Sangre y sal (Sangre y sal 1) Capítulo 9 — Sangre
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Capítulo 9 — Sangre

El viernes Marisol escondió el retrato.

Lo hizo a las seis de la mañana, antes de que llegara nadie a la galería: lo descolgó del caballete, lo envolvió en la manta gruesa y lo metió al fondo del depósito, detrás de unos marcos rotos, con una nota pegada: *"NO TOCAR — daño estructural en el bastidor"*.

Después le dijo a doña Carmen, con la cara más seria que pudo poner, que el lienzo tenía un problema en el soporte y que mostrarlo el sábado sería una irresponsabilidad profesional.

Doña Carmen la miró como se mira a una empleada que se volvió loca.

—¿Daño estructural? Ayer estaba perfecto.

—Ayer no lo había visto bien. El bastidor está cediendo. Si el coleccionista lo ve así, nos demanda.

Fue la mentira más grande que había dicho en su vida, y doña Carmen se la tragó a regañadientes.

—El sábado viene igual —sentenció—. Le enseñas las otras piezas y le dices que el retrato sale en dos semanas. Ni un día más, Marisol.

—Ni un día más —repitió ella, y pensó: *en dos semanas ya veremos quién está vivo para vender qué.*

Pero el cuerpo le pasó la factura al mediodía.

Estaba en la sala principal, acomodando un paisaje, cuando sintió el sabor metálico en la boca.

Se tocó la nariz y los dedos salieron rojos.

No era un sangrado normal: era un hilo grueso, oscuro, que no paraba.

Ramona gritó. El contable trajo papel toalla.

Y entonces el piso se inclinó, las luces se volvieron agua, y Marisol se desplomó entre los cuadros como un lienzo más.

Despertó en una camilla de la clínica de la Núñez de Cáceres, con suero en el brazo y a Ramona rezando el rosario en la silla de al lado.

—¿Qué me pasó? —susurró.

—Te desmayaste, mi hija. El doctor dice que no es nada. —Ramona le apretó la mano—. *Que no es nada*, dice él. Pero yo te veo la cara, Sol. Tú estás pagando algo. Y yo sé a quién se lo estás pagando.

El doctor entró con una carpeta y cara de pocos amigos.

—Análisis perfectos. Presión perfecta. Ni anemia. —La miró por encima de los lentes—. Estrés, señorita. Duerma, coma, descanse. Y deje el trabajo unas semanas.

Marisol asintió, mintiendo con la cabeza como llevaba semanas mintiendo con la boca. Porque ella sabía lo que el doctor no podía ver en ningún análisis: que cada noche que Sebastián salía del cuadro, salía con un pedazo de ella en las manos.

Esa noche no fue al taller a las once. Fue a las diez, temblando, y se paró frente al depósito donde había escondido el retrato.

—Sebastián —llamó, bajito—. Tenemos que hablar.

El lienzo, envuelto en la manta, no respondió. Ella lo desenvolvió con cuidado, lo apoyó contra la pared y lo miró: él dormía, o fingía dormir, con la cara serena de la pintura.

—No salgas esta noche —le dijo—. Por favor. Te lo pido yo. Quédate adentro. Si no sales, no me robas nada. Podemos... podemos intentarlo así. Verte, hablarte, sin que me cueste la sangre.

Los ojos verdes se abrieron, despacio.

—Marisol...

—Inténtalo. Una noche. Si funciona, ganamos tiempo de verdad.

Él la miró largamente. Después asintió, una vez.

—Una noche —dijo—. Por ti.

Marisol se sentó en el piso del depósito, con la espalda contra la pared fría, y esperó. Afuera, la galería dormía. Pasaron las once. Las once y media. Las once y cuarenta, la hora en que él siempre salía.

A las once y cuarenta y dos, el lienzo empezó a temblar.

No fue un temblor de tela: fue un temblor de cuerpo contenido.

Marisol vio los dedos de Sebastián crisparse dentro del marco, vio su cara pintada contraerse como si algo lo estirara desde adentro hacia afuera.

Él tenía los ojos cerrados y los dientes apretados, aguantando, y un sonido bajo —un quejido, un gruñido— le salía del pecho.

—¡Sebastián!

—No... puedo... —jadeó él—. Me... tira...

Y entonces, con un chasquido sordo como de algo que se rompe por dentro, la mano atravesó el lienzo. Después el brazo. Después el hombro. Sebastián cayó al piso del depósito de rodillas, jadeando, empapado en un sudor que la pintura no debería poder producir.

—No pude —sollozó, sin levantar la cabeza—. Lo intenté, Marisol. Te lo juro que lo intenté. Pero hay algo que me arranca de ahí adentro cuando te siento cerca. Como si el cuadro supiera que te quiero y me escupiera hacia ti.

Marisol se arrodilló junto a él y lo abrazó. Él temblaba entero. Ella sintió, contra su mejilla, el calor de su piel recién salida del lienzo, y debajo del calor, algo más: un latido acelerado, desesperado, que no era solo suyo.

Entonces lo sintió también en su propia nariz: el cosquilleo tibio, el sabor a hierro.

Se apartó y se miró los dedos. Rojos, otra vez.

Sebastián los vio y cerró los ojos, derrotado.

—Ya empezó —susurró—. Cada salida va a ser peor. Marisol... tienes que dejarme ir. Devuélveme a la oscuridad antes de que te mate del todo.

Ella se limpió la sangre con el dorso de la mano, lo miró fijo y dijo la única verdad que le quedaba:

—No.

Y lo besó. No en los labios —todavía no—, sino en la frente, largo, como se besa a alguien a quien ya se decidió no soltar ni muerta. Sobre todo ni muerta.