Sangre y sal (Sangre y sal 1) Capítulo 6 — La leyenda de Ana Beltré
33%

Capítulo 6 — La leyenda de Ana Beltré

—Usted no es la primera que me pregunta por Ana Beltré —dijo la doctora Lucía Fermín, acomodando los lentes sobre la nariz—. Pero sí la primera en treinta años.

—Cuénteme todo —pidió.

La historiadora abrió un cajón y sacó una carpeta gastada.

Marisol sintió un escalofrío.

—¿Y Sebastián Montés?

—Hijo de comerciante rico. Se enamoró de ella —eso lo sabe todo el que ha escarbado en los archivos parroquiales— y ella de él.

Pero en 1824, en plena dominación haitiana, con las tensiones raciales al rojo vivo, ese amor era una bomba.

Cuando la familia Montés se enteró, le dieron a elegir: la muchacha o el apellido.

—¿Y él...? —La entregó. —La doctora la miró por encima de los lentes—.

La acusó de hechicería ante las autoridades para lavarse las manos.

Hay un acta, la tengo copiada aquí: *"El joven Sebastián Montés declara bajo juramento...

"*. Ana murió en prisión ese mismo año. Pero antes —bajó la voz— hay una declaración de un guardia.

Dice que la noche antes de morir, Ana pidió ver a Sebastián, y cuando le dijeron que no iría, sonrió y dijo: *"Díganle que va a vivir mucho.

Atrapado en su retrato, mirando la vida sin tocarla, hasta que una mujer lo ame tanto que tome su lugar. "*

A Marisol se le heló la sangre.

—¿Tomar su lugar? ¿Qué significa eso?

—Eso, mi hija, es lo que me tiene intrigada hace treinta años.

Porque la leyenda no termina ahí. —La doctora sacó otro papel—.

Doña Adela Bretón vino a verme en el 98.

La de la casona de Gazcue. Me dijo que el retrato de su sala le hablaba de noche.

Que lo amaba. Yo me reí, se lo confieso.

Pero ella me agarró la mano y me dijo: *"Doctora, yo sé lo que hay que hacer para sacarlo.

Y no lo voy a hacer. Porque sacarlo cuesta la vida de quien lo ama, y yo ya viví la mía. "*

—¿Adela sabía cómo liberarlo?

—Sabía algo. Nunca me dijo qué. Murió en el 2011, sola, hablando con un cuadro. —La doctora cerró la carpeta—. Ahora dígame usted, Marisol: ¿por qué una restauradora de veintiocho años me pregunta por Ana Beltré con esa cara?

Marisol dudó. Entonces sacó el teléfono y le mostró la foto del marco: la frase grabada a navaja.

—¿Esto le dice algo? "La sal no limpia lo que la sangre selló." La doctora se quedó mirando la foto un largo rato. Cuando levantó la vista, había perdido el tono académico.

—La sal, en las creencias de la época, purificaba.

Se usaba en rituales para romper ataduras.

Si alguien grabó que la sal *no* limpia...

es porque intentó romper la maldición y fracasó.

Mi hija, quien escribió eso ya sabía que no hay ritual que deshaga lo que Ana selló con su muerte. Grábese eso: no hay.

Marisol abrió la boca. La cerró. Pensó en ojos verdes, en una mano caliente contra un lienzo, en perfume a las once de la noche.

—Curiosidad profesional —mintió.

La doctora la estudió un largo momento. Entonces se quitó los lentes y dijo, muy despacio:

—Le voy a dar un consejo que no le doy a nadie. Si ese retrato la eligió a usted —y por su cara veo que sí—, deje de restaurarlo. La maldición de Ana no castiga al que mira. Castiga a la que ama. Y el amor, mi hija, no se puede desrestaurar.

Marisol salió del despacho con las piernas flojas y una certeza nueva, fría como un bisturí: Sebastián le había contado su historia a medias. Le había hablado de la traición, de la culpa, de la esperanza.

Pero no le había dicho nada de tomar su lugar.

Esa noche, frente al retrato, no se puso perfume. Se sentó y dijo:

—Hay algo que no me estás contando.

Los ojos verdes la miraron, y por primera vez en todas esas noches, Sebastián Montés pareció tener miedo.

—No —dijo él—. Todavía no. Por favor.

Y Marisol, que ya lo amaba lo suficiente para tenerle pena y lo suficiente para tenerle miedo, decidió dejarlo pasar. Por esa noche.

Solo por esa noche.