Capítulo 7 — Mentiras de galería
Doña Carmen llegó un martes a las siete y media de la mañana, y encontró a Marisol dormida sobre la mesa del taller, con la mejilla pegada a un trapo de limpieza y el retrato de Sebastián Montés mirándola desde el caballete con sus ojos verdes recién liberados del barniz.
—¿Se puede saber qué es esto? —La voz de la dueña cortó el aire como un cuchillo.
Marisol se incorporó de golpe, con la marca del trapo en la cara.
—Yo... me quedé adelantando trabajo. El retrato va muy bien, mire...
—Mire nada. —Doña Carmen se cruzó de brazos.
Tenía sesenta años, tres galerías y un olfato para los problemas más fino que el de un sabueso—.
Marisol, usted lleva dos semanas llegando con ojeras, se queda hasta no sé qué hora, y ese cuadro...
—Se acercó al lienzo y lo estudió—. Ese cuadro avanza solo.
La semana pasada el fondo estaba a medias y hoy amanece casi terminado. ¿Usted duerme aquí pintando, o qué?
—Es que... me obsesioné. Es una pieza increíble, doña. De 1824, mire la técnica...
—Lo que veo es una restauradora que me va a terminar interna. —Pero la dureza se le suavizó un poco al mirar el rostro del joven—. Aunque tengo que admitir que el muchacho era un bombón. Ese lo vendemos rápido. Ya tengo comprador.
A Marisol se le paró el corazón. —¿Comprador?
—Un coleccionista de Naco. Vio la foto que subí al catálogo y se volvió loco. Viene el sábado a verlo en persona. Si le gusta, cerramos. —Doña Carmen le dio una palmadita en el hombro—. Así que termine eso, cobre su comisión y duerma en su casa, ¿oyó? Los cuadros no se van a ir a ningún lado.
*Ese sí*, pensó Marisol, con un nudo en la garganta. *Ese se va a ir a Naco el sábado.*
Pasó el día en un estado de pánico sordo, mintiendo con cada respiración.
Mintió cuando Ramona le preguntó por qué tenía la blusa al revés.
Mintió cuando el contable le preguntó por las horas extra.
Y a las seis, cuando doña Carmen se despidió —"a su casa, jovencita, que la veo ojerosa"—, Marisol esperó diez minutos, apagó las luces de la galería y se metió al taller por la puerta de atrás, como una delincuente.
Sebastián la esperaba despierto.
—¿Qué pasa? —preguntó al verle la cara—. Estás pálida.
—Te van a vender. —Lo soltó de golpe—. El sábado viene un coleccionista. Doña Carmen ya cerró el precio en su cabeza.
El silencio que siguió fue tan denso que Marisol oyó el zumbido de la nevera del taller.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó él al fin, en voz baja.
—¿Cómo que qué quiero? ¡No quiero que te vendan!
—¿Por qué? —Sus ojos verdes la atravesaron—. Dilo, Marisol. Di por qué.
Porque te amo, pensó ella. Porque llevo dos semanas poniéndome perfume para un lienzo. Porque anoche soñé que salías del cuadro y me tocabas y me desperté llorando. Pero lo que dijo fue:
—Porque no he terminado de restaurarte. Y una obra no se vende a medias.
Sebastián sonrió, triste.
—Mentira. Pero te la acepto, porque es la mentira más bonita que me han dicho en doscientos años. —Hizo una pausa—. Escúchame bien, porque esto es importante: si me venden y me llevan lejos de ti... el vínculo se enfría. Podrías olvidarme. Podrías vivir.
—¿Y tú?
—Yo volvería a la oscuridad. A esperar otros doscientos años. —La miró fijo—. Sería lo mejor para ti, Marisol.
Ella se acercó al caballete, tomó un hisopo y lo mojó en solvente con mano firme.
—Yo no quiero lo mejor para mí —dijo—. Quiero lo mejor para nosotros. Y lo mejor para nosotros es que el sábado, cuando ese coleccionista venga, este retrato no esté listo para venderse.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que hago siempre. —Empezó a limpiar, despacio, deliberada—. Mi trabajo. Toda la noche, si hace falta. Voy a dejarte tan hermoso que doña Carmen no se atreva a entregarte a medias. Voy a ganar tiempo.
—Marisol... —Y esta noche —lo interrumpió, sin dejar de limpiar—, esta noche vas a sacar esa mano del cuadro, como me prometiste. Porque si el sábado te llevan, quiero haber sentido tu mano de verdad al menos una vez.
El hisopo se detuvo sobre la mejilla pintada. Dentro del marco, Sebastián cerró los ojos.
—Está bien —susurró—. Esta noche. Pero después no me pidas más. Porque cada vez que salgo, te robo un poco de vida. Y ya te estoy robando demasiado.
Marisol no respondió. Siguió limpiando, y mientras limpiaba, sintió bajo el hisopo el calor creciendo en el lienzo, como una fiebre.
Como un cuerpo despertando.