la empezó conmigo.

Yo sería el eslabón que se rompe, pero solo porque otro eslabón se pone en mi lugar.

¿Entiendes? Mi libertad tiene el precio de tu encierro. Eterno.

Ella lo miró fijo, pálida.

—¿Por eso Adela no lo hizo?

—Adela me amó cincuenta años y me dijo que no. Me dijo: *"Yo ya viví mi vida, Sebastián, y no te voy a regalar la tuya a cambio de la mía."* Fue la mujer más valiente que conocí. Porque decir que no a esto —se señaló el marco— duele más que decir que sí.

—¿Y tú qué quieres que haga yo?

Sebastián la miró entonces con una intensidad que la clavó a la silla.

—Quiero que me jures que nunca lo vas a hacer.

—La voz se le quebró—. Júramelo, Marisol.

Júrame que no vas a entrar a este cuadro.

Porque si lo haces, yo voy a salir libre y voy a vivir con eso todos los días de mi vida: con saber que mi libertad está pintada con tu cara.

Prefiero la oscuridad. Prefiero esperar otros doscientos años.

Prefiero morirme de culpa aquí adentro antes que vivir libre sabiendo que te dejé atrapada.

—Sebastián...

—¡Júramelo! —gritó, y el lienzo tembló—. ¡Por favor!

Marisol se levantó despacio. Se acercó al caballete. Puso las manos a los lados del marco, tan cerca de su cara que sus respiraciones se mezclaron a través de la tela.

—No —dijo.

—¿No qué?

—No te lo juro. —Le sostuvo la mirada—. No te voy a mentir, Sebastián.

No te voy a dar una promesa que no sé si puedo cumplir.

Porque te amo, y porque si amar de verdad es una acción y no un sentimiento —como dice la doctora—, entonces mi amor todavía no decidió qué va a hacer.

Y no le voy a poner cadenas antes de tiempo.

Él cerró los ojos. Una lágrima —de verdad, húmeda, imposible— le cruzó la mejilla pintada.

—Me estás matando —susurró.

—Nos estamos matando —corrigió ella—. Juntos. Como todo lo nuestro.

Y entonces, sin que ninguno de los dos lo decidiera del todo, pasó: Sebastián salió del cuadro. No con esfuerzo, no arrancado: salió como quien vuelve a casa, despacio, inevitable, y cayó frente a ella, de rodillas, temblando.

Marisol se arrodilló también. Le tomó la cara con las dos manos —caliente, real, con la barba de un día asomando imposible— y lo miró a los ojos.

—Esta noche no me pidas que pare —susurró—. Esta noche no me hables de precios ni de cadenas. Esta noche solo somos un hombre y una mujer que se quieren y que tienen hasta el amanecer.

Él la miró, roto, rendido, ardiendo. Le pasó una mano por el pelo, despacio, como si memorizara cada hebra. Ella sintió sus dedos tibios en la nuca y un escalofrío le recorrió la espalda entera.

Se besaron.

No fue un beso de cuento. Fue un beso de hambre contenida durante semanas, de miedo y de deseo enredados: sus labios sabían a sal y a trementina y a algo antiguo y dulce.

Él la apretó contra su pecho y ella sintió su corazón desbocado —un corazón que no debería latir y latía por ella—.

Sus manos le recorrieron la espalda por encima de la blusa, deteniéndose al borde de lo permitido, temblando de contención.

—Para —susurró él contra su boca, sin apartarse—. Si seguimos, no voy a poder parar. Y no quiero que nuestra primera vez sea... así. Con el reloj corriendo y la muerte en la puerta.

—Nuestra primera vez va a ser cuando yo decida —dijo ella, mordiéndole el labio inferior apenas, haciéndolo gemir—. Y todavía no decidí.

Se quedaron abrazados en el piso del taller hasta que el cielo empezó a aclararse. Él le contó, bajito, cómo era el amanecer en 1824. Ella le contó cómo era su abuela. Rieron. Lloraron un poco. Se besaron despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Mentira piadosa. Tenían hasta las seis.

Cuando Sebastián volvió al lienzo —porque siempre volvía, porque el amanecer lo reclamaba—, Marisol se quedó sola frente al retrato completo, con los labios hinchados y la nariz limpia por primera vez en días.

Y entonces, en el silencio del taller, tomó su decisión.

No se la dijo a él. No se la dijo a Ramona, ni a la doctora, ni a doña Carmen. Se la dijo a la mujer del espejo, en voz alta, para que no hubiera vuelta atrás:

—Voy a entrar al cuadro.

El retrato, desde el caballete, pareció contener la respiración.

—Pero no todavía —añadió, tocándose los labios que aún sabían a él—. Primero voy a vivir lo nuestro. Primero el Malecón, primero una noche entera, primero todo. Y después... después te saco de ahí, Sebastián Montés. Aunque me cueste quedarme mirando el mundo desde un marco para siempre.

Afuera, Santo Domingo despertaba. Adentro, una mujer de veintiocho años acababa de firmar, con los labios y sin testigos, el trato más peligroso de su vida.

Y el hombre del lienzo, que la había oído todo, lloró en silencio detrás de la pintura, porque sabía —él sí sabía— que cuando Marisol Vega decidía algo, ni la muerte la hacía cambiar de idea.