Sangre y sal (Sangre y sal 1) Capítulo 10 — La advertencia
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Capítulo 10 — La advertencia

El sábado por la mañana, mientras el coleccionista de Naco recorría la galería con doña Carmen —y Marisol lo esquivaba entre las salas con el corazón en la boca—, ella tomó una decisión: iba a buscar a la doctora Fermín y no se iba a ir de su despacho hasta saberlo todo.

La encontró en la biblioteca de la universidad, entre torres de libros.

—Doctora, necesito la verdad completa —dijo Marisol, sin sentarse—. No la versión de archivo. La verdad.

La historiadora la miró por encima de los lentes. Después cerró el libro que leía, se quitó los lentes y dijo:

—Siéntese, mi hija. Que esto es largo.

—Doña Adela Bretón —empezó la doctora—. La de la casona de Gazcue, la que vino a verme en el 98.

Usted ya sabe que amaba el retrato. Lo que no sabe es que ella descubrió, como usted, el precio.

En los setenta, Adela empezó con los sangrados.

Se desmayó dos veces. Un médico le dijo lo mismo que le dijeron a usted ayer.

Marisol se quedó helada.

—¿Cómo sabe lo de ayer?

—Porque Ramona, la de limpieza de su galería, es prima de mi secretaria.

Y porque a Adela le pasó igualito. —La doctora abrió un cajón y sacó un sobre amarillento—.

Adela me dejó esto antes de morir. Una carta.

Me dijo: *"Si algún día viene otra muchacha preguntando por el retrato, désela.

"* Treinta años esperando, y llegó usted.

Marisol tomó el sobre con manos temblorosas. Adentro, una carta escrita con letra temblorosa de anciana:

*"A la que venga después: Yo amé a Sebastián Montés cincuenta años.

Lo amé de noche, en silencio, con la puerta del cuarto cerrada.

Y una noche de 1974 lo dejé salir, y caminamos hasta el Malecón, y fue la noche más hermosa de mi vida.

Pero cuando vi mi sangre en el pañuelo, entendí.

El amor no me iba a matar de golpe: me iba a ir apagando como una vela, poquito a poco, hasta dejarme seca.

Y yo decidí vivir. Decidí no pagar el precio.

Lo guardé en mi sala, lo miré cada día, lo amé de lejos hasta los noventa y dos años.

No me arrepiento. Pero tú, la que lees esto: si tú eres más valiente que yo, o más loca, o lo amas más de lo que yo lo amé, entonces escúchame bien.

Los papeles viejos dicen que la maldición se rompe con un acto de amor verdadero.

Eso es todo lo que dicen. No dicen cuál acto.

No dicen qué cuesta. Yo no tuve el valor de averiguarlo. Ojalá tú seas más valiente. Ojalá no."*

Marisol leyó la carta dos veces, con la vista nublada.

—¿Un acto de amor verdadero? —susurró—. Eso no me dice nada, doctora.

—Los documentos son así, mi hija. Cripticos.

Ana Beltré no dejó un manual; dejó una condena poética.

—La doctora se inclinó hacia adelante—. Pero le voy a decir lo que le dije a Adela y lo que le digo a usted: el amor verdadero, en esa maldición, no es un sentimiento.

Es una acción. Y las acciones tienen precio.

Adela eligió no pagarlo, y vivió. Usted tiene que elegir qué va a hacer con esa información.

—¿Usted cree que hay una forma de romperla sin que nadie muera?

La doctora tardó en responder. Cuando lo hizo, la voz le salió baja: —Yo creo que Ana Beltré era una mujer herida, no un monstruo.

Y creo que su maldición tiene una puerta de salida, porque hasta el odio más grande se cansa.

Pero esa puerta, mi hija, está del otro lado del miedo.

Y yo no sé qué hay ahí. Nadie lo sabe. Adela no se atrevió a cruzarla.

Marisol dobló la carta con cuidado y se la guardó en la cartera, junto al corazón.

—Doctora... si yo decido cruzarla, ¿usted me va a juzgar?

La historiadora la miró con una ternura infinita y triste.

—Yo voy a rezar por usted. Que es lo único que me queda cuando la historia se repite y yo ya estoy muy vieja para detenerla.

Salió de la universidad con la carta quemándole la cartera y una frase dándole vueltas en la cabeza: *un acto de amor verdadero.*

En el carro, antes de arrancar, sacó el teléfono y miró la foto del marco: *"La sal no limpia lo que la sangre selló."*

—Está bien, Ana —le dijo al aire, a la muerta de 1824—. Vamos a ver quién ama más fuerte: tú odiando, o yo queriendo.

Y arrancó rumbo a la galería, donde el coleccionista de Naco seguía esperando un retrato que ella había decidido no vender ni muerta.

Ni muerta, repitió para sus adentros. Y por primera vez, la frase le supo a promesa.