Capítulo 8 — Trementina y besos
A las once y cuarenta de la noche, la mano de Sebastián Montés atravesó el lienzo.
Marisol lo vio pasar como se ve pasar un milagro: primero los dedos, largos, de uñas limpias, empujando la tela desde adentro como si el óleo fuera agua.
Después la muñeca, el antebrazo, la manga blanca de la camisa arremangada hasta el codo.
La tela del cuadro se combaba alrededor de su brazo sin romperse, elástica, imposible.
—Dame tu mano —dijo él, con la voz ronca.
Ella se la dio. Y gritó —bajito, ahogado—, porque la mano que agarró la suya no era pintura. Era caliente. Era áspera. Tenía pulso.
—Ay, Dios mío —susurró—. Ay, Dios mío, estás...
—Estoy —dijo él, y le apretó los dedos—. Por esta noche, estoy.
Lo que siguió no tuvo lógica y Marisol decidió no buscarle ninguna.
Sebastián apoyó la otra mano —todavía pintada, todavía plana— contra el marco y tiró.
El lienzo cedió como una membrana. Salió un hombro.
Salió el cuello. Salió la cabeza, con el pelo negro revuelto y los ojos verdes ardiendo.
Y entonces, con un sonido suave como de tela rasgándose en silencio, Sebastián Montés salió del cuadro por completo y cayó de rodillas sobre el piso del taller, desnudo de la cintura para arriba, jadeando como un recién nacido.
Porque arriba del marco, el retrato había quedado vacío: un fondo azul nocturno, una camisa blanca colgando de unos hombros ausentes, y nada más.
Marisol se quitó su chaqueta y se la puso sobre los hombros de él sin pensar. Él la miró desde el suelo, temblando.
—¿Cómo me veo? —preguntó, con una sonrisa torcida.
—Como un hombre —dijo ella, y le tembló la voz—. Como un hombre de verdad.
Lo ayudó a levantarse. Pesaba. Olía a trementina y a algo más antiguo, a madera y a sal.
Caminaba raro, como si el piso fuera una idea nueva.
Marisol le puso sus tenis —le quedaban chicos, se rio—, le abrochó la chaqueta y lo miró: un joven de 1824 con chaqueta de mujer y tenis apretados, en un taller de Piantini a medianoche.
—Vamos —dijo ella—. Si solo tienes esta noche, no la vas a pasar en un taller.
—¿A dónde?
—A que veas el mundo. El de verdad. El que te perdiste.
Salieron por la puerta de atrás. La avenida a esa hora era un río de luces: carros, letreros de neón, un colmado abierto con bachata sonando bajito. Sebastián se quedó parado en la acera, girando la cabeza como un niño.
—Hay... luz en todas partes —susurró—. ¿Nadie duerme en tu época?
—Nadie —dijo Marisol, y lo tomó de la mano—. Ven.
Caminaron. Él se asombró de los semáforos, se asustó de una guagua, se quedó hipnotizado frente a una vitrina de celulares. En el colmado, Marisol le compró un frío-frío y él lo probó y cerró los ojos. —Doscientos años —dijo—. Doscientos años sin probar nada frío.
Ella lo miraba y sentía que el pecho se le iba a romper de ternura y de algo más oscuro, más caliente. Porque Sebastián la miraba a ella de una forma que ningún hombre la había mirado: como si fuera la primera cosa real que tocaba en dos siglos. Y lo era.
Llegaron caminando hasta el Malecón. El mar estaba negro y brillante, y la brisa traía olor a sal. Se sentaron en el muro, con los pies colgando hacia las rocas.
—Cuéntame una cosa —dijo Marisol—. En todo este tiempo... ¿nunca saliste antes?
—Una vez. —Miró el mar—. Doña Adela me amó. Una noche de 1974 salí y caminé con ella hasta aquí, hasta este mismo muro. Me rogó que me quedara fuera. Y yo...
—¿Qué?
—Volví al cuadro al amanecer. Porque cada hora fuera le robaba vida a ella, y yo la quería lo suficiente para no matarla. —Se volvió hacia Marisol—. Ella vivió hasta los noventa y dos años, ¿sabes? Sola, pero viva. Fue mi mayor acto de amor: no tocarla.
A Marisol se le cerró la garganta.
—¿Y conmigo?
—Contigo no puedo. —Le tomó la cara con las dos manos. Tenía las manos calientes, temblorosas—. Contigo llevo dos semanas muriéndome por salir. Marisol... si te beso, te marco. Si te marco, la maldición empieza a cobrarse en serio. Y yo ya no sé si voy a tener la fuerza de Adela.
Estaban tan cerca que ella sentía su respiración. Tan cerca que bastaba inclinarse un centímetro. El mundo entero se redujo a esos ojos verdes, a esa boca que había limpiado con un hisopo mil veces, a ese "casi" que vibraba entre los dos como una cuerda tensa.
—Bésame —susurró ella.
—No.
—Bésame, Sebastián.
Él cerró los ojos. Su frente se apoyó contra la de ella. Respiraban el mismo aire. Sus labios quedaron a un suspiro de distancia, temblando, sin tocarse, y fue más erótico que cualquier beso que Marisol hubiera recibido en su vida: la promesa contenida, el deseo aguantado a fuerza de amor.
—Todavía no —susurró él, contra su boca—. Cuando te bese, quiero que sea porque elegiste quedarte. No porque no pude evitarlo.
Se quedaron así hasta que el cielo empezó a aclararse por el este. De vuelta en el taller, Sebastián se detuvo frente al caballete vacío. El azul nocturno lo esperaba.
—Mañana —dijo, sin mirarla—. Mañana seguimos ganando tiempo.
—No —dijo Marisol—. Mañana te escondo. El coleccionista viene el sábado, y no te va a ver. Te lo juro por mi abuela.
Él sonrió, se inclinó y le besó la frente —apenas un roce, apenas nada, y sin embargo Marisol sintió que le marcaba la piel como un hierro—. Después dio un paso atrás, hacia el marco, y el lienzo lo recibió como el mar recibe a un ahogado.
El retrato volvió a estar completo. Pero ahora, en la mejilla del joven, había algo nuevo que el barniz no explicaba: el rastro de una lágrima, fresca, brillando.
Marisol la miró largo rato. Entonces mojó un hisopo y, con una ternura infinita, la limpió.
—Duerme —le susurró al cuadro—. Que mañana te saco de aquí aunque sea lo último que haga.
Y el retrato, por primera vez en doscientos dos años, pareció sonreír dormido.