Sangre y sal (Sangre y sal 1) Capítulo 11 — Lo que la sal no limpia
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Capítulo 11 — Lo que la sal no limpia

El domingo Marisol decidió romper el vínculo.

Lo decidió con la cabeza fría, como se decide una cirugía: el coleccionista se había ido furioso el sábado sin ver el retrato, doña Carmen le había dado un ultimátum de dos semanas, su cuerpo se estaba apagando gota a gota y la carta de Adela le había mostrado que había otra forma de amar: de lejos, viva.

—Voy a devolverlo —le dijo a Ramona, que la miraba con pena mientras trapeaba—. Lo voy a entregar al museo, a un depósito, a donde sea. Lejos de mí. Si no lo veo, si no lo oigo, el vínculo se enfría. Eso dijo él mismo.

—Mi hija —dijo Ramona, sin dejar de trapear—, al muerto que te llama por tu nombre no se le deja de oír tapándose los oídos. Se le deja de oír dejándolo de querer. ¿Tú puedes?

Marisol no respondió. Fue al depósito, envolvió el retrato en la manta, lo cargó hasta su carro y manejó hasta el Museo de Arte Moderno, donde un amigo restaurador le debía un favor.

—Guárdamelo dos semanas —le pidió—. En tu depósito. Sin preguntas.

—Sin preguntas —dijo él, rascándose la cabeza—. Pero Marisol... ¿tú estás bien? Te ves...

—Estoy perfecta —mintió, y se fue antes de mirar atrás.

Esa noche no fue a la galería. Se quedó en su apartamento, con las luces encendidas, el televisor alto y el teléfono en silencio.

A las once en punto se puso a fregar platos para no pensar.

A las once y media dobló ropa. A las once y cuarenta —la hora— se sentó en el suelo de la cocina y se abrazó las rodillas.

—No lo oigo —susurró—. No lo oigo, no lo oigo.

Y entonces lo oyó.

*Marisol.*

No venía de afuera. Venía de adentro, de un lugar detrás del esternón, donde el nombre de una vibraba como una cuerda pulsada. Se tapó los oídos con las manos. El nombre siguió sonando, más fuerte, más cerca, con esa voz ronca de doscientos años que ya conocía mejor que la suya propia.

*Marisol, por favor. Me estoy muriendo aquí adentro sin ti.*

—¡Cállate! —gritó, llorando—. ¡Tú no te mueres! ¡La que se muere soy yo!

Pero las piernas ya la llevaban a la puerta.

Las manos ya buscaban las llaves del carro.

Y mientras manejaba por la avenida vacía, a las doce de la noche, con el nombre de él golpeándole el pecho como un segundo corazón, entendió la verdad más simple y más terrible: el vínculo no estaba en el cuadro.

Estaba en ella. Podía esconder el lienzo en el fin del mundo y él la iba a seguir llamando desde adentro.

Llegó al museo a las doce y veinte. El vigilante la conocía y la dejó pasar "un momentito". Bajó al depósito con una linterna, entre cajas y esculturas tapadas, buscando su retrato.

No estaba. Recorrió el depósito dos veces, con el corazón desbocado. El amigo restaurador le juró por su madre que lo había dejado ahí, contra la pared del fondo. No había nada. Solo una manta gruesa, vacía, doblada con un cuidado que ningún ladrón tendría.

Y entonces, desde el rincón más oscuro del depósito, oyó su voz. Débil, rota, como si hablara desde muy lejos o desde muy adentro:

—Me trajiste... a un lugar frío... Marisol...

La linterna tembló en su mano. El haz de luz barrió el rincón y lo encontró: el retrato, apoyado contra unas cajas, desenvuelto, con Sebastián mirándola desde el lienzo con los ojos verdes llenos de algo que no era reproche. Era alivio. Era: *volviste.*

—¿Cómo llegaste aquí? —susurró ella—. Yo te dejé... tú estabas...

—No sé —dijo él—. Solo sé que te oí irte, y después te oí llamarme, y después... estaba aquí. El cuadro va donde tú estás, Marisol. O yo voy. Ya no sé cuál de los dos se mueve. Solo sé que no puedo estar lejos de ti. Lo intenté esta noche. Me dolió como si me arrancaran algo.

Ella se acercó, despacio, hasta quedar frente al lienzo. Él levantó la mano pintada y la apoyó contra la tela desde adentro. Ella puso la suya encima, desde afuera. El calor la atravesó, como siempre, como la primera vez.

—Tengo miedo —confesó, con la voz rota—. Te deseo tanto que me duele, Sebastián. Te deseo como no he deseado a nadie. Y al mismo tiempo me da terror lo que me haces. Me estás matando y yo... yo no quiero que pares.

—Lo sé —susurró él—. Y eso es lo que más me mata a mí.

Se quedaron así, con las manos pegadas al lienzo de por medio, respirando el mismo aire a centímetros de distancia, en un depósito oscuro a medianoche.

El deseo entre ellos era una cosa física, un campo magnético: ella sentía el tirón en el vientre, en la boca, en todas partes.

Quería que saliera. Quería que la tocara.

Quería pagar el precio con tal de sentirlo una vez más, una sola vez más, de verdad.

—Sal —susurró.

—No. Esta noche no. Estás débil.

—Sal, Sebastián. Te lo suplico.

Él cerró los ojos. Ella vio el esfuerzo en su cara pintada, la lucha entre el hambre de ella y el amor por ella. Y al final, el amor ganó por esa noche: él no salió. Se quedó dentro del marco, con la mano contra la de ella, hasta que el amanecer empezó a colarse por una ventanita alta.

—La sal no limpia —murmuró Marisol, mirando la frase que ya se sabía de memoria—. Ahora entiendo. No hay ritual, no hay distancia, no hay museo. Nada limpia esto.

—Nada —confirmó él, en voz baja—. Excepto lo que no te he contado. Y te lo voy a contar, Marisol. Esta noche te lo cuento todo. Porque ya no puedo cargarlo solo.

Ella asintió, con la frente apoyada en el lienzo, y sintió que el miedo y el deseo se le mezclaban en el pecho hasta ser una sola cosa ardiendo.

Esa noche, lo supo, iba a escuchar la verdad completa. Y la verdad, intuía, iba a ser lo más peligroso que le había pasado en la vida.

Más peligroso que la sangre. Más peligroso que el amor. La verdad iba a ser una puerta. Y ella ya tenía la mano en el picaporte.