Capítulo 5 — El hombre del lienzo
Volvió la noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente.
Se decía que era por el trabajo — el retrato avanzaba, el azul nocturno del fondo ya respiraba libre del barniz—, pero la verdad era que a las once en punto cerraba su apartamento, se ponía perfume y manejaba hasta Piantini con el corazón en la garganta, como quien va a una cita.
Porque eso era. Una cita con un hombre de doscientos dos años.
La cuarta noche, Sebastián la estaba esperando con los ojos abiertos. Ya no fingía ser pintura.
—Pregunta —le dijo, antes de que ella se sentara—. Sé que tienes cien. Hazlas todas esta noche.
Marisol acercó la silla al caballete. Llevaba una libreta, por si acaso su cerebro de restauradora lograba imponerse al resto de ella.
—¿Quién eras? Antes. En 1824.
—Hijo de don Rodrigo Montés, comerciante del puerto. Dinero de azúcar y de barcos. Mi madre encargó este retrato para mi compromiso.
—¿Ibas a casarte?
—Con Isabel de Peña. Diecisiete años, dote buena, risa de campana. —Hizo una pausa—. Nunca la quise. La miraba y pensaba en barcos. En irme.
—¿Y qué pasó?
—Pasó... una mujer. —La voz se le puso opaca—. No era de mi mundo, Marisol. Era curandera. Sabía de hierbas, de fiebres, de partos. La gente del pueblo la respetaba y la temía a partes iguales. Y yo...
—¿Te enamoraste?
—Yo no sabía lo que era eso hasta que la vi. —Sus ojos verdes se clavaron en ella—. Creía que el amor era lo de Isabel: un contrato con risa bonita. Pero esta mujer... me miraba como tú me miras ahora. Como si yo fuera una persona y no un apellido.
A Marisol se le secó la boca.
—¿Cómo se llamaba?
—Ana. —Lo dijo bajito, como si el nombre quemara—. Ana Beltré.
—¿Qué le hiciste? —preguntó Marisol. Porque había algo en su cara —culpa vieja, culpa podrida— que no dejaba otra pregunta.
Sebastián tardó tanto en responder que ella pensó que no lo haría. Cuando habló, la voz le salió rota:
—La entregué. Para salvar el nombre de mi familia, la entregué a la justicia.
Dijeron que era bruja. Yo sabía que no. Yo sabía...
—Cerró los ojos pintados—. Esa noche, antes de morir, me miró y me dijo que viviría para arrepentirme.
Que me quedaría atrapado mirando el mundo sin poder tocarlo, hasta que...
—¿Hasta que qué?
—Hasta que alguien me amara de verdad. —Abrió los ojos—. Esa fue su condena, Marisol. No el encierro. La esperanza.
El taller quedó en silencio. Marisol escribió "Ana Beltré" en la libreta con mano temblorosa.
—¿Por eso me dices que deje de limpiarte? ¿Porque si te libero...?
—Porque la esperanza es lo más cruel que me hizo. Doscientos años esperando que alguien me mire como tú me miras. Y ahora llegas tú, con tus manos y tu perfume de las once de la noche, y yo...
—¿Tú qué?
—Yo ya no quiero ser esperanza. Quiero ser hombre.
—Bajó la voz hasta que fue casi un susurro—.
Quiero salir de aquí y tocarte la cara con una mano de verdad.
Y eso, Marisol, te va a matar. Lo sé porque lo vi: doña Adela me amó cincuenta años y se fue apagando como una vela.
Por eso te digo que pares. Porque si sigues limpiándome, voy a salir.
Y si salgo, me vas a amar. Y si me amas...
—Me voy a morir —completó ella—. Ya me lo dijiste.
—Y aun así vienes cada noche.
Marisol se levantó, se acercó al lienzo hasta que su frente casi tocó la de él. Podía oler la pintura, la linaza, y debajo, imposible, algo tibio. Algo vivo.
—Te voy a decir una cosa, Sebastián Montés —susurró—. Toda mi vida he restaurado cosas de otros. Cuadros, marcos, recuerdos ajenos. Nadie me había mirado nunca como tú me miras. Ni un hombre de verdad. Así que no me pidas que pare.
—¿Ni aunque te mate?
—Ni aunque me mate. Él la miró largamente, y en sus ojos hubo deseo y terror a partes iguales. Entonces, despacio, dentro del marco, levantó la mano derecha. La mano pintada se movió —dedos, muñeca, tendones— y se apoyó contra el lienzo desde adentro, justo donde estaba la mejilla de ella.
Marisol puso su palma sobre la tela, sobre la de él. El calor la atravesó como una corriente.
—Mañana —dijo Sebastián, con la voz quebrada—, voy a poder sacarla. La mano. Prepárate.
—No me quiero preparar —dijo ella—. Quiero que me sorprendas.
Y al salir del taller esa noche, con las manos todavía hormigueándole, Marisol supo que había cruzado una línea. Ramona se lo había advertido: *al muerto que te llama por tu nombre, no se le contesta.*
Ella ya le había contestado. Tres veces, dormida, y cien despierta. Ya era suya.